Nuestra Señora de Fátima
Advocación Mariana, 13 de mayo…
Hoy también se festeja a:
- • Gemma de Goriano Sicoli, Beata
- • Servacio de Tongres, Santo
- • Andrés Fournet, Santo
- • Magdalena Albrici, Beata
- • Humildad, Santa
Sí, Señor, tú sabes que te quiero
Pascua
Por: Misael Cisneros | Fuente: Catholic.net

Del santo Evangelio según san Juan 21, 15-19
Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos». Vuelve a decirle por segunda vez:«Simón de Juan, ¿me amas?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas». Le dice por tercera vez:«Simón de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. «En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras». Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho ésto, añadió: «Sígueme».
Oración introductoria
Jesucristo, hoy me preguntas si te amo. Te respondo con todo mi corazón: ¡Sí, te amo! Quiero decírtelo no sólo con mis palabras, sino con mi vida toda: te amo, creo en Ti y en Ti confío.
Petición
Señor, acrecienta en mi alma la virtud de la fe para amarte por encima de todas las cosas y amar a mi prójimo, como a mí mismo.
Meditación del Papa Francisco
Pedro lloró amargamente. Ese entusiasmo de seguir a Jesús se ha convertido en llanto, porque él ha pecado: él ha negado a Jesús. Esa mirada cambia el corazón de Pedro, más que antes. El primer cambio es el cambio de nombre y también de vocación. Esta segunda mirada es una mirada que cambia el corazón y es un cambio de conversión al amor. La tercera mirada es la confirmación de la misión, pero en las tres ocasiones, la mirada de Jesús pide la manifestación y confirmación del amor de Pedro. (Homilía de S.S. Francisco, 22 de mayo de 2015, en Santa Marta).
«¿Me amas?… Apacienta mis ovejas». Las palabras de Jesús a Pedro en el Evangelio de hoy son las primeras que os dirijo, queridos hermanos. Estas palabras nos recuerdan algo esencial. Todo ministerio pastoral nace del amor… nace del amor. […]
Ser embajador de Cristo significa, en primer lugar, invitar a todos a un renovado encuentro personal con el Señor Jesús (Evangelii Gaudium, 3), nuestro encuentro personal con él. Esta invitación debe estar en el centro de vuestra conmemoración de la evangelización de Filipinas. Pero el Evangelio es también una llamada a la conversión, a examinar nuestra conciencia, como personas y como pueblo. Como los obispos de Filipinas han enseñado justamente, la Iglesia en Filipinas está llamada a reconocer y combatir las causas de la desigualdad y la injusticia, profundamente arraigadas, que deforman el rostro de la sociedad filipina, contradiciendo claramente las enseñanzas de Cristo.
El Evangelio llama a cada cristiano a vivir una vida de honestidad, integridad e interés por el bien común. Pero también llama a las comunidades cristianas a crear “ambientes de integridad”, redes de solidaridad que se extienden hasta abrazar y transformar la sociedad mediante su testimonio profético. (Homilía de S.S. Francisco, 16 de enero de 2015)
Reflexión
Cristo conoce nuestra debilidad en el amor y así como alguno le entregó nefastamente, otro en cambio se arrepintió y pidió perdón. Y no dudamos que Jesús quería el bien tanto de Pedro como el de Judas, pero uno supo corresponder al amor de su maestro levantándose de su caída y el otro en cambio prefirió ahorcarse en la maldad de su pecado.
Pedro, ¿me quieres?, ¿me amas?, ¿me amas de verdad, incluso más que éstos? Cristo se lo pregunta tres veces porque quiere escuchar de sus mismos labios que le ama de verdad, se lo pregunta tres veces porque busca confirmarle en el amor. Seguramente Jesús sabía que Pedro le amaba pero no es lo mismo saber que alguien nos ama a que nos diga con sus mismo labios tú sabes que te quiero.
El evangelio nos dice que Pedro se entristeció de que por tercera vez Cristo le hubiera preguntado ¿me amas? y no era para más, porque ¿quién de nosotros no se apenaría si escuchamos estas preguntas de aquel que sabemos que nos ama? Nos haría pensar que quien nos lo pregunta duda de nuestro amor o que realmente busca que le digamos que le amamos. De igual forma nos pregunta hoy Cristo a cada uno de nosotros, ¿me amas? ¿me amas incluso más que tu padre y tu madre, tu esposa y tu esposo, un amigo o una amiga, incluso por encima de cualquier objeto material? Y no temamos reponer con un sí sostenido, con un sí que hará de nuestro amor un amor no de sentimientos sino un amor fundado en la entrega y donación, como el amor de Pedro.
Propósito
Hacer una visita a Cristo Eucaristía para pedirle perdón por todas mis faltas de amor hacia Él..
Diálogo con Cristo
Jesús, decirte cuánto te quiero con palabras es fácil, lo complicado es demostrártelo permanente en mi quehacer diario. Te ofrezco ser fiel a la oración, a la formación, al apostolado. Con tu gracia, lo puedo lograr.
El domingo celebramos el día de Pentecostés
Reflexiones Pascua
Por: P. Alberto Ramírez Mozqueda | Fuente: Catholic.net

Pentecostés era una fiesta muy antigua en el pueblo hebreo. Era una fiesta de agricultores a la que posteriormente se añadió la memoria de la entrega de las tablas de la Ley a Moisés y la promulgación de los mandamientos, a los cincuenta días precisamente de haber salido de la esclavitud de Egipto. Esa festividad fue escogida precisamente por Cristo para marcar una etapa nueva y definitiva de la misión que el Padre le había confiado, la salvación de todos los hombres y de toda la humanidad.
Pero conviene detenernos un poco en los días anteriores para poder valorar el significado de Pentecostés en la primitiva Iglesia. Hay que dar un repaso al mismo día de la Resurrección del Señor Jesús, con el primer encuentro con los que habían sido sus discípulos, sus alumnos, pero también sus compañeros y sus confidentes. La primera venida produjo una profunda alegría, porque la familia estaba reunida nuevamente, con su cabeza y su pastor al frente. Vino el reconocimiento de Cristo, pues la emoción es mala consejera, por eso él hizo que se fijaran en sus manos, en su costado abierto, para que cayeran en la cuenta de que era él mismo. Sin embargo, la alegría del encuentro no lo llenó todo, pues había un encargo muy importante: darles al Espíritu Santo, darle el poder y la capacidad de perdonar los pecados, enviarlos a llevar su Evangelio a todas las gentes y poner las bases para la Iglesia que haría las veces de Cristo sobre la tierra. Todo eso se logró cuando Cristo abrió sus brazos cuan largos eran, sopló sobre ellos y les dio la fuerza del Espíritu Santo. Eso cambió sus vidas radicalmente dándoles una valentía interior que antes no tenían. Sin embargo aún no era el momento para comenzar el trabajo. Ya estaban en sus marcas, listos para la carrera, pero aún faltaban algunos toques, algunos detalles, que Cristo fue definiendo en los días posteriores, con varios encuentros con ellos, primero en Jerusalén y luego en Galilea, en las orillas del querido lago de Galilea.
Así se llegó el día de la Ascensión de Cristo a los cielos. Los apóstoles fueron reunidos en un monte, simbólico ya de por sí, y después de aquella encomienda tan especial de llegar su anuncio a todos los hombres, de bautizar los que les creyeran y de hacerles vivir como él les había enseñado, vivir en el amor, en la paz, en el consuelo y en la ayuda mutua. De paso, y digo de paso, pero es trascendental, les avisó que no estarían solos sino que él estaría para siempre con ellos, se fue elevando a la vista de sus discípulos. Cuando no lo vieron más, aparecieron en escena dos personajes de blanco que a boca de jarro les preguntaron: “¡Varones de Galilea, ¿Qué hacéis mirando al cielo?… ya se ha ido… volverá!”… Ahora a trabajar se ha dicho, ya estuvo bien de contemplaciones, ya lo han oído, a ustedes toca ahora el trabajo fuerte, abrir los surcos, sembrar la semilla, regar, custodiar y hacer crecer la simiente del Señor…
Sin embargo, por recomendación misma de Cristo aún tuvieron que esperar el momento del arranque, de esa carrera que no terminaría sino cuando todos los hombres hubieran sido ganados para el corazón de nuestro Dios. Los apóstoles vivieron encerrados esos días, junto con María, la Madre del Señor, pero ya no había la inquietud, el miedo, la zozobra del primer encierro, cuando les aprendieron al Maestro. Ahora era el encierro de la espera, del sosiego, de la tranquilidad, del acopio de fuerzas para la carrera. Los días eran apacibles, mientras atendían a María que había pasado por el trauma de la muerte de su Hijo, pero que había recibido también el profundo consuelo de ver a su Hijo resucitado. La verdad ella no requería de ningunos cuidados, pues ella era la que estaba al pendiente de cada uno de sus “hijos”, sus nuevos hijos, sus queridos muchachitos, sus apóstoles. La oración cerca de María les ocupaba buena parte de la jornada, y el saborear, el saborear la Palabra, los mensajes, las recomendaciones, los recuerdos del Maestro. Ellos también se prepararían como todo el pueblo de Israel para la fiesta de Pentecostés que les recodaba los truenos, el viento impetuoso, el terremoto del Monte Sinaí, que tanto miedo les daba a los judíos, mientras Moisés recibía las tablas de la Ley en lo alto de la montaña. Y el nuevo Pentecostés llegó. “SE oye un ruido intenso y armonioso: tiene sonido de viento y de arpa, canto humano y armonía de órgano perfecto; resuena de improviso en el silencio de la mañana. Se acerca, cada vez más armónico y fuerte, llenando de sus vibraciones el ambiento, se expande y se transmite a la casa, a las paredes, a los muebles. La llama del candil, que estaba inmóvil en la paz de la estancia cerrada, palpitaba como si un viento la moviese y las cadenillas de las lámparas tintineaban vibrando bajo la onda del sonido sobrenatural que les sacudía.
Los Apóstoles levantan la cabeza desconcertados. En vista de que este concierto hermosísimo, en el que están las notas más bellas que Dios haya dado a los Cielos y a la Tierra, se oye cada vez más cercano, alguno se levantan dispuestos a huir, otros se acuclillan en el suelo cubriendose la cabeza con las manos y el manto, o golpeándose el pecho pidiendo perdón al Señor, otros se estrechaban a la Virgen. Sólo Juan no se espanta porque ve la paz luminosa de felicidad que se acentúa en el rostro de María, quien levanta la cabeza sonriendo a algo que solo Ella sabe, y después de pone de rodillas abriendo los brazos y las dos alas azules de su manto, así abierto, se extiende sobre Pedro y Juan que la imitan arrodillándose.
Enseguida llegó la Luz, el Fuego, el Espíritu Santo, entró con un último sonido melódico, en forma de globo resplandeciente, llameante, sin que se hubiera movido alguna puerta o ventada pues todo estaba cerrado. Permaneció suspendido por un momento sobre la cabeza de María. Ella levantó sus brazos y echó para atrás la cabeza con una exclamación de felicidad, como para invocarlo teniendo una sonrisa llena de amor sin límites, como la sonrisa y la paz y la alegría que la había inundado treinta y tantos años antes, el día que le fue anunciada la llegada del Salvador al mundo. El Espíritu Santo había sido su Divino Esposo desde ese día. Ahora, después de que todo el Amor se concentrara sobre ella, el globo, la bola de fuego santísimo se dividió en tantas partes como Apóstoles eran, llamas melodiosas y brillantísimas; una luz que ningún ejemplo terrenal ayudaría a describir: descendió besando y quemando la frente de cada Apóstol.
Ese fuego los impulsó instantáneamente salir, a acercarse, a visitar a cada uno de los hombres, para decirles: “Cristo Jesús, el que ustedes los hombres mataron, Dios lo resucitó de entre los muertos, está vivo, es el Salvador, es la luz, es el único Camino de acceso al Padre. El que lo invoque se salvará, Él será la puerta, no hay otra para pasar a la Casa del Padre”. Desde entonces terminó la etapa terrena de Cristo para dar paso a la obra, a la acción del Espíritu Santo que haría presencia en los corazones de todos los hombres impulsándoles a la aceptación del mensaje, a dejarse bautizar y a vivir en el amor, en la paz, en el perdón de Cristo el Salvador.
Y aquí la pregunta final: ¿Cuándo te unes, tú cristiano a la obra de la evangelización de toda la Iglesia? ¿Si ya estás evangelizado, cuándo te conviertes en evangelizador? ¿Y si aún estás en el closet de tu recámara, cuándo sales a las puertas e tu casa, a proclamar con las obras que has creído en la muerte y resurrección de Cristo el Hijo de Dios? Y tú Iglesia del Señor, ¿cuándo harás caso de tu Cristo, de tu Ungido y te dedicas con todo empeño a salir de tus fronteras, sintiendo la presencia del Espíritu Santo para que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
EL HIMNO AL ESPIRITU SANTO
Ven Espíritu Creador,
visita las almas de tus fieles,
Llena de gracia celestial
Los pechos que tu creaste.
Te llaman Paráclito,
Don de Dios altísimo,
Fuente viva, fuego, amor
Y unción espiritual.
Tú, don septenario,
Dedo de la diestra del Padre,
Por ]El prometido a los hombres
Con palabras solemnes.
Enciende luz a los sentidos
Infunde amor en los corazones,
Y las debilidades de nuestro cuerpo
Conviértelas en firme fortaleza.
Manda lejos al enemigo,
Y danos incesantemente la paz,
Para que con tu guía
Evitemos todo mal.
Danos a conocer al Padre,
Danos a conocer al Hijo
Y a Ti, Espíritu de ambos,
Creamos en todo tiempo.
Que la gloria sea para Dios Padre,
Y para el Hijo, de entre los muertos
Resucitado, y para el Paráclito,
Por los siglos de los siglos. Amén.






















