Ángel de Acri, Santo
Sacerdote, 30 de Octubre…
Hoy también se festeja a:
- • Dorotea de Montau, Beata
- • Alejandro Zaryckyj, Beato
- • Terencio Alberto OBrien, Beato
- • Gerardo de Potenza, Santo
- • Ángel de Acri, Santo
El Reino de Dios en mí
Por: H. Rogelio Suárez, L.C. | Fuente: missionkits.org
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Jesús, gracias por amarme incondicionalmente y por establecer tu Reino en mí; dame la gracia de serte fiel y te pido aumentes mi fe, mi esperanza y mi caridad.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 13, 18-21
En aquel tiempo, Jesús dijo: «¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con que podré compararlo? Se parece a la semilla de mostaza que un hombre sembró en su huerta; creció y se convirtió en un arbusto grande y los pájaros anidaron en sus ramas».
Y dijo de nuevo: «¿Con que podré comparar el Reino de Dios? Con la levadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina y que hace fermentar toda la masa».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Cada uno de nosotros es un grano de mostaza, insignificante, pequeñito, del cual no se espera que dé mucho fruto o sea grande. Pero es la tierra, el abono, el agua, etc., lo que hace que crezca hasta ser arbusto.
Esto es la gracia de Dios, el poder de Dios. Quien deja entrar a Dios en su vida y le permite hacer lo que Él más quiere, llegará a ser lo que nunca se imaginó. Es Él quien poco a poco va cambiando y nos va transformando en lo que tiene pensado para cada uno.
Lo que sucede es que da miedo dejar entrar a Dios en nuestras vidas, pues sabemos que Él va a hacer lo que más quiera, pero siempre para nuestro bien. Nunca hará nada para perjudicarnos. Si Él permite un mal es para después darnos un bien muchísimo mayor.
Si dejamos que Él entre en nuestra vida, poco a poco nos va a ir amasando hasta fermentarnos y hacernos crecer como estamos llamados a serlo.
Es un semilla muy pequeña, y sin embargo se desarrolla tanto que se convierte en la más grande de todas las plantas del huerto: un crecimiento imprevisible, sorprendente. No es fácil para nosotros entrar en esta lógica de la imprevisibilidad de Dios y aceptarla en nuestra vida. Pero hoy el Señor nos exhorta a una actitud de fe que supera nuestros proyectos, nuestros cálculos, nuestras previsiones. Dios es siempre el Dios de las sorpresas. El Señor siempre nos sorprende. Es una invitación a abrirnos con más generosidad a los planes de Dios, tanto en el plano personal como en el comunitario.
(Homilía de S.S. Francisco, 17 de junio de 2018).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Buscar un tiempo para estar con Jesús Eucaristía para recordar todo su amor por mí y pedirle la gracia de abrir mi corazón para que Él pueda entrar.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
El Cristo mío de cada día
Por: Juan Cabrera | Fuente: Chthus
“Ya no vivo yo, pues es Cristo el que vive en mí». (Gál. 2, 20).
Él no es un héroe ni un super-hombre. Conoció el disgusto, la frustración y hasta la derrota, aunque momentánea.
No es un galán de novela ni un astro de cine. Anda siempre cubierto de polvo y no posee guardarropa ni túnica de repuesto.
No tiene armas ni soldados, excepto un pequeño grupo de doce hombres de condición humilde, que a la hora del peligro logran disponer de una única espada.
No tiene poderío económico, ni una choza donde esconderse ni una piedra donde reclinar la cabeza.
Es uno de nosotros, uno como yo.
ES EL CRISTO MIO DE CADA DIA.
Hablo, pero no soy yo el que habla. Escribo, pero no soy yo el que escribe; amo, pero no soy yo el que ama; respiro, pero no soy yo el que respira; vivo, pero no soy yo quien vive…
Hace tiempo que no mando más en mi casa. Hace tiempo que no soy dueño de nada. Hace tiempo que mi historia personal se acabó.
Pese a mí mismo me tuve que retirar, tuve que salir del frente, desde que Él se instaló en mi pequeño mundo, con su cruz inseparable, con las pajas de su antiguo pesebre, con su túnica siempre idéntica.
Así fue como Él vino, se hizo cargo de todo de tal forma que ahora, sin Él, yo ya no sería más yo mismo.
¿Dónde fue que nos encontramos?
En cada página del Evangelio. Fue allí que sentí su presencia, el calor de su mano, el latido de su corazón.
Pero fue también en la persona de tantos hermanos y hermanas que alternan continuamente a mi lado, que me escriben, que me telefonean…
Es a causa de ellos que el Cristo mío de cada día se torna visible.
Es a ellos a quienes agradezco por ser Cristo para mí y les pido mil disculpas porque no siempre logro ser Cristo para ellos.
Y tú también, amigo, si prestas gran atención, oirás el ruido de un paso que se aproxima a tu casa. Es el paso de Dios que busca una nueva morada, una nueva tierra prometida: el corazón de la gente, tierra de Dios.
Es el paso de Aquél que viene a ti para ser el Cristo tuyo de cada día.




