Romualdo, Santo
Memoria Facultativa, 19 de junio …
Hoy también se festeja a:
- • Deodato de Nevers, Santo
- • Miguelina Metelli, Beata
- • Gervasio y Protasio, Santos
- • Juliana Falconieri, Santa
- • Elena Aiello, Beata
Un corazón de niño que confía y ama
Por: César Adrián Hernández Morales, LC | Fuente: www.somosrc.mx
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Jesús, haz mi corazón semejante al tuyo.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 11, 25-30
En aquel tiempo, Jesús exclamó: «¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.
El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
El corazón de Jesús es el corazón de un hijo. Es un corazón que ama a su Padre, con quien vive unido permanentemente. Jesús y el Padre viven unidos en el amor que se tienen.
Cristo ha venido a revelarnos ese amor hacia el Padre. Ha venido a revelarnos su corazón de hijo para transformar el nuestro en el de un hijo amado del Padre. Él quiere revelarnos el amor del Padre. Quiere hacernos experimentar el interés que tiene el Padre por nosotros.
Sólo en el amor del Padre podremos encontrar verdadero refugio y descanso. Pero para poder sentirnos hijos y poder sentirnos amados por el Padre, necesitamos un corazón humilde como el de Jesús, un corazón de niños.
Necesitamos el corazón sencillo de un niño pequeño que se reconoce necesitado de la ayuda de su Padre, no el de un adulto que se cree independiente y capaz de hacer todo por su cuenta. Para poder experimentar el amor del Padre tenemos que ser humildes, a ejemplo de Jesús. Tenemos que ser humildes y reconocer que no podemos solos, que estamos fatigados y agobiados por la carga, que necesitamos la ayuda de nuestro Padre.
Si vivimos unidos al Padre, con un corazón de hijo, jamás nos sentiremos solos y abandonados, porque el amor del Padre siempre estará con nosotros. Entonces jamás nos volveremos a sentir agobiados, porque el amor del Padre nos sostiene.
«Jesús alaba al Padre porque escondió el Evangelio a los sabios y doctos y lo reveló a los pequeños. Los pequeños confiesan sus pecados de forma sencilla, dicen cosas concretas porque tienen la sencillez que Dios les da. También nosotros debemos ser sencillos y concretos y confesar nuestros pecados con humildad y vergüenza concretos. Y el Señor nos perdona: debemos dar el nombre a los pecados. Si somos abstractos al confesarlos, somos genéricos, terminamos en las tinieblas. Es importante tener la libertad de decir al Señor las cosas como son, tener la sabiduría de la concreción, porque el diablo quiere que vivamos en el gris, ni blanco ni negro. Al Señor no le gustan los tibios. La vida espiritual es simple, pero nosotros la complicamos con matices. Pidamos al Señor la gracia de la sencillez, la transparencia, la gracia de la libertad y de conocer bien quiénes somos ante Dios».
(Homilía de S.S. Francisco, 20 de abril de 2020, en santa Marta).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hacer una comunión espiritual o visita al Santísimo agradeciendo a Jesús por revelarme el amor del Padre y pedirle que me dé un corazón de hijo como el suyo.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
¿Que son las bendiciones?
Por: Rossana Brichetti Messori | Fuente: Tiempos de Fe, Anio 5, No. 26, Marzo – Abril 2003
Un aspecto importante de la piedad de los fieles, no suficientemente conocido y practicado son las bendiciones.
Las bendiciones están comprendidas dentro de los sacramentales. Para entender el significado de esta palabra vamos a tomar las cosas desde más arriba.
Sabemos que la vida de la Iglesia y de cada cristiano se sostiene por los siete sacramentos. Es decir, sobre siete acciones litúrgicas especiales, capaces, a través de signos, palabras, gestos, elementos naturales como el agua, el aceite, el pan y el vino, de trasmitirnos aquella gracia que brota como continuación de la redención realizada por Cristo que nos sumerge en la salvación, es decir, en la vida divina.
Instituidos por el mismo Redentor, son signos eficaces: es decir, realmente trasmiten aquello que prometen; no ciertamente por la fuerza de los gestos y de las palabras de quien los administra o de los poderes de los elementos naturales empleados, sino más allá de la fuerza de todo esto, en virtud del poder salvífico que Jesús mismo ha unido a estos signos.
Así, por ejemplo, aunque el ministro que realiza la acción fuera indigno, si es válidamente ordenado y respeta el rito esencial de los sacramentos que celebra, éstos serían igualmente eficaces para quien los reciba. Siguiendo las directrices de Jesús mismo a través del lenguaje de algunos signos particulares, la redención se hace disponible para cuantos quieran sinceramente participar.
Los sacramentales, en cambio, han sido instituidos por la Iglesia, como cuerpo que es de Cristo, bebiendo de este manantial de gracia del que se llena continuamente, sobre todo en la celebración eucarística.
En el caso específico de las bendiciones, ellas miran sobre todo a dar gloria a Dios: a bendecirlo y a la vez, a invocar su bendición en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo, para que venga a nosotros y al mundo la obra de la santificación.
Toda bendición, por tanto, desde la más solemne a la más privada, es una acción de gracias que nos sumerge siempre profundamente en el misterio pascual. Y juntamente nos recuerda y nos manifiesta como ella penetra profundamente nuestra realidad personal, y la realidad del inundo material que nos rodea, y que como dice San Pablo «gime también él con dolores de parto en espera de la liberación».
Por esto el nuevo «Ritual de las bendiciones», nacido a consecuencia de las disposiciones conciliares, provee de muchas fórmulas para las diversas circunstancias de la vida de las personas. Presenta también otras bendiciones que se extienden hasta abarcar todo lo que acompaña nuestra existencia humana, como por ejemplo la casa, el trabajo, la tierra con sus frutos y los objetos que apoyan nuestra piedad.
Pedir a Dios bendecir una cosa o a alguien, significa pedirle entrar cada vez más dinámicamente en esta espiral de salvación, de tal forma que un mundo sacralizado ayude a su vez al hombre a santificarse. Todo en el seguimiento de Cristo.
Es bello y útil, para un cristiano, por tanto, no sólo participar en las bendiciones más solemnes que organiza su Iglesia local, sino en la óptica que hemos descrito, hacerse promotor en lo posible. Esto se puede hacer de varias formas.
De hecho, el nuevo Ritual de las Bendiciones, dispone que algunas bendiciones solemnes son estricta competencia del Obispo, otras del sacerdote o del diácono y otras de laicos habilitados, como pueden ser los acólitos o los lectores. Pero también simplemente de os padres y las madres de familia, en función de la gracia que desciende del sacramento del matrimonio.
Así, nosotros los laicos debemos continuar pidiendo a los sacerdotes la bendición, por ejemplo de nuestras casas, nuestros lugares de trabajo, nuestros medios de trasporte, la tierra y sus frutos y nuestros objetos de piedad como las imágenes sagradas, las medallas, escapularios, rosarios.
Pero también podemos practicar aquellas bendiciones de las que podemos ser ministros en el ámbito familiar: la bendición de la mesa, los hijos, los novios, nuestros ancianos y enfermos.
Vivimos en un mundo de signos y símbolos. Con ellos Dios inalcanzable se nos hace cercano.
