
Memoria Litúrgica, 30 de mayo…
Hoy también se festeja a:
- • Lucas Kirby, Santo, y 3 compañeros beatos
- • Otón Neururer, Beato
- • José Marello, Santo
- • Dimpna (o Difna), Santa
- • Marta Wiecka, Beata
Su tristeza se convertirá en alegría
Por: H. Edison Valencia, L.C. | Fuente: www.somosrc.mx
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Señor, ayúdame para poder descubrir el poder maravilloso del amor y de la santidad que tiene el Espíritu Santo en mi vida.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Juan 16, 16-20
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Dentro de poco tiempo ya no me verán; y dentro de otro poco me volverán a ver”. Algunos de sus discípulos se preguntaban unos a otros: “¿Qué querrá decir con eso de que: ‘Dentro de poco tiempo ya no me verán, y dentro de otro poco me volverán a ver’, y con eso de que: ‘Me voy al Padre’?” Y se decían: “¿Qué significa ese ‘un poco’? No entendemos lo que quiere decir”.
Jesús comprendió que querían preguntarle algo y les dijo: “Están confundidos porque les he dicho: ‘Dentro de poco tiempo ya no me verán y dentro de otro poco me volverán a ver’. Les aseguro que ustedes llorarán y se entristecerán, mientras el mundo se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se transformará en alegría”.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
El Evangelio de hoy nos presenta esta «pre-despedida» del Señor a sus apóstoles, y quiero que nos detengamos en una frase que dice Jesús: «… pero vuestra tristeza se convertirá en alegría». Dentro de dos o tres días estaremos celebrando la solemnidad de la Ascensión de nuestro Señor a los cielos, y metiéndonos en los zapatos o, mejor dicho, en las sandalias de los apóstoles, después de todo lo que habían vivido: la pasión del Maestro, su muerte, la muerte de Judas, el miedo que tenían porque los estaban buscando; terminado todo esto, parece que ya nada tiene sentido. Es entonces cuando el Señor se les aparece en algunos momentos y recobran la alegría que al perecer se había ido con el Maestro. Y no quieren que Él nuevamente se vaya, no quieren perder la alegría que tienen al verlo, pero Jesús tiene que subir a los cielos para reinar desde allá. Y es desde allí, precisamente, de donde nos enviará el Espíritu Santo para que nuestra «tristeza se convierta en alegría». Nosotros somos templos del Paráclito, (Cf. 1 Cor 1,16), pero ¿qué tanto lo creemos? «Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré» (Jn 16,7).
Dentro de muy poco conmemoraremos Pentecostés; preparémonos para recibir al Espíritu Santo. Él vendrá y se posará sobre cada uno de nosotros, para que toda tristeza se convierta en alegría. Pidamos a la Virgen María, ella que es la esposa del Paráclito, que nos ayude a tener nuestro corazón lo menos indigno posible para recibir al artífice de nuestra santidad.
Pentecostés… Alegría de recibir el Espíritu Santo.
«En este día les digo: por favor mantengan viva la alegría, es signo del corazón joven, del corazón que ha encontrado al Señor. Y si ustedes mantienen viva esa alegría con Jesús, nadie se la puede quitar, ¡nadie! Pero por las dudas, les aconsejo: No se la dejen robar, cuiden la alegría que unifica todo ?¿En qué?? en el saberse amados por el Señor. Porque, como habíamos dicho al principio: Dios nos ama… ?¿Cómo era?– [Repiten: «Dios nos ama con amor de Padre»], Dios nos ama con corazón de Padre. Otra vez… [Repiten: «Dios nos ama con corazón de Padre»]. Y este es el principio de la alegría. El fuego del amor de Jesús hace desbordante este gozo, y es suficiente para incendiar el mundo entero. ¡Cómo no van a poder cambiar esta sociedad y lo que ustedes se propongan! ¡No le tengan miedo al futuro! ¡Atrévanse a soñar a lo grande!»
(Saludo de S.S. Francisco, 7 de septiembre de 2017).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Encomendarme hoy al Espíritu Santo, para que sea Él quien guíe mi día.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Papa: con la Ascensión el Señor nos recuerda que la meta es el Cielo
Por: Roberta Barbi | Fuente: Vatican News
Y dicho esto, fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos. Estando ellos mirando fijamente al cielo mientras se iba, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: ‘Galileos, ¿qué hacen ahí mirando al cielo? Este que les ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como lo han visto subir al cielo’” (Hechos 1, 9-11)
El jueves de la sexta semana de Pascua se celebra la solemnidad de la Ascensión en la Ciudad del Vaticano y en algunos países, mientras en Italia y en otras naciones, el calendario la desplaza al domingo siguiente. Estamos en el tiempo de la Pascua, es decir, de la alegría, de la liberación de la muerte y del pecado gracias a la Resurrección, en el tiempo de la promesa de la salvación. Jesús, por lo tanto, regresa para despedirse de los apóstoles que ahora están listos para esta separación, como hijos adultos. La separación, sin embargo, sólo es aparente, porque el Señor, aunque invisible, continúa trabajando en la Iglesia y es temporal, porque un día volverá.
Fuentes históricas y orígenes de esta solemnidad
Los Evangelios hablan poco de la Ascensión: Mateo y Juan terminan el relato con las apariciones de Jesús después de la Resurrección. Marcos le dedica la última frase del texto, mientras Lucas le da más amplitud, especialmente en los Hechos de los Apóstoles. Aquí precisa que cuarenta días después de la Pascua – un número muy simbólico en toda la Biblia – Jesús conduce a los apóstoles a Betania y una vez que llega al Monte de los Olivos (también llamado Monte de la Ascensión) los bendice y les habla antes de subir al cielo y regresar al Padre. En este discurso Jesús confirma la promesa de la venida del Espíritu que no los dejará solos y anuncia su segunda venida, al final de los tiempos.
La celebración de la Ascensión tiene orígenes ancestrales, tal como lo demuestra Eusebio de Cesara y se ve influenciada por la tradición judía, por ejemplo, en la imagen de la «ascensión» a Dios, no sólo física – si bien las catedrales y los monasterios se sitúan a menudo en posiciones elevadas – sino también espiritual, entendida como purificación y recogimiento para escuchar la Palabra. Inicialmente se celebraba en Belén precisamente para subrayar que desde allí todo había comenzado, y constituía una unidad con la fiesta de Pentecostés, celebrada la tarde del mismo día, pero de la que ya se había separado entre los siglos V y VI, como lo demostraron San Juan Crisóstomo y San Agustín, quienes a la Ascensión dedicaron homilías enteras.
Significado de la Ascensión
Al volver al Padre, Jesús cierra un círculo, que ha atravesado su existencia humana para volver al cielo, aun permaneciendo vivo y presente en la Iglesia. Pero es precisamente gracias al momento de la Ascensión que se supera esta dicotomía entre el cielo y la tierra: Jesús se va, pero sólo precede, como un hermano, como un rey y como el Hijo amado, a todos los hombres, en el paraíso, allí donde está Dios. Como un hombre, Jesús bajó al infierno para salvar a Adán y así, con la Ascensión, reafirma una vez más que el cielo es el destino al que el hombre debe aspirar, la santidad, resumiendo el significado del misterio de la Encarnación y el fin último de la salvación. La glorificación de la naturaleza humana, encarnada por el Verbo en toda su pobreza y por Él, después, elevada hasta el cielo, se explica mejor aún en las diversas oraciones pertenecientes a la tradición bizantina en la que se supera la disputa, precisamente, entre el cielo y la tierra.
«A la derecha del Padre»
Hay muchos puntos dentro de los Evangelios en que Jesús prefigura lo que sucederá en la Ascensión. Por ejemplo, durante la Última Cena, anuncia «voy al Padre». Y el lugar a la derecha del Padre es, de hecho, el lugar de honor, el del Hijo predilecto que por amor se hizo carne, murió y resucitó y así ha salvado a la humanidad. Ese lugar siempre ha sido suyo, porque antes de ser hombre Jesús es el Hijo del Padre y tiene gloria estable con Él. Jesús, pues, asciende al cielo para dar inicio al reino que no tiene fin, pero también para preparar nuestro lugar en el cielo. Si Jesús no volviera al Padre en el cielo, no habría redención ni salvación para el hombre: sólo así, de hecho, Él completa de alguna manera su Resurrección enviando, después, al Consolador al mundo.
La Ascensión en el Arte
Muchos de los significados de esta fiesta se pueden entender aún mejor analizando la iconografía. La Ascensión del Señor está a menudo representada por una escena dividida en dos partes, que representan el cielo y la tierra. En el cielo está Cristo, representado en el gesto del Pantocrátor, es decir, el Señor de todas las cosas, mientras que en su mano izquierda tiene el rollo de la Ley. Lleva las vestiduras de la Resurrección, los colores dominantes son los reales, el blanco y el rojo, todo está lleno de luz e incluso los cielos se doblan para ser su trono. Abajo, en cambio, en la tierra, permanece la humanidad, pero es una humanidad renovada: de las rocas áridas, en efecto, surgen cuatro arbustos exuberantes, es decir, los cuatro rincones de la Tierra que serán vivificados por la Palabra, por los Cuatro Evangelios.
Incluso los apóstoles se visten a menudo de verde, el color de la liberación a través de la gracia, y su actitud es ahora de esperanza en la promesa, no más de consternación por lo que ha sucedido. En primer plano, con frecuencia, están Pedro y Pablo, pero en la escena también está María, a que suele ir acompañada por dos ángeles y ellos tres son los únicos seres que llevan la aureola. María está en eje con su Hijo, cuya misión humana ha compartido, y es, en la práctica, la conjunción entre los dos mundos. La suya ya no es una expresión de dolor, sino una actitud de oración: la de la Iglesia y de toda la humanidad, en espera del fin de los tiempos.



