Serapión el Escolástico, Santo
Obispo, 21 de marzo…
Hoy también se festeja a:
- • Santiago el Confesor, Santo
- • Lupicino de Lauconne, Santo
- • Enda de Arran, Santo
- • Benito de Nursia, Santo
- • Mateo Flathers, Beato
María ungió los pies de Jesús en Betania
Cuaresma y Semana Santa
Juan 12, 1-11. Lunes Santo. Encontró verdaderamente al Señor. En el silencio, le abrió su corazón; en el dolor, le mostró el arrepentimiento.
Por: P. Juan Jesús Riveros | Fuente: Catholic.net

Del santo Evangelio según san Juan 12, 1-11
Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?» Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Jesús dijo: «Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre tendréis». Gran número de judíos supieron que Jesús estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús.
Oración introductoria
Dame, Señor, la sabiduría y fuerza de voluntad para saber dedicar el mejor tiempo de este día a la oración. Sé que vendrás a mi encuentro para transformarme. ¡Gracias por tu bondad y misericordia!
Petición
Señor, que no me ciegue como Judas. Tú eres lo mejor de mi vida, dame un corazón abierto a tu gracia y un alma generosa que sepa corresponder a tu infinito amor.
Meditación del Papa Francisco
Esta mujer encontró verdaderamente al Señor. En el silencio, le abrió su corazón; en el dolor, le mostró el arrepentimiento por sus pecados; con su llanto, hizo un llamamiento a la bondad divina para recibir el perdón. Para ella no habrá ningún juicio si no el que viene de Dios, y este es el juicio de la misericordia. El protagonista de este encuentro es ciertamente el amor, la misericordia que va más allá de la justicia.
Simón, el dueño de casa, el fariseo, al contrario, no logra encontrar el camino del amor. Todo está calculado, todo pensado… Él permanece inmóvil en el umbral de la formalidad. Es algo feo el amor formal, no se entiende. No es capaz de dar el paso sucesivo para ir al encuentro de Jesús que le trae la salvación. Simón se limitó a invitar a Jesús a comer, pero no lo acogió verdaderamente. En sus pensamientos invoca sólo la justicia y obrando así se equivoca. Su juicio acerca de la mujer lo aleja de la verdad y no le permite ni siquiera comprender quién es su huésped. Se detuvo en la superficie —en la formalidad—, no fue capaz de mirar al corazón. Ante la parábola de Jesús y la pregunta sobre cuál de los servidores había amado más, el fariseo respondió correctamente: “Supongo que aquel a quien le perdonó más”. Y Jesús no deja de hacerle notar: “Has juzgado rectamente”. Sólo cuando el juicio de Simón se dirige al amor, entonces él está en lo correcto. (Homilía de S.S. Francisco, 13 de marzo de 2015).
Reflexión
Jesús se encuentra con sus amigos. Yo soy su amigo. Sale a mi encuentro.
Es Él quien va a Betania y quien viene a tocar a mi puerta. Desea sentarse a mi mesa, partir el pan conmigo, hablar conmigo.
Toca a la puerta de mi corazón para iluminarlo y consolarlo: «Sólo Él tiene palabras de vida eterna» No sólo está a mi lado: me lleva en sus brazos para que las asperezas, las piedras y el barro no me salpiquen y no me hagan tropezar y caer, si yo quiero.
Y, aunque cayera, su amor no disminuiría, incluso me amaría más. Limpiaría mis heridas y manchas del camino. Él sería una María de Betania para con nosotros, nos perfumaría los pies y la cabeza. ¿No deberíamos nosotros hacer lo mismo?
Ponernos a sus pies y llorar. Llorar por la tristeza de ofenderle y llorar por la alegría de su perdón. Las lágrimas son la mejor oración que podemos elevar a Dios. Y, también, perfumar sus pies; que el perfume de nuestras buenas obras y el ungüento de nuestro perdón sean dignos de un Dios tan misericordioso. Como Él perdona, así perdonar a quienes nos ofenden.
No nos fijemos en el «derroche» de este caro perfume. Es un perfume que nunca se acaba si es a Cristo a quien lo ofrecemos. Obrando así prepararemos la sepultura del Señor, su resurrección y su permanencia entre nosotros.
Propósito
Si hoy tengo un pensamiento negativo sobre una persona, orar y buscar una cualidad de ella para alabarle.
Diálogo con Cristo
Jesús, esta Semana Santa es una excelente oportunidad para dedicar más tiempo a fijarme en los demás, como ha propuesto el Papa. Dame tu luz para emprender una labor de fermento en mi propia familia, en mi propio ambiente, para vivir un cristianismo más dinámico, más apasionado, que no mida el esfuerzo o sacrificio. Dame la generosidad de María, que supo escoger siempre la mejor parte.
¿Por qué pareciese que a los malos les va mejor que a los buenos?
La prosperidad de los malos ha sido siempre un desafío a la fe de los creyentes. La verdad es que es fácil creer cuando vemos los frutos de nuestra fe.
Por: Fray Nelson Medina, OP | Fuente: Catholic.net

Es muy interesante notar que la Biblia reconoce abiertamente este problema.
Pregunta: Fray Nelson, mi nombre es María. Una joven (a quien conocí recientemente) que supuestamente era muy cristiana carismática, decidió alejarse del Señor, porque veía que los que actuaban mal, pecaban y hacían mil barbaridades más, eran más prósperos y no les pasaba nada, pues existe el PERDON. Si alguien peca el Señor perdonará, si sigue vuelve a perdonar, y así sucesivamente… Preguntó: si el Señor perdona siempre y además pareciera que «esos» precisamente tienen más suerte en todo, ¿será del todo necesario «portarse bien», sabiendo que si pecamos luego nos perdonará y para qué esforzarnos? Me dio miedo escribir esa pregunta. Gracias. Y siga adelante con su evangelización.
Responde Fray Nelson Medina, OP:
La prosperidad de los malos ha sido siempre un desafío a la fe de los creyentes. La verdad es que es fácil creer cuando vemos los frutos de nuestra fe, o sea, cuando podemos decir: «El Señor es mi fuerza y mi escudo; en El confía mi corazón, y soy socorrido; por tanto, mi corazón se regocija, y le daré gracias con mi cántico.» (Salmo 28,7)
Mas hay ocasiones en que nuestra oración se parece más a un lamento: » ¿Por qué, oh Señor, te mantienes alejado, y te escondes en tiempos de tribulación? Con arrogancia el impío acosa al afligido; ¡que sea atrapado en las trampas que ha urdido! Porque del deseo de su corazón se jacta el impío, y el codicioso maldice y desprecia al Señor. El impío, en la altivez de su rostro, no busca a Dios. Todo su pensamiento es: No hay Dios.» (Salmo 10,1-4)
Es muy interesante notar que la Biblia reconoce abiertamente este problema. A lo largo de sus páginas aparecen varias respuestas, que van como marcando una evolución en la comprensión de un asunto que es muy difícil, mírese como se mire.
La primera es que «en esta vida todo se paga,» como dice el refrán. En esa línea va por ejemplo el Salmo 37, el que precisamente empieza diciendo: » No te irrites a causa de los malhechores; no tengas envidia de los que practican la iniquidad. Porque como la hierba pronto se secarán, y se marchitarán como la hierba verde.»
El problema es que hay personas buenas a las que nunca parece que les llegue su retribución. La reflexión sobre este hecho condujo a una solución más profunda: Dios es siempre justo y si no hay justicia en esta vida, la habrá y completa en la otra vida. Es lo que encontramos sobre todo en el Segundo Libro de los Macabeos.
En realidad, el Nuevo Testamento viene a profundizar esa misma enseñanza. Tal vez el texto más claro, y casi rudo, lo encontramos en la predicación de san Pablo: «No os dejéis engañar, de Dios nadie se burla; pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará. Porque el que siembra para su propia carne, de la carne segará corrupción, pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna.» (Gálatas 6:7-8)
Queda el problema de aquellos que pecan como a sabiendas, precisamente porque conocen ya que Dios perdona. Tampoco este cuadro es ajeno a la Biblia: corresponde al caso de los que retrasan su conversión. También san Pablo es uno que insiste con vehemencia en el imperativo de acoger la gracia ahora, sin dar largas inútiles: «Os exhortamos a no recibir la gracia de Dios en vano; pues El dice: EN EL TIEMPO PROPICIO TE ESCUCHE, Y EN EL DIA DE SALVACION TE SOCORRI. He aquí, ahora es EL TIEMPO PROPICIO; he aquí, ahora es EL DIA DE SALVACION.» (2 Corintios 6,1-2)
La Biblia también muestra que el tiempo propicio terminará, y nos recuerda sin terrorismo que el mismo que hoy nos ofrece salvarnos un día nos juzgará por todo lo que somos y hacemos. Podemos contar con el perdón de Dios, que es suficiente, pero no podemos contar con que tendremos la sensatez de contar con ese perdón si obramos torpemente encegueciéndonos en nuestros pecados.
Lo lógico, pues, y sano y normal, es reconocer que todos necesitamos misericordia y todos hemos de revestirnos de paciencia. Misericordia que perdone nuestras faltas, de las que ya queremos estar arrepentidos, y paciencia que nos ayude a sobrellevar las contradicciones que sufrirán nuestros proyectos y buenos propósitos, si acaso nos parece que otros gozan de mejor suerte con menor esfuerzo.












