Marcelo I, Santo
XXX Papa, 16 de enero …
Hoy también se festeja a:
- • Luis Antonio Ormières, Beato
- • Ticiano de Oderzo, Santo
- • Berardo y compañeros, Santos
- • Juana María Condesa Lluch, Beata
- • José Antonio Tovini, Beato
Dios, guía en el camino de la caridad
Por: H. Leonardo Garzon, L.C. | Fuente: www.missionkits.org
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Señor, Tú no te cansas de buscarme, siempre estás allí cuando te necesito y cuando parece que no te necesito también estás junto a mí. Ayúdame a ser como Tú, que sea capaz de salir al encuentro de aquellos que me necesitan. Dame un corazón como el tuyo, un corazón que no titubee ante las necesidades del prójimo, un corazón que sepa amar sin medida.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Marcos 1, 29-39
En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y enseguida le avisaron a Jesús. Él se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles.
Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero no dejó que 1os demonios hablaran, porque sabían quién era él.
De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. Simón y sus compañeros lo fueron a buscar, y al encontrarlo, le dijeron: “Todos te andan buscando”. Él les dijo: “Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido”. Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Cristo se presenta a nosotros como el mejor ejemplo de amor, Él nos muestra el camino que todo hombre que ama de verdad debe recorrer. El amor verdadero no tiene límites, no conoce fronteras, no distingue entre razas ni clases sociales, el amor no tiene en cuenta capacidades o debilidades, no conoce distancias. Dios nuestro Señor, que se ha humillado acogiendo nuestra pobre condición y ha muerto por nosotros en la cruz, sabe que esto es verdad.
1. Salir al encuentro de los más cercanos.
El primer grado de amor inicia en el momento en que decido olvidarme de mí mismo y salir al encuentro de las necesidades de aquellos que son más cercanos. La suegra de san Pedro estaba enferma, y aun siendo la suegra, el Señor y el apóstol no le dieron menos importancia. «Saliendo de la sinagoga», después de una mañana de trabajo apostólico, se fueron a visitar a aquella persona que más los necesitaba. Este tipo de amor presupone el desapego de los propios intereses y se aferra a la búsqueda del bienestar de la persona amada.
2. Acoger a los que se acercan.
El siguiente grado es el de la acogida. Son muchas las ocasiones en las que estamos en una situación de indisposición para recibir a otras personas, sin embargo, pareciera que son éstos los momentos en las que las personas más se acercan a pedirnos ayuda. Parece que las ocasiones de cansancio, de estrés o incluso de problemas personales pueden ser una excusa para rechazar a aquellos que se acercan a pedirnos ayuda. El amor verdadero no toma en cuenta la propia situación cuando se trata de ayudar al amado. Es fácil amar cuando no se tiene ninguna dificultad, pero que duro es hacerlo cuando nosotros mismos necesitamos ayuda.
3. Salir en busca de los desconocidos.
El tercer grado es el amor al desconocido. Hasta ahora hemos hablado del amor hacia aquellos que conocemos y nos son cercanos, pero qué hay de aquellos que no conocemos. Nuestro Señor no los deja de lado, ni siquiera espera a que sean los otros los que tomen la iniciativa y se acerquen, Él mismo sale en su búsqueda; «vamos a otra parte… a predicar allí también». Del mismo modo nosotros debemos salir en busca de aquel desconocido que necesita del amor de Dios que nosotros le podemos transmitir. No podemos ni pensar en cuantas circunstancias nosotros podemos ser instrumentos del amor de Dios; especialmente cuando pensamos que no nos corresponde, o que no es nuestro deber, es ahí cuando más debemos tomar la iniciativa, vencernos a nosotros mismos y salir al encuentro de los otros.
«Vivimos la cultura de la exclusión, la cultura del descarte. Salir al encuentro de esos hermanos excluidos, abandonados a su suerte, pisoteados por intereses egoístas… Ellos también son nuestros hermanos que necesitan nuestra ayuda y necesitan experimentar la presencia de Dios que sale a su encuentro. Allí también ustedes son enviados para hacer realidad el espíritu de las Bienaventuranzas a través de las obras de misericordia: escuchando y dando respuesta a los gritos de quienes piden pan y justicia; llevando paz y promoción integral a los que buscan una vida más digna; consolando y ofreciendo razones de esperanza a las tristezas y sufrimientos de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo… Que esta sea la brújula que oriente sus pasos de hermanos y misioneros.»
(Discurso de S.S. Francisco, 22 de junio de 2018).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hoy abriré mi corazón de manera especial y buscaré ayudar a alguien cercano a mí; si alguien viene en busca de mi ayuda no dudaré en tenderle la mano, y de una manera especial buscaré ayudar a alguien desconocido, o con quien no trato seguido.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
¿Qué diferencia hay entre un sacerdote diocesano y un religioso?
Por: P. Samuel Bonilla | Fuente: PadreSam.com
En la última cena (Mt 26; Mc 14; Lc 22), el Señor Jesús instituyó el Sacramento de la Eucaristía y el Sacramento del Orden, este último con el objetivo de seguir celebrando el primero y así, perpetuar la presencia del mismo Señor en las especies eucarísticas. Sin embargo, hay sacerdotes “diocesanos” y sacerdotes “religiosos”. ¿Cuál es la diferencia?
El ministerio sacerdotal confiado a los apóstoles fue, posteriormente, comunicado por ellos a otros que los sucederían en la misión, a los cuales llamaron Epíscopos (obispos) (1 Tim 3,1ss; 2 Tim 1,6). Este ministerio, además de la potestad de celebrar los sacramentos, conlleva el oficio pastoral. Con el tiempo, los mismos apóstoles van asociando a su ministerio a otros a los que llaman presbíteros (Hch 14,23), sin olvidar la presencia casi inmediata de los diáconos (Hch 6,1-7). Así, cada comunidad cristiana, situada en un territorio determinado, estaba pastoreada por un obispo con un grupo de presbíteros y diáconos, situación que continúa hasta hoy. El oficio del presbítero (sacerdote) ha sido siempre el de colaborar con su obispo en el ministerio pastoral de la Iglesia.
Por otra parte, desde los primeros siglos de la Iglesia, se empezó a gestar un movimiento de personas que de manera individual se alejaban de la vida común para dedicarse únicamente al Señor, especialmente yéndose al desierto, conocidos como eremitas y anacoretas. Con el tiempo, se empiezan a reunir en grupos para compartir este estilo de vida. Esto es el germen de los que más a delante se llamará vida religiosa. Esta consiste en vivir la consagración al Señor, como sacerdote o como hermano, en una comunidad con un carisma específico, esto es, la intención con la cual fue fundada: atender a los jóvenes, a los niños sin hogar, a las prostitutas, a los enfermos, a los privados de libertad, a los inmigrantes, entre otros.
Esto nos lleva, entonces, a hablar del modo de vivir diverso del único sacerdocio confiado por el Señor Jesús a su Iglesia, esto es, sacerdote diocesano y sacerdote religioso. Es el mismo sacerdocio vivido de modo diverso, en cuanto a su comunidad específica.
El sacerdote diocesano tiene un modo de vida que brota de lo que los apóstoles fundaron en las primeras comunidades: un obispo y un grupo de sacerdotes con él pastoreando un territorio determinado llamado Diócesis (de ahí su nombre, diocesanos). El carisma particular está inspirado en Cristo Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas (Jn 10). Propiamente, atienden las parroquias y otras dependencias de la diócesis. Están bajo la autoridad exclusiva de su obispo, por medio de las promesas hechas el día de su ordenación: castidad, pobreza y obediencia.
El sacerdote religioso tiene las mismas facultades de un sacerdote diocesano, es decir, la capacidad de celebrar los sacramentos, pero lo que lo distingue es su modo de vivir. Ya no es entorno a un obispo en una diócesis determinada, sino en una comunidad especifica de religiosos, con un carisma propio, inspirado por el fundador de tal comunidad, bajo la autoridad de un hermano superior de la misma comunidad. Toda la comunidad bajo la autoridad y cuidado del obispo de la diócesis en la que reside. Cada uno profesa, antes de su ordenación sacerdotal, los votos de pobreza, castidad y obediencia. Así tenemos a los Redentoristas, Vicentinos, Carmelitas, Siervos de Jesús, Salesianos, Somascos, Jesuitas y muchos más.
En síntesis, es el mismo sacerdocio, sólo que el diocesano lo ejerce bajo la autoridad de un Obispo en un territorio específico llamado Diócesis, mientras que el religioso lo ejercer bajo la autoridad de un Superior, siguiendo el carisma de su fundador y viviendo en una comunidad.




