León Magno, Santo
Memoria Litúrgica, 10 de noviembre …
Hoy también se festeja a:
- • Mártires de Lübeck, Beatos
- • Baudolino de Alessandria, Santo
- • Andrés Avelino, Santo
- • Justo de Canterbury, Santo
- • León Magno, Santo
¿Lo hago porque me lo piden o porque amo?
Por: Cristian Gutiérrez, LC | Fuente: www.somosrc.mx
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Señor Padre mío, me abandono a ti. Haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí te lo agradezco, estoy dispuesto a todo, lo acepto todo. Con tal que Tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas, no deseo nada más, Dios mío. Pongo mi vida en Tus manos. Te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo, y porque para mí amarte es darme, entregarme en Tus manos sin medida, con infinita confianza, porque Tú eres mi Padre (Oración del Beato Charles de Foucault).
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 17, 7-10
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: «Quien de ustedes si tiene un siervo que labra la tierra o pastorea los rebaños, le dice cuando éste regresa del campo: ‘Entra enseguida y ponte a comer’? ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame de comer y ponte a servirme, para que yo coma y beba; después comerás y beberás tú?’ ¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su aligación?
Así también ustedes, cuando hayan cumplido todo lo que se les mandó, digan: «No somos más que siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Me presentas hoy una parábola en la que me invitas a procurar, en todas mis acciones, la pureza de intención. Sería interesante preguntarme cuáles son las motivaciones más profundas de mi actuar, las intenciones que me llevan a trabajar, a rezar, a dedicar tiempo a alguna cosa en lugar de otra, a acoger a tal persona y rechazar a otra. Las intenciones manifiestan mucho qué lugar ocupas en mi vida.
Hoy me invitas a actuar siempre por tu gloria, por tu Reino, por amor a ti. Evitar en mi vida todo lo que pueda sonar a vanidad, a orgullo, a indiferencia, a amor propio. Cuando cumpla tu voluntad que lo haga por amor, porque de verdad quiero hacerlo y no sólo por cumplir un mandato, por salir de ese compromiso.
Quieres que tenga ante ti, además, la humildad del que se sabe creatura, necesitado de su Señor, de quien todo lo ha recibido. Ponerme en el lugar que me corresponde, de hijo, de creatura, de servidor, ya implica darte el lugar que mereces en mi vida y en todo lo que hago.
Señor, aparta de mi vida la vanidad de aparecer ante los demás como alguien que no soy, la soberbia de creer que todo lo puedo por mis medios, el orgullo de pensarme superior a los demás, la rebeldía de no darte el primer lugar en mi existencia.
«Con la serenidad del cuerpo y del espíritu podemos dedicarnos al servicio. Serenidad, servir al Señor en paz. Los obstáculos —tanto las ganas de poder, como la deslealtad— arrebatan la paz y te llevan a esa picazón del corazón de no estar en paz, siempre ansioso, mal… sin paz. Una insatisfacción que nos lleva a vivir en esa tensión de la vanidad mundana, vivir para aparentar. Así se ve mucha gente que vive solamente para ponerse en muestra, aparentar, para que digan: “ah, qué bueno que es”, por la fama, fama mundana. Pero así no se puede servir al Señor. Por ello, entonces pedimos al Señor que retire los obstáculos para que con la serenidad, tanto del cuerpo como del espíritu podamos dedicarnos libremente a su servicio».
(Homilía de S.S. Francisco, 8 de noviembre de 2016, en santa Marta).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Me esforzaré por cumplir mis responsabilidades por amor a Dios y sin quejarme.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Si creo en la ciencia ¿puedo creer en Dios?
Por: Nacho Alpizar | Fuente: New Fire
Durante mucho tiempo ha existido la popular idea que la ciencia y la fe no encajan. Se habla sobre los límites de la fe en el campo científico y seguramente has oído cosas como que a la Iglesia Católica “no le gusta la ciencia”. Pero, ¿es esto cierto? ¿Qué tan compatibles son la ciencia y la fe? ¿Se contradicen o se complementan? ¿Qué dice la Iglesia de las ciencias naturales?
Es común escuchar tanto en los jóvenes como en los adultos decir que la ciencia y la fe no son compatibles. Inclusive, es más común oír que se oponen. Incluso muchos afirman que la ciencia puede ser “nublada” por la religión o hasta que los “mejores científicos” son ateos. Pero esto realmente no es así y un vistazo a la historia nos lo demuestra.
“Ciencia sin religión está coja, religión sin ciencia está ciega.” –Albert Einstein
Desde la invención del método científico hasta la genética moderna y la astronomía, muchos científicos han llevado sus investigación de la mano con la fe. Tales son los casos de Antoine Lavoisier (padre de la química moderna), Nicolás Copérnico (padre del heliocentrismo), Francis Bacon (padre del método científico) e Isaac Newton (padre del cálculo matemático). Y así como ellos, muchísimos más que, a pesar de haber vivido en momentos diferentes en la historia, tenían algo en común: su amor por las ciencias nacían de su amor a Dios y sus descubrimientos en los distintos campos científicos los acercaban más a Él.
Esta idea no es nueva. Desde sus inicios, la ciencia ha funcionado como herramienta para observar, comprender y estudiar el universo que nos rodea. Pero los más grandes científicos han reconocido la ciencia no sólo como una herramienta sino también, como un don de Dios; para de igual forma observar y admirar su creación.
La Fe me lleva a la Ciencia
Muy probablemente te sorprenda saber que Georges Lemaître (padre de la teoría del Big Bang) era sacerdote jesuita, o que Gregor Mendel (padre de la genética moderna) era monje agustino. Y es que la fe ha llevado a estos hombres y a muchísimos más a querer conocer más de Dios a través de su creación. El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) nos lo dice bastante claro:
“La Santa Madre Iglesia, mantiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas” (CIC 36).
Es por esto que reconocemos que la fe en Dios nos lleva a querer conocer más de Él y una de las muchas formas es observando y admirando con el don de la ciencia su perfecta creación.
La Ciencia me lleva a la Fe
Ya sabes entonces que la fe naturalmente me lleva a la ciencia. Pero ¿funciona también viceversa? ¿La ciencia me puede llevar a la fe? La respuesta no es tan simple como la primera. El físico alemán Werner Heinsenberg, famoso por formular el principio de la incertidumbre, nos lo dice de esta forma: “El primer trago de la copa de las ciencias naturales te volverá ateo; pero en el fondo de esa copa te espera Dios.”
¿Qué quiere decir esto?
Pues fácil, la ciencia a primera vista puede parecer contradecir mucho la existencia de Dios. Por esta razón, las ciencias que usualmente recibimos en la primaria o en el colegio son tan básicas que muchas veces nos hacen dudar o nos hacen escoger entre 2 opciones, por ejemplo: Génesis vs. Big Bang. (Ya que como vimos antes, ignorábamos quien teorizó el Big Bang). Pero el estudio más profundo y verdadero de las ciencias revela un universo cuya perfección y complejidad se le puede atribuir (al final) únicamente a Dios.
Tal es el caso del genetista ateo estadounidense Francis Collins cuyo profundo estudio del genoma humano y su asombro por la complejidad de este lo llevaron a la fe. El cual es ahora cristiano y tiene una fundación de científicos creyentes llamada BioLogos Foundation. O bien, el caso de Anthony Flew denominado el “ateo más famoso del mundo” quien tras muchísimos años de estudio y a través de un conocimiento profundo de la filosofía y de la ciencia se convirtió del ateísmo al deísmo.
Estos son solo un par de casos que ayudan a entender que también el estudio profundo del universo que nos rodea y de su complejidad es uno de los muchos caminos que nos pueden llevar a Dios.
Y a todo esto ¿la Iglesia Católica qué?
Pues como vimos, desde los primeros y varios capítulos más del Catecismo de la Iglesia Católica se habla de las ciencias naturales y su complementariedad con la fe. Pero no se queda ahí. La iglesia católica ha ayudado y apoyado en muchos estudios en pro de la ciencia. Por ejemplo, el Observatorio Astronómico Vaticano es uno de los más antiguos observatorios en el mundo y aún trabaja. ¡El mismo Papa Francisco es técnico en química y amante de la ciencia!
También, la Santa Sede actualmente posee dos grandes instituciones científicas:
La Pontificia Academia de las Ciencias la cual “tiene como objetivo la promoción de los avances de la matemática, física y ciencias naturales, y los relacionados con el estudio de las cuestiones epistemológicas.”(Estatutos de 1976, art. 2) Quien, dentro de sus miembros ha incluido reconocidos científicos, entre ellos más de 30 premios Nobel en áreas como química, física, economía y fisiología.
Y también, la STOQ Foundation (Science, Theology and the Ontological Quest). Un proyecto del Consejo Pontificio de la Cultura que promueve el diálogo entre la ciencia, la filosofía y la teología en las instituciones del Vaticano.
En fin, tanto ahora como a lo largo de su historia la Iglesia Católica ha entendido la complementariedad entre la fe y la ciencia y sus aportes a esta última han cambiado el mundo. Muchos santos como San Alberto Magno (doctor de la iglesia y patrono de los científicos) o San Juan Pablo II han abogado siempre por el diálogo entre ambas. La ciencia y la fe se complementan muchísimos y una lleva a la otra. Al contrario de lo que se cree popularmente, no son enemigas sino más bien ¡son perfectamente compatibles! Como lo dijo el papa San Juan Pablo II en una de sus cartas encíclicas más famosas:
“La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad.” (Fides et Ratio, 1998)



