
La Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.
Solemnidad Litúrgica, 25 de diciembre …
- Hoy también se festeja a:
- • Antonia María Verna, Beata
- • Elías de San Clemente (Teodora Fracasso), Beata
- • María de los Apóstoles (Teresa von Wüllenweber), Beata
- • Bentivoglio de Bonis, Beato
- • Anastasia de Sirmiun, Santa
La Luz brilla en las tinieblasSanto
Evangelio según san Juan 1, 1-18. Navidad de nuestro Señor Jesucristo
Por: Carlos Morado, LC | Fuente: www.somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Heme aquí, Señor, postrado mi corazón que busca tu rostro, y hoy, tu rostro de niño. Pastoreando tu rebaño, en la cotidianidad de mi día, agotado del trabajo que me has confiado, y lleno de cansancio, en la oscuridad que me ciega en las tinieblas de la noche, ayúdame a elevar la mirada y descubrir en silencio que yo he de ser tu morada. Mándame esa estrella de luz, para que guíe mi camino, y me conduzca a Jesús.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Juan 1, 1-18
En el principio ya existía aquel que es la Palabra, y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios. Ya en el principio él estaba con Dios. Todas las cosas vinieron a la existencia por él y sin él nada empezó de cuanto existe. Él era la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron.
Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino testigo de la luz.
Aquel que es la Palabra era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba; el mundo había sido hecho por él y, sin embargo, el mundo no lo conoció.
Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron; pero a todos los que lo recibieron, les concedió poder llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, los cuales no nacieron de la sangre, ni del deseo de la carne, ni por voluntad del hombre, sino que nacieron de Dios.
Y aquel que es la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros. Hemos visto su gloria, gloria que le corresponde como Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan el bautista dio testimonio de él, clamando: «A éste me refería cuando dije: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo».
De su plenitud hemos recibido todos, gracia sobre gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés, mientras que la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha revelado.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
¿Te has preguntado cómo has llegado aquí? ¿Aquí y ahora, en este lugar y no otro… coincidencias? ¿O más bien, regalos de Amor? Regalos de un amor poco comprendido. Regalos de un amor poco valorado. Regalos de un amor poco amado. Ese mismo amor que te ha dado tanto, ese mismo amor en el que habita la luz, hoy ha querido estar contigo, y por querer sentir un abrazo de tus brazos se adentró en las tinieblas, le pusieron pañales y lo llamamos Jesús.
Ahora míralo ahí… ¿qué ves? Entra en tu corazón, que si lo buscas fuera puede que siga escondido a tus ojos. Mira dentro, quizá este oscurecido por todas esas preocupaciones y miedos… no te preocupes, acércate al pesebre de tu corazón y míralo… no tengas miedo. Recuerda que cuando la oscuridad domina y no vemos claro, basta el más mínimo rayo de luz para alumbrarlo todo. Y si ves a Jesús… ahí tienes tu Luz. Aquel que es la Palabra es la luz verdadera.
¿Recuerdas el inicio del Evangelio? “En el principio ya existía Aquel que es la Palabra y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios”.
Bien… creo que ya lo ves. La luz brilla en las tinieblas de nuestras vidas, la Palabra es la luz verdadera, Dios es la Palabra (Jesús), Jesús se hizo hombre, y hoy, es un bebé. ¿Lo ves? La Palabra con “mayúsculas” hoy no sabe hablar; balbucea y se ríe; llora y duerme, pero nunca cesa de comunicar. El lenguaje de Dios no es el sonido. La Palabra de Dios se comunica de muchas maneras, pero la más eficaz, es el Amor. El Amor que parece invisible hasta que se hace caridad. El Amor por excelencia hoy lo llevas dentro, Jesús. El Amor, Dios, hoy como Palabra te habla con la mirada luminosa, con su sonrisa chimuela, con su total confianza. Hoy, Jesús te necesita más que nunca, no sabe caminar; no sabe cómo “ser humano” … necesita de ti, necesita de tus manos, necesita de tu voz, pero, sobre todo, necesita de tu amor. No tengas miedo. El amor siempre vence.
El regalo
Oye, antes de empezar a cuidar al Niño Jesús en lo que resta de tu vida tengo una última pregunta, ¿Traes regalo? ¿No? … No seas así, piensa que Jesús no tuvo “Baby Shower,” no seas así…
Bueno, no te preocupes. Si tus manos parecen vacías y quizá tu corazón se vea aun pobre de amor, este día es para ti, pues la lógica de Dios funciona diferente a la nuestra, y es que es Él quien nos trae los regalos. Te menciono solo algunos de ellos para que los aproveches y medites en tu día.
1.- Te hizo, si quieres y lo acoges, por el bautismo, hijo de Dios. ¡Imagínate! Ni los ángeles tienen tan grande honor.
2.- En Jesús somos hijos de Dios, pero también de María. Nos regala una Madre Amorosa y Divina.
3.- Nos regala muchos hermanos y hermanas pues ahora somos todos hijos e hijas del mismo Padre.
4.- Y todos los demás regalos te toca a ti descubrirlos…
«Él nos dice hoy: “Te amo y siempre te amaré, eres precioso a mis ojos”. Dios no te ama porque piensas correctamente y te comportas bien; Él te ama y basta. Su amor es incondicional, no depende de ti. (…) Aun en nuestros pecados continúa amándonos. (…) Antes de ir en busca de Dios, dejémonos buscar por El, porque É l nos busca primero. No partamos de nuestras capacidades, sino de su gracia, porque Él es Jesús, el Salvador»
(Homilía de la Santa Misa de Nochebuena, de S.S. Francisco, 2019).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Ver al Niño Jesús en los que me rodean y ayudarlo y cuidarlo en ellos, haciendo visible en la caridad mi amor por Él.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
El buey y el asno, junto al pesebre
Los rostros del buey y el asno nos miran esta Navidad y nos hacen una pregunta: ¿Comprendes tú la voz del Señor? ¿Volverás a casa llenos de alegría?
Por: Joseph Ratzinger | Fuente: Catholic.net

Benedicto XVI, cuando aún no era Papa, escribió varios textos dedicados a la Navidad en el libro Imágenes de la esperanza.
En la cueva de Greccio (Es una pequeña localidad situada en el valle de Rieti, en Umbría, no muy lejos de Roma ) se encontraban aquella Nochebuena, conforme a la indicación de san Francisco de Asis, el buey y el asno: «Quisiera evocar con todo realismo el recuerdo del niño, tal y como nació en Belén, y todas las penalidades que tuvo que soportar en su niñez. Quisiera ver con mis ojos corporales cómo yació en un pesebre y durmió sobre el heno, entre un buey y un asno».
Desde entonces, el buey y el asno forman parte de toda representación del pesebre. Pero, ¿de dónde proceden en realidad? Como es sabido, los relatos navideños del Nuevo Testamento no cuentan nada de ellos. Si tratamos de aclarar esta pregunta, tropezamos con uno hechos importantes para los usos y tradiciones navideños, y también, incluso, para la piedad navideña y pascual de la Iglesia en la liturgia y las costumbres populares.
El buey y el asno no son simplemente productos de la fantasía piadosa. Gracias a la fe de la Iglesia en la unidad del Antiguo y del Nuevo Testamento, se han convertido en acompañantes del acontecimiento navideño. De hecho, en Isaías 1,3 se dice: Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne.
Los Padres de la Iglesia vieron en estas palabras una profecía referida al nuevo pueblo de Dios, la Iglesia constituida a partir de judíos y gentiles. Ante Dios, todos los hombres, judíos y gentiles, eran como bueyes y asnos, sin razón ni entendimiento. Pero el Niño del pesebre les ha abierto los ojos, para que ahora reconozcan la voz de su Dueño, la voz de su Amo.
En las representaciones navideñas medievales, sorprende continuamente cómo a ambos animales se les dan rostros casi humanos; cómo, de forma consciente y reverente, se ponen de pie y se inclinan ante el misterio del Niño. Esto era lógico, pues ambos animales eran considerados la cifra profética tras la que se esconde el misterio de la Iglesia –nuestro misterio, el de que, ante el Eterno, somos bueyes y asnos–, bueyes y asnos a los que en la Nochebuena se les abren los ojos, para que en el pesebre reconozcan a su Señor.
Pero, ¿lo reconocemos realmente? Cuando ponemos en el pesebre el buey y el asno, debe venirnos a la mente la palabra entera de Isaías, que no sólo es buena nueva –promesa de conocimiento venidero–, sino también juicio sobre la presente ceguedad. El buey y el asno conocen, pero «Israel no conoce, mi pueblo no discierne».
¿Quién es hoy el buey y el asno, quién es mi pueblo que no discierne? ¿En qué se conoce al buey y al asno, en qué a mi pueblo? ¿Por qué, de hecho, sucede que la irracionalidad conoce y la razón está ciega?
Para encontrar una respuesta, debemos regresar una vez más, con los Padres de la Iglesia, a la primera Navidad.
¿Quién no conoció? ¿Por qué fue así?
Quien no conoció fue Herodes: no sólo no entendió nada cuando le hablaron del Niño, sino que sólo quedó cegado todavía más profundamente por su ambición de poder y la manía persecutoria que le acompañaba.
Quien no conoció fue, «con él, toda Jerusalén». Quienes no conocieron fueron los hombres elegantemente vestidos, la gente refinada. Quienes no conocieron fueron los señores instruidos, los expertos bíblicos, los especialistas de la exégesis escriturística, que desde luego conocían perfectamente el pasaje bíblico correcto, pero, pese a todo, no comprendieron nada.
Quienes conocieron fueron –comparados a estas personas de renombre– bueyes y asnos: los pastores, los magos, María y José. ¿Podía ser de otro modo? En el portal, donde está el Niño Jesús, no se encuentran a gusto las gentes refinadas, sino el buey y el asno.
Ahora bien, ¿qué hay de nosotros? ¿Estamos tan alejados del portal porque somos demasiado refinados y demasiado listos? ¿No nos enredamos también en eruditas exégesis bíblicas, en pruebas de la inautenticidad o autenticidad del lugar histórico, hasta el punto de que estamos ciegos para el Niño como tal y no nos enteramos de nada de Él? ¿No estamos también demasiado en Jerusalén, en el palacio, encastillados en nosotros mismos, en nuestra arbitrariedad, en nuestro miedo a la persecución, como para poder oír por la noche la voz del ángel, e ir a adorar?
De esta manera, los rostros del buey y el asno nos miran esta noche y nos hacen una pregunta: Mi pueblo no entiende, ¿comprendes tú la voz del Señor? Cuando ponemos las familiares figuras en el nacimiento, debiéramos pedir a Dios que dé a nuestro corazón la sencillez que en el Niño descubre al Señor –como una vez San Francisco en Greccio–. Entonces podría sucedernos también –de forma muy semejante a san Lucas cuando habla sobre los pastores de la primera Nochebuena–: todos volvieron a casa llenos de alegría.