Ojo 👁👁, mucho ojo❗❗

Crispin y Crispiniano, Santos
Mártires, 25 de octubre …
Hoy también se festeja a:
- • Bernardo Calbó, Santo
- • María Teresa Ferragud Roiq y sus 4 hijas, Beatas
- • Gudencio de Brescia, Santo
- • Crisanto y Daría, Santos
- • Canna, Santa
El fuego de la vida
Por: H. Jorge Alberto Leaños García, L.C. | Fuente: missionkits.org
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Señor, en mi vida diaria encuentro muchas ocasiones en las que no me acuerdo de Ti. Te pido que no dejes de llamar mi atención para que pueda permanecer a tu lado y, así, pueda amarte.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según Lucas 12, 49-53
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuanto desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo, ¡y cómo me angustio mientras llega! ¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división. De aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres. Estará dividido el padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
La sangre que Cristo derramó sobre la cruz provocó un incendio en el que tantos corazones se han encendido y consumido con un fuego abrazador. Este suceso ha hecho un quiebre total en la historia de la humanidad y en la vida de cada hombre. Es Dios quien ha traído fuego al mundo a un precio que solo Él podía pagar.
Tenemos una oportunidad de oro para ser colaboradores al transmitir la conciencia de lo que somos por pura gracia: Su creación más amada. Nuestra parte será transmitir y propagar el fuego que llevamos dentro; si lo alimentamos, podremos satisfacer el deseo que lleva Cristo en su interior: Ojalá el mundo ya estuviese ardiendo en amor.
Estemos atentos, porque el fuego que hemos recibido se puede ahogar si nos encerramos en nosotros mismos y no lo transmitimos. Seremos tibios si, no encontrando una buena razón para compartirlo, nos guardamos este don. Sería una pena que poco a poco se fuese apagando.
Si aprendemos a valorar lo que Dios nos ha donado podremos convencernos de que dejarnos quemar por el amor es la razón por la cual hemos nacido: para amar y ser amados. La invitación que Cristo nos hace es amar apasionadamente hasta que los latidos de nuestro corazón no solo le den vida a nuestro cuerpo, sino que den vida a toda nuestra familia y a toda la Iglesia.
Toda celebración eucarística a la vez que constituye un acto de culto público a Dios, recuerda la vida y hechos concretos de nuestra existencia. Mientras nos nutrimos con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, nos asimilamos a Él, recibimos en nosotros su amor, no para retenerlo celosamente, sino para compartirlo con los demás. Esta lógica está inscrita en la eucaristía, recibimos su amor en nosotros y lo compartimos con los demás. Esta es la lógica eucarística. En ella, de hecho, contemplamos a Jesús como pan partido y donado, sangre derramada por nuestra salvación. Es una presencia que, como un fuego, quema en nosotros las actitudes egoístas, nos purifica de la tendencia a dar sólo cuando hemos recibido, y enciende el deseo de hacernos, también nosotros, en unión con Jesús, pan partido y sangre derramada por los hermanos.
(Homilía de S.S. Francisco, de 201).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Buscaré compartir con alguien una experiencia concreta del amor de Dios.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
La segunda conversión
Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Retiros y homilías del Padre Nicolás Schwizer
La Iglesia nos invita a los cristianos a la conversión permanente, perfecta, definitiva. Es un desafío para todos nosotros. Nos estimula a revisar nuestro propio camino de conversión, nuestros progresos personales hacia la santidad.
¿Qué significa conversión para nosotros?
Es un cambio serio, profundo, total, que abarca toda la persona. Cambio de mentalidad, cambio interior, de actitudes interiores que nos lleva a transformar también toda la vida exterior.
La primera conversión. En la vida de cada cristiano existe una primera conversión. El día de nuestro Bautismo, todos fuimos convertidos. Dios cambió radicalmente nuestra vida, por la gracia y fuerza divina. Nos llamó a vivir como redimidos, como hijos queridos de Dios. Pero no tuvimos mucha participación todavía en esa conversión.
La Segunda conversión. Por eso, en la vida de cada cristiano auténtico, debería haber una segunda conversión: Darse cuenta de que ser cristiano es algo más que vivir costumbres, tradiciones y hasta rutinas cristianas. Tomar una decisión muy personal de vivir una vida cristiana, vida entregada, generosa, comprometida – por convicción personal, no solo por decisión de los papás, como en el Bautismo.
Esta conversión definitiva es un volverse, un abrirse con todo el ser a Dios y a los hermanos. Y la mejor expresión de ello es la confesión, sacramento de la reconciliación y la conversión. Nuestras confesiones de Cuaresma han de ser pasos decisivos hacia un cambio sincero y radical.
Conversión radical. Quizás tenemos un concepto demasiado simplista de lo que es conversión: pasar de una situación de ateísmo o de corrupción moral a la fe o a una vida recta. Y es verdad, existen conversiones de este tipo: un cambio radical de camino, la decisión por una vida nueva. Un ejemplo preclaro de ello tenemos en San Pablo. Otros ejemplos son San Agustín, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, Charles de Foucauld, etc.
Hasta podemos decir que la historia de la Iglesia es la historia de sus conversiones y renovaciones, la historia de sus grandes convertidos a lo largo de los siglos.
También en nuestro tiempo actual encontramos movimientos que impulsan a la conversión radical: p.ej. Cursillos de cristiandad, Movimiento de Renovación Carismática, etc.
Conversión permanente. Pero existe también otra forma, una forma más corriente de conversión. Se trata de personas que no cambian su vida de un modo tan drástico, tan instantáneo, que no hacen virajes tan espectaculares.
Todos sabemos que la conversión normalmente no se da de un día a otro. Es un proceso largo de cambio, una conversión permanente. Consiste en pequeñas conversiones, conversiones diarias.
Son personas que elevan sin cesar su vida, que cada año se les ve más generosas, más profundas, más entregadas. Son los hombres y mujeres de las pequeñas conversiones, de la “conversión diaria”. Supongo y espero que todos nosotros pertenezcamos a este tipo de convertidos.
El fuego de la conversión. Podríamos expresar estas dos formas de conversión a través de una imagen: la conversión es como un fuego. Recordemos la palabra de Jesús: “Vine a traer fuego a la tierra” (Lc 12,49). Y todos los convertidos se han visto atraídos por ese fuego de Jesús: Para algunos es como un fuego que parece abrasarlos de repente y todo cambia.
Para otros, sin duda la gran mayoría, el fuego es discreto, lento, interior, pero constante; un fuego que ilumina, calienta, acrisola; que permanentemente se reanima y extiende.
Pidámosle a María y a Jesús, que despierten en nosotros un gran anhelo de cambiar, y que nos regalen la gracia de la transformación permanente.
Preguntas para la reflexión
1. ¿Estoy en la primera o segunda conversión?
2. ¿En qué punto concreto puedo esforzarme para cambiar?
3. ¿Conozco la vida de los grandes convertidos?
