
La Anunciación del Ángel a la Virgen María
Solemnidad Litúrgica…
- Hoy también se festeja a:
- • Mona de Milán, Santo
- • Josafata Hordashevska, Beata
- • Matrona (Madrona), Santa
- • Maria Alfonsina Danil Ghattas, Santa
- • Nicodemo de Mammola, Santo
He aquí la esclava del Señor
Santo Evangelio según san Lucas 1, 26-38. Jueves de la Anunciación del Señor
Por: Javier Castellanos, LC | Fuente: www.somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
¡Dios te salve, llena de gracia, María! Hoy me pongo bajo tu manto. Enséñame a ser un hijo que se parezca a ti en la fe, en la esperanza, en el amor. Muéstrame a tu Hijo, Jesucristo, pues en Él está el Reino, la paz, la justicia y la Vida. Amén.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 1, 26-38
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María.
Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.
El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin”.
María le dijo entonces al ángel: “¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?”. El ángel le contestó: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios”. María contestó: “Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho”. Y el ángel se retiró de su presencia.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
«La virgen se llamaba María». El evento más grande de la historia comienza del modo más pequeño. Una jovencita es elegida en un pueblo a las orillas de un país que está sometido a un imperio. Dios envía su ángel a una casa humilde, y allí decide iniciar la redención del mundo entero.
¡Qué grande es María! Y curiosamente es grande porque es pequeña, pues deja espacio en su corazón para Dios. No vive llena de sí misma; no sabemos qué proyectos tenía, fuera de su matrimonio con José y de su propósito de virginidad; el Evangelio no nos dice cuáles eran sus habilidades, ni su experiencia en el trabajo, ni sus áreas de interés, nada… Todo lo que María era hasta entonces se convirtió en una ofrenda a Dios. Se lo dio todo, y tomó lo que el Señor le pedía: ser la Madre de Dios.
Tras el momento de la Anunciación, María comenzó un camino de fe. Sabía que sería madre, y que su Hijo sería grande. Los detalles, sin embargo, estaban todavía ocultos: ¿Cómo evitar un malentendido con su esposo? ¿Acaso viviría como madre soltera? ¿Quién se encargaría entonces de dar sustento al niño? ¿Cómo lograría su Hijo llegar a ser de importancia en Israel, viniendo de un hogar tan lejano y pobre? ¿Era posible que alguien reinara en ese rincón dominado por los romanos? Y aun así, María confía. Todo estaba en las manos de Dios, Él se encargaría de que las cosas fueran saliendo, paso a paso…
Gracias, María, por vivir abierta de par en par a la Voluntad de Dios. Con tu obediencia hemos recibido a Jesús, nuestro Salvador. Enséñame, madre, a ser atento como tú a los mensajes de Dios. Ayúdame a poner su Voluntad en el primer lugar de mis planes y acciones. Acompáñame en el camino, que avance siempre con fe y por la fe. Que en este día y todos los días pueda repetir tu oración: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».
«En el “sí” de María está el “sí” de toda la historia de la salvación y ahí comienza el último “sí” del hombre y de Dios: ahí Dios recrea, como en el principio con un “sí” hizo el mundo y el hombre, esa hermosa creación: con este “sí” yo vengo para hacer tu voluntad, y de una manera más maravillosa recrea el mundo, nos recrea a todos nosotros. Es el “sí” de Dios que nos santifica, que nos hacer ir hacia adelante en Jesucristo. Por eso, hoy es el día justo para dar gracias al Señor y preguntarnos: ¿soy hombre o mujer del “sí” o soy hombre o mujer del “no”? O ¿soy hombre o mujer que miro un poco hacia otro lado, para no responder? Que el Señor nos dé la gracia de entrar en este camino de hombres y mujeres que han sido capaces de decir el “sí”».
(Homilía de S.S. Francisco, 8 de abril de 2016, en santa Marta).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Buscaré hoy rezar al menos un misterio del rosario, pidiendo por las vocaciones a la vida consagrada.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
¿Jesús, Esposo? ¿De quién? ¿Quién es la afortunada elegida?…
Cristo ha amado a la Iglesia, y se ha entregado por ella, a fin de que aparezca delante de Él toda gloriosa.
Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

En el Evangelio nos vamos a encontrar con una expresión de Jesús que no sabemos si llamarla misteriosa o idílica o encantadora. El mismo Jesús se va a dar el calificativo de ESPOSO. ¿Jesús, Esposo? ¿De quién? ¿Quién es la afortunada elegida?… Vayamos primero a la narración del hecho.
Jesús viene como un verdadero revolucionario, no de armas en la mano, sino de amor en el corazón. Y como el amor hace libres, Jesús se muestra desde el principio como un liberador de tanta esclavitud a que los escribas y fariseos habían sometido al pueblo, con prácticas que a lo mejor eran buenas, pero que no eran necesarias y resultaban a veces cargas insoportables.
Una de éstas costumbres era el ayuno como penitencia. Pues, bien. Se le presentan algunos a Jesús, y le preguntan extrañados:
– ¿Cómo es que los discípulos de Juan Bautista ayunan, igual que los discípulos de los fariseos, mientras que a los tuyos no los vemos ayunar nunca?
A Jesús le cae en gracia la pregunta, y responde con sonrisa y con buen humor:
– ¿Ayunar mis discípulos? ¿Y cómo queréis que ayunen si estoy yo con ellos? ¿Habéis visto alguna vez a los amigos del esposo ayunar mientras el esposo está con ellos en la fiesta de bodas? Llegará el momento en que les será quitado de delante el esposo, y entonces ayunarán.
Ahora es Jesús el que da un rodeo a la conversación y lleva el pensamiento por otros derroteros:
– Ha llegado la cosecha del vino nuevo, del vino de la alegría mesiánica, la que os trae el Cristo. Entonces, a vino nuevo, envases también nuevos…
El pensamiento de Jesús es claro: la venida del Mesías, del Cristo, es para el mundo una fiesta de bodas. ¿Cabe entonces la tristeza en medio de la fiesta? El amor y la alegría nos hacen libres. ¿Se puede, por lo mismo, pensar en esclavitud a la ley antigua o a prácticas pasadas de moda con la venida de Jesucristo?
Pero Jesús se da cuenta de que su presencia física entre los discípulos no va a ser posible siempre, y entonces los discípulos sabrán también ayunar, es decir, sabrán dolerse de la ausencia del Esposo amigo cuando no esté con ellos…
Nos metemos aquí en el misterio de la alianza de Dios con su Pueblo. Primero con Israel, después con la Iglesia.
Si abrimos la Biblia en el Antiguo Testamento, vemos cómo Dios establece con Israel una alianza de amor, un verdadero desposorio. Dios ama entrañablemente a su pueblo, le es fiel, lo mima. Pero Israel, como esposa alocada, se enamora continuamente de los dioses de otros pueblos, los adora, les ofrece sacrificios, y así se prostituye delante de ellos y comete el adulterio contra su esposo, que es Dios.
Dios, sin embargo, sigue en su empeño. Enamorado perdido, no deja de seguir a su pueblo, la esposa infiel, hasta que la rinde. Lo ha expresado en la Biblia, como nadie, el profesa Oseas:
– La atraeré hacia mí, la llevaré a un lugar solitario, le hablaré al corazón… Sí, te haré mi esposa querida, y tú conocerás al Señor.
Dios es así con Israel. Pero con el nuevo Israel de Dios, con la Iglesia, estas palabras tendrán un sentido místico pleno.
El apóstol san Pablo les dirá a los de Corinto:
– Os tengo desposados con Cristo como una preciosa muchacha virgen.
Y explanará su pensamiento en la carta a los de Éfeso:
– Cristo ha amado a la Iglesia, y se ha entregado por ella, a fin de que aparezca delante de Él toda gloriosa, sin mancha ni arruga, sino santa e inmaculada.
El Apocalipsis, por su parte, nos muestra a la Iglesia viniendo al encuentro de Cristo como esposa radiante de hermosura…
¿Cómo entendió la Iglesia este Evangelio de Jesús, cuando dice que un día les será arrebatado el Esposo a los amigos?…
Desde un principio se aplicó al día de la muerte del Señor. Aquel día sí que podían los discípulos de Jesús ayunar, es decir, llorar y hacer penitencia.
Y de ahí arrancó la práctica de la penitencia cuaresmal y la costumbre de ayunar y hacer otros sacrificios especiales el viernes de cada semana.
La Iglesia ha sabido unir admirablemente los dos términos de la cuestión. Por una parte, siempre vive alegre, siempre rebosa felicidad, porque sabe que su vida es una continua fiesta de bodas con Jesucristo su Esposo. Se siente libre, pues nunca la esposa puede temer al esposo que la adora…
Pero, por otra parte, sabe también la Iglesia que debe unirse a su Esposo Jesucristo cuando salva al mundo precisamente con la pasión y la cruz. Y la Iglesia no rehusa la penitencia. La practica con toda libertad, pero no la omite nunca.
Cuando la Iglesia nos manda la penitencia cuaresmal, y nos aconseja la semanal de cada viernes –que si ayuno, que si abstinencia, que si la renuncia a muchos caprichos, que si la limosna penitencial– no hace sino enlazar con la más pura tradición del primer tiempo de cristianismo.
¡Señor Jesucristo, Esposo de la Iglesia, que nos llenas del gozo más puro! Eres Esposo, pero Esposo de sangre, que reclamas nuestra unión contigo cuando salvas al mundo con el sacrificio de la Cruz. Haznos generosos para vivir tus dolores, igual que nos haces avaros para disfrutar de tus alegrías….








