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Amarás a Dios y luego al prójimo como a ti mismo
Tiempo Ordinario
Por: P. Sergio Cordova LC | Fuente: Catholic.net

Del santo Evangelio según san Mateo 22, 34-40
Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» Él le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas».
Meditación del Papa Francisco
El Evangelio de hoy nos recuerda que toda la Ley divina se resume en el amor a Dios y al prójimo. El evangelista Mateo, cuenta que algunos fariseos se pusieron de acuerdo para poner a Jesús a una prueba. Uno de ellos, un doctor de la Ley le dirigió esta pregunta: ‘¿Maestro, en la Ley cual es el gran mandamiento?’. Jesús citando el Libro del Deuteronomio respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el grande y primer mandamiento’.
Y podría haberse detenido aquí. En cambio Jesús añade algo que no había sido solicitado por el doctor de la ley: Dice de hecho: ‘El segundo, después, es similar a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Tampoco este segundo mandamiento es inventado por Jesús, pero lo toma del Libro del Levítico. La novedad consiste justamente en poner juntos estos dos mandamientos –el amor de Dios y el amor por el prójimo– revelando que estos son inseparables y complementarios, son dos caras de una misma medalla. No se puede amar a Dios sin amar al prójimo, y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios. (S.S. Francisco, Ángelus, 26 de octubre de 2014, en Santa Marta).
Reflexión
Recuerdo que hace unos años me encontré con un señor en el tren, mientras viajaba de Roma a Florencia. Comenzamos a conversar y, en un momento dado, me dice este buen hombre: –»Padre, yo soy muy católico, igual que toda mi familia. Desde pequeño he sido siempre muy creyente». Como me lo decía tan convencido, ponderándomelo tanto, yo me permití preguntarle si iba a misa los domingos y si rezaba todos los días al menos una breve oración. ¡Y cuál no fue mi sorpresa al escucharle decir: –» Padre –me respondió muy serio– soy católico, pero no fanático». Me sorprendí tanto que no supe si echarme a reír o a llorar… Me parecía casi increíble lo que oía.
Creo que hoy muchos cristianos –o que se dicen cristianos– cometen el grandísimo error de disociar su fe y su comportamiento: afirman creer y amar a Dios, pero luego no hacen nada para probar su fe y su amor a Él. Como el caso de la chica que te conté la semana pasada. ¿Te acuerdas?
En el evangelio de hoy vemos a uno de los fariseos que se acerca a nuestro Señor para preguntarle cuál es el primer mandamiento; y Jesucristo le responde sin vacilar: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». Ésta era la fórmula más sagrada y solemne para un israelita y constituía como el «corazón» de toda la Ley. La llamaban el «shemá» y todo judío piadoso lo conocía de memoria. Al igual que nosotros, los cristianos, aprendimos de memoria desde niños el primer mandamiento de la ley de Dios.
Hemos oído miles de veces y tenemos archisabido que «el primer mandamiento es amar a Dios sobre todas las cosas”, y pensamos que de verdad lo amamos, aunque nuestras obras desdigan lo que afirman nuestras palabras. Pero el amor hay que demostrarlo más con nuestros comportamientos que con buenos deseos o sentimientos. «Obras son amores –reza el refrán popular–, que no buenas razones».
¿Qué pensaríamos nosotros de cualquier persona –podrías ser también tú mismo– que dijera amar mucho a sus padres o a sus abuelos, pero que nunca fuera a visitarlos a su casa dizque porque «no tiene tiempo», porque viven muy lejos, o simplemente porque «no le nace»? ¿Verdad que eso nunca sucede en la vida real? Sería inconcebible, pues el amor nos lleva a estar cerca de los seres a quienes amamos. Y entonces, ¿por qué con Dios nos comportamos de esa manera? Decimos que lo amamos, pero no estamos dispuestos a visitarlo ni siquiera media horita cada semana. ¿Cada semana? ¡Ojalá fuera al menos cada semana! Y en ocasiones ni nos acordamos de Él a lo largo del día, al menos que «nos urja» pedirle algún favor. Es que somos a veces demasiado interesados…
A este primer mandamiento, nuestro Señor añade otro: «Amar al prójimo como a uno mismo». Es el mandamiento de la caridad, que es igual de importante que el primero. Es más, «quien dice amar a Dios a quien no ve, pero no ama a su hermano a quien ve, es un mentiroso», nos dice san Juan. Y el mismo Cristo afirma que «de estos dos mandamientos penden toda la Ley y los profetas». O sea que aquí se halla resumida toda la revelación bíblica. Éste fue el «mandamiento nuevo» que Él vino a traernos; éste es el núcleo del Evangelio y la esencia del cristianismo. Quien no vive el mandato de la caridad, simplemente no puede llamarse cristiano.
Propósito
Vamos a visitar a nuestro Señor al menos cada semana en la Misa dominical y acordamos de conversar con Él algún ratito durante el día, creo que Él se sentirá feliz porque le mostramos nuestro amor filial con obras. Pero, además, nuestra vida cristiana mejorará de una manera muy notable. Entonces amaremos de verdad a Dios con nuestro comportamiento y no sólo con buenos sentimientos o palabras bonitas.
¿Una Iglesia a la carta?
Por: Mons. Juan del Río Martín | Fuente: www.diocesisdejerez.org

Hoy estamos asistiendo al fenómeno de querer tener un cristianismo sin Iglesia. En otras palabras, se pretende una fe en Dios sin mediaciones, y un autodenominado seguimiento a Cristo, prescindiendo de la estructura ministerial de la que el Señor dotó a la comunidad de sus discípulos.
Para unos la Iglesia Católica aparece como la institución del “no”, como un reducto del pasado que no se acomoda a los postulados de la modernidad, como un gran colectivo que va contra el progreso. Para resaltar esta caricatura se sobredimensionarán los pecados de los miembros de la Iglesia, y se relegará a un segundo plano, desconocido por ocultado, la inmensa vida de santidad, caridad y heroísmo que se da cada día en el más absoluto anonimato. En cambio, otros tienen la impresión de que la Iglesia está a punto de traicionar su especificidad, de venderse a la moda del tiempo y, de este modo, sumirlos en la confusión: es la desilusión del amante traicionado.
Además, en amplios sectores de la sociedad se ha instalado la dicotomía maniquea entre la Iglesia de base y la oficial, entre la Iglesia de los pobres y la del Vaticano, entre la Iglesia carismática y la ministerial. Estas divisiones, repletas de ideologías extrañas a la fe, son utilizadas por los enemigos de la Iglesia para ir en contra de su estructura sacramental y jerárquica, la que le hace ser la verdadera Esposa de Cristo.
Lo curioso es que, en ocasiones, algunos católicos entran en ese juego para ir contra la propia “Madre”. Puede suceder que, al igual que los corintios, también nosotros corramos el riesgo de dividir la Iglesia en una disputa de partidos: conservadores y progresistas, evangélicos y jerárquicos. ¿Qué hemos de hacer para no entrar en estas batallas, que tanto daño causan, porque son esquemas puramente humanos, resultado de pasiones? Todo comienza por tener claro que no hay fe verdadera en Cristo si se prescinde de la Iglesia. Es más, el ser cristiano católico no consiste en la elección de un programa que satisfaga, o en la simpatía por un cenáculo de amigos. La fe es conversión, que me trasforma a mí y a mis gustos, mediante la adhesión a la persona de Cristo vivo en su Iglesia (cf. Lc 17,5-6; 1 Jn 3,23; Gál 1,7-9). Por eso, la Iglesia no es un club, ni un partido, ni tampoco una especie de estado paralelo religioso, sino el Cuerpo encarnado de Cristo en la historia. De ahí que, como dijo Benedicto XVI: “no necesitamos una Iglesia inventada por los hombres, producto de consensos y pactos. No es una Iglesia más humana la que nos salva, sino una Iglesia más divina, porque sólo entonces será también verdaderamente humana”.
La Iglesia será espacio de salvación para los pobres en la medida en que nuestra atención esté centrada en lo que viene de su Cabeza, Cristo. Él sólo nos da la vida, la “vida en abundancia”, que se nos comunica mediante la Palabra, los Sacramentos y el testimonio de amor de los cristianos. Los grandes testigos de la fe y de la caridad, como por ejemplo Teresa de Calcuta, no necesitaron de ningún sincretismo litúrgico, ni de faltar a la comunión con los sucesores de los apóstoles, para servir a los más menesterosos y excluidos. Y es claro que tocaron fondo en la desgracia humana. Todo lo contrario, sacaron su fuerza de la oración y de la liturgia.
Los santos se sintieron siempre “hijos de la Iglesia”, y la sirvieron como Ella “quiere ser servida” en cada momento. Eso fue posible porque tuvieron corazones humildes y aceptaron plenamente la cruz.
Por último, en la obediencia a la fe y en la comunión eclesial, está la garantía de nuestra libertad. A la vez, es el antídoto para que el mensaje global cristiano no corra el riesgo, ni caiga en el peligro, de un reduccionismo y aprisionamiento de lo particular. Así no se propondrá una especie de inculturación en la que se reduzca el cristianismo a unos contenidos de mínimos, cayendo en ideologías de todo tipo o en meras propuestas socio-político-culturales.
