Nereo y Aquileo, Santos
Mártires, 12 de mayo …
Hoy también se festeja a:
- • Imelda Lamertini, Beata
- • Juana de Portugal, Beata
- • Otros Santos y Betos del 12 de mayo
- • Rictrudis de Marchiennes, Santa
- • Felipe de Agira, Santo
Te pido también por los que van a creer en mí
Pascua
Por: José Enrique Anaya Degollado | Fuente: Catholic.net

Del santo Evangelio según san Juan, 17, 20-26
En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: «Padre, no sólo te pido por mis discípulos, sino también por los que van a creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti somos uno, a fin de que sean uno en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí para que su unidad sea perfecta y así el mundo conozca que tú me has enviado y que los amas, como me amas a mí. Padre, quiero que donde esté yo, estén también conmigo los que me has dado, para que contemplen mi gloria, la que me diste, porque me has amado desde antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido; pero yo sí te conozco y estos han conocido que tú me enviaste. Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que me amas está en ellos y yo también en ellos.»
Oración Introductoria
Jesús, enséñame a orar. Creo en ti, y te doy gracias por el don de la fe. Tú te me has dado a conocer, me has enseñado que tu Padre es también mío. No tengo palabras para agradecerte este don. Ayúdame a corresponder viviendo como verdadero hijo de nuestro Padre Dios. Concédeme la gracia de amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas mis fuerzas.
Petición
Jesús, que me abra al amor de tu Padre, y aprenda a llamarlo: Padre nuestro.
Meditación del Papa Francisco
Jesús ora al Padre para que los suyos sean “perfectamente uno”: quiere que sean entre ellos “uno”, como Él y el Padre. Es su última petición antes de la Pasión, la más sentida: que haya comunión en la Iglesia. La comunión es esencial. El enemigo de Dios y del hombre, el diablo, no puede nada contra el Evangelio, contra la humilde fuerza de la oración y de los sacramentos, pero puede hacer mucho daño a la Iglesia tentando nuestra humanidad. Provoca la presunción, el juicio sobre los demás, las cerrazones y las divisiones. Él mismo es “el que divide” y a menudo comienza haciéndonos creer que somos buenos, quizá mejor que los demás: así tiene el terreno listo para sembrar la cizaña. Es la tentación de todas las comunidades y se puede insinuar también en los carismas más bonitos de la Iglesia. (Homilía de S.S. Francisco, 18 de marzo de 2016).
Reflexión
Todos somos hijos del mismo Padre. No nos pudo pasar algo más genial que tener un Papá como Dios, nuestro Señor. Con cuánta confianza debemos dirigirnos a Él, constantemente y con la simplicidad de un hijito pequeño. Hay momentos en la vida en los que sólo Él puede sostenernos y llevarnos adelante. ¡Jamás dudemos del amor de un Dios, que se nos ha manifestado como Padre Bueno! En la medida en que seamos conscientes de esta paternidad de Dios, en esa medida alcanzaremos la unidad que Él desea para nosotros.
Propósito
Rezaré un Padrenuestro en familia para ponernos en sus manos, y abandonarnos a su amor de Papá Dios.
Dialogo con Cristo
Jesús, enséñame a dialogar con nuestro Padre Dios, para confiarme enteramente a su Voluntad Santísima, y alcanzar esa familiaridad de la que Tú me has hecho partícipe con tu Encarnación. Gracias por ser como eres, y perdón por mis debilidades. No permitas que jamás dude de tu amor. No permitas que jamás me separe de ti. Tú me has dado a conocer su Nombre; me enseñaste a llamarle: «Abbá» -Papá-.
Ayúdame a ser el hijo que Él espera de mí. Dios ruega porque quiere ser más Padre que Señor. (San Pedro Crisiólogo, Sermón 108).
¿Tenemos asegurado el Cielo sólo porque nos hayamos confesado?
Por: Toscana Oggi | Fuente: http://www.pildorasdefe.net

Pregunta: Hay algo que no me queda claro en relación con el sacramento de la Reconciliación. Cada vez que nos confesamos nuestros pecados son perdonados, si somos perdonados al borde de la muerte quedamos absueltos de todos los pecados. Entonces deberíamos ir al paraíso, pero no estamos seguros de eso. ¿Me podrían ayudar a entender? (Massimo Volpe)
Responde el padre Valerio Mauro, profesor de Teología Sacramental
La pregunta que se plantea pide una explicación sobre la eficacia del sacramento de la Reconciliación o Penitencia, como indica el nombre oficial del ritual litúrgico (rito de la penitencia). La cuestión, sin embargo, no se limita a la eficacia del perdón sacramental, sino que involucra también la salvación final del creyente cristiano. Y la respuesta deberá limitarse necesariamente a este caso, porque la salvación de aquellos que no son cristianos o creyentes entra en otra problemática, que requeriría otro espacio a disposición.
Nuestra breve respuesta se desarrolla, por lo tanto, en dos pasos siguientes, esperando lograr iluminar un poco la cuestión tan delicada.
1.- El primer interrogante radica en la eficacia del sacramento de la Penitencia.
Es verdad que a través del perdón sacramental nuestros pecados son perdonados por Dios. Lo afirman las mismas palabras de Cristo, como han sido comprendidas por la gran tradición eclesial. De manera particular, recordamos las palabras del Señor Resucitado la noche de la Pascua, cuando sopló el Espíritu Santo sobre los discípulos, enviándolos al mundo diciéndoles: »
«Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”(Jn 20,23)
Desde entonces, la Iglesia es conciente de haber recibido un verdadero y propio ministerio de reconciliación, que debe ejercitar en relación a los hombres, antes que nada con la predicación del Evangelio en vista de la conversión y del Bautismo, en segundo lugar con el sacramento de la Penitencia para aquellos que han sido bautizados (cf 2 Co 5,18-20)
El perdón de Dios, por lo tanto, entra en nuestra vida personal, a través del Evangelio y los sacramentos de la fe. El Bautismo concede el don singular de una profunda transformación interior, puesto que hablamos de un nuevo nacimiento del cielo, del Espíritu Santo (cf Jn 3,3-5).
¿Qué hace entonces el Sacramento de la reconciliación?
Esto sucede una vez por todas y sólo una vez. El sacramento de la Penitencia, en cambio, reconcilia a los bautizados con Dios y la comunidad eclesial: reconduce a la comunión rota por el pecado. No borra lo que ha sucedido, sino que transforma y purifica la relación herida por los pecados.
Las consecuencias de los pecados están indicadas por la Iglesia con un lenguaje particular, distinguiendo la pena eterna de las penas temporales (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 1442s)
Los pecados graves conducen a la pena eterna, pero no existe ningún pecado del que no se pueda obtener el perdón por parte de Dios y con él la salvación. Cada pecado, sin embargo, incide en mi relación con el Señor y el perdón recibido no quita el esfuerzo de integrar en la relación con Dios mi rechazo de su amor.
Por analogía podemos pensar en una relación de amistad. Si traiciono a un amigo, puedo pedir y obtener su perdón, con sinceridad y generosidad. Nuestra relación de amistad, sin embargo, deberá integrar en sí misma esa traición, a través de una historia vivida en el futuro. El esfuerzo de renovar nuestra relación con Dios, a través de gestos de purificación llenos de caridad, toma el nombre de penas temporales. Esta purificación sucede en la tierra o en la muerte, como a través del fuego, según el Evangelio (cf Mc 9,49). Por eso, ya sea confesados y absueltos, nuestra relación deberá vivir una purificación ulterior: el perdón sacramental nos salva de la pena eterna, quedan las penas temporales.
2.- El segundo paso que tenemos que hacer es una reflexión sobre la certeza interior de la salvación.
El Evangelio invita con fuerza a la perseverancia final (Mt 10,22; 24,13), pidiendo a cada creyente un abandono filial en los brazos de la divina misericordia. Por eso, a parte de los casos singulares de particulares gracias recibidas (y que precisamente en cuanto tales no pueden ser pretensiones ni creídas de manera infalible), “dejen que venga el Señor: él sacará a la luz lo que está oculto en las tinieblas y manifestará las intenciones secretas de los corazones. Entonces, cada uno recibirá de Dios la alabanza que le corresponda” (1 Co 5).
El momento final de nuestra vida es algo serio, marcado por posibles tentaciones de fe. Estaremos frente a la verdad de Dios con el bien que habremos hecho en nuestra vida, porque en su infinita benevolencia Dios ha querido que sus dones puedan volverse méritos de los hombres. Pero sobretodo, sostenidos por su gracia y la comunión de los santos, no podremos más que confiar en su Amor misericordioso
