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Presbítero, 23 de octubre…
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Parar de sufrir, sufrir por sufrir y saber sufrir. He aquí las diferencias
El valor del sacrificio
Por: Hermano Franciscano | Fuente: www.diocesisdecelaya.org.mx

Por naturaleza, los hombres huimos de todo lo que huele a sacrificio y buscamos lo que es placentero.
Dios no ha creado haciéndonos reyes de la creación, para que dispongamos de todas las cosas para nuestro bien. Por lo tanto, parece de mal gusto hablar del sacrificio como un valor.
Sobre todo en estos tiempos de progreso, que nos presentan constantemente novedades para nuestros gustos y beneficios, este «valor» ya pasó de moda.
En realidad hoy son muchos los que razonan así, y con facilidad se burlan de quien se atreve a hablar de sacrificio.
Sabemos que, bajo el aspecto bíblico, el sacrificio no es un castigo, sino un medio de redención. Este tema lo encontramos desarrollado en Isaías: «El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados» (Is 53, 5), y en todo el Nuevo Testamento.
En la Carta de los Hebreos leemos: «Cristo se ofreció a Dios como víctima sin mancha, y su sangre nos purifica interiormente de nuestras malas obras».
Nos hace falta reportar muchos textos para convencernos del tema del sacrificio como acto redentor. La dificultad que se encuentra hoy tiene una doble faceta de parte de los creyentes: este sacrificio ya se dio una vez para siempre (Heb 7, 27); de parte de los que no aceptan las Escrituras: ¿Por qué este mal gusto de pagar con el sacrificio?
Acerca de la primera dificultad, es fácil comprender que la vida del cristiano consiste en tomar la cruz de cada día e ir en pos del Señor (Mt 16, 24-25; MC 8, 34; Lc 9, 23).
También San Pablo nos presenta su testimonio, haciéndonos entender que nosotros somos la prolongación de Cristo en el tiempo: «Al presente, me alegro cuando tengo que sufrir por ustedes; así completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo, para el bien de su Cuerpo que es la Iglesia». (Col 1, 24).
Referente a la objeción de los que no conocen o no creen en La Biblia, conviene observar que para triunfar hay que luchar y sufrir. Quitar al hombre esa lucha de superación, ese sufrimiento que supone forjarse un carácter mediante el estudio, el trabajo y el ejercicio de la voluntad, es echarlo a perder.
Realmente, el hombre de hoy, que se deja llevar por una vida fácil, placentera y ausente de cualquier sacrificio, se ha debilitado mucho. Las consecuencias las vemos diariamente en la corrupción que hay casi en todas las esferas y en la violencia en constante aumento que está haciendo la vida imposible.
No queremos el sacrificio por el sacrificio, porque no estamos enfermos de masoquismo. Aceptamos el sacrificio como una medicina amarga, pero efectiva para curar nuestras tendencias hacia una vida egoísta.
La teoría de aquellos que aceptan doctrinas y técnicas orientales para hacer desaparecer el dolor no va de acuerdo con el Evangelio. Primero, porque no siempre se puede eliminar.
Por cuanto uno procure enajenarse, no quita el hecho de tener un cáncer incurable, un hijo secuestrado y quizás ejecutado.
Más que enajenarse, hay que santificar el dolor ofreciéndolo como sacrificio de purificación para alcanzar el perdón y la felicidad eterna. El que actúa así, sufre, sí, pero en paz.
En segundo lugar, luchar para eliminar el dolor equivale a enseñar a evitar todo o que hace sufrir, perdiendo de vista que el hombre no se realiza cuando no sufre, sino cuando ama.
Quien ama de verdad es capaz de afrontar cualquier sacrificio con tal de ayudar a la persona amada.
Al contrario, quien no sabe sufrir no es capaz de amar de verdad, y por eso no se realiza.
No he venido a traer paz
Tiempo Ordinario
Por: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net

Del santo Evangelio según san Lucas 12, 49-53
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla! ¿Creéis que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división. Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos; tres contra dos, y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.
Oración introductoria
Señor, Tú viniste a traer fuego a la tierra, ¡cuánto desearía que ya estuviera ardiendo en mi corazón! Dame en esta oración ese fuego de tu amor, que me lleve a sacrificar mi comodidad por el bien de los demás. Dame esa fe que me asegura tu amor. Dame esa esperanza que me lleve a confiar en tu misericordia
Petición
Señor, ayúdame a encender en mí tu caridad divina, para poder amarte sobre todas las cosas y a mi prójimo, como a mí mismo.
Meditación del Papa Francisco
Una palabra de Jesús que nos pone en crisis, y que se ha de explicar, porque de otro modo puede generar malentendidos. Jesús dice a los discípulos: “¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división”. ¿Qué significa esto?
Significa que la fe no es una cosa decorativa, ornamental; vivir la fe no es decorar la vida con un poco de religión, como si fuese un pastel que se le decora con nata [betún]. No, la fe no es esto. La fe comporta elegir a Dios como criterio- base de la vida, y Dios no es vacío, Dios no es neutro, Dios es siempre positivo, Dios es amor, y el amor es positivo. Después de que Jesús vino al mundo no se puede actuar como si no conociéramos a Dios. Como si fuese una cosa abstracta, vacía, de referencia puramente nominal; no, Dios tiene un rostro concreto, tiene un nombre: Dios es misericordia, Dios es fidelidad, es vida que se dona a todos nosotros.» (S.S. Francisco, 18 de agosto de 2013)
Reflexión
Cuando se ha entendido que la esencia del cristianismo se halla en la caridad, en el apasionado amor a Dios y sus cosas, estas palabras del Señor no deberían sonar extrañas o contradictorias. ¡Fuera de esto sino todo lo contrario! Es más, Cristo está empleando un lenguaje contradictorio en apariencia para dar a entender precisamente en qué consiste el verdadero amor a Él. Sí, porque el amor, realmente como lo ha de entender el cristiano está muy lejos de ser un diluido sentimiento de afecto, bonito y pasajero como una flor de primavera. Más bien es como el fuego que a la vez lo enciende todo y va consumiendo una y otra cosa; es algo que se extiende, que tiende por su naturaleza a expandirse con calor, con pasión y que divide a los corazones fríos y mezquinos que nada más piensan en llenar sus pobres pretensiones.
Así es la caridad. Ese es el fuego que Cristo espera arder en los corazones de los que le amen. Están, por tanto, muy lejos de ser sus palabras interpretadas con la literalidad de la carne. Hay que haber experimentado el fuego de su amor para entenderlas correctamente.
Pidamos, por tanto, el don de la caridad, de un amor apasionado a Cristo que traiga la guerra a las fuerzas que quieren destruir la verdadera paz en la tierra. Pidamos saber amar hasta ser incomprendidos por los egoístas de nuestro mundo. Pidamos vivir en estado de lucha, en la lucha del que cree en la fuerza del amor y consigue que el mayor número de seres humanos conozca a ese Dios que se entregó por ellos por puro amor. En esto conocerán los demás que somos de Cristo. Y a tener confianza en Él. Porque el amor siempre logrará la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte.
Propósito
Dar gracias a Dios en la oración y cuidar de ser agradecido con todas las personas con las que convivo.
Diálogo con Cristo
Santísima Trinidad, gracias por esta oración y por el don de mi bautismo. Esa chispa de vida divina que recibí debe estar en continuo crecimiento. No quiero que las presiones externas o mi propia debilidad, me lleven a la mediocridad o la indiferencia que puede apagar esta luz. Te agradezco mi familia y te suplico que nunca permitas que yo sea piedra de tropiezo en su fe. Dame la sabiduría para saber cuándo hablar y cuándo quedarme callado