
Nuestra Señora del Carmen
Advocación Mariana, 16 de julio …
- Hoy también se festeja a:
- • María Guadalupe Ortiz de Landázuri y Fernández de Heredia, Venerable
- • Elvira, Santa
- • Bartolomé de los Mártires Fernandes, Beato
- • Antiaco, Santo
- • Claudio Béguignot, Beat
Misericordia quiero y no sacrificios
Santo Evangelio según san Mateo 12, 1-8. Viernes XV del Tiempo Ordinario
Por: Manuel Frutos, LC | Fuente: somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Señor Jesús, haz que tu Espíritu ilumine mis acciones y me comunique la fuerza para seguir lo que tu Palabra me revela. Señor Jesús, ayúdame a ser misericordioso, como Tú. Que dé testimonio con obras y no con palabras ni ademanes. Que me mueva el amor, antes que el prestigio, la fama y o la gratitud. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 12, 1-8
Un sábado, atravesaba Jesús por los sembrados. Los discípulos, que iban con él, tenían hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerse los granos. Cuando los fariseos los vieron, le dijeron a Jesús: «Tus discípulos están haciendo algo que no está permitido hacer en sábado».
Él les contestó: «¿No han leído ustedes lo que hizo David una vez que sintieron hambre él y sus compañeros? ¿No recuerdan cómo entraron en la casa de Dios y comieron los panes consagrados, de los cuales ni él ni sus compañeros podían comer, sino tan sólo los sacerdotes?
¿Tampoco han leído en la ley que los sacerdotes violan el sábado porque ofician en el templo y no por eso comente pecado? Pues yo digo que aquí hay alguien más grande que el templo.
Si ustedes comprendieran el sentid de las palabras: Misericordia quiero y no sacrificios, no condenarían a quienes no tienen ninguna culpa. Por lo demás, el Hijo del hombre también es dueño del sábado».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.
«Misericordia quiero y no sacrificio» es la clave del mensaje de hoy. ¿Qué quiere decirme el Señor? Pues quizá que no esté tan apegado a las leyes y al cumplimiento externo de las normas; que por encima de ellas está el bien del hombre. No puedo hacer el bien porque estoy esclavizado a un mandato, a una costumbre, a una ley o una norma. Menos aún puedo relegar a mis hermanos en nombre de Dios; Él mismo me lo dice. Antes que nada ha de estar el consuelo, el alivio y la atención al necesitado: se trata de practicar la compasión, la solidaridad.
Qué sutiles pueden ser estas palabras, si me pongo a analizar en profundidad. Incluso puedo llegar al extremo de afirmar que el Señor prefiere que me conmueva y actúe, antes de estar abocado todo el tiempo a la oración, a la reflexión o a la meditación, sobre todo si éstas me llevan al aislamiento. Todo esto es seguramente importante, pero no tiene sentido si no ordeno mi vida de tal modo que esté dedicada al servicio y al amor de mis hermanos. La oración, la piedad no puede llevarme a la exclusión… Todo lo contrario. Si quiero el bien para mis hermanos, no puedo menos que ponerme a trabajar por él, sin importar el tiempo y lugar. No hay mejor hora ni mejor lugar cuando se quiere hacer el bien.
Prestando atención a la cita del antiguo testamento que dice el Señor, caigo en la cuenta de que no sólo pone un orden, sino que va más allá. No quiere los sacrificios. No están en segundo lugar, no; simplemente no los quiere. Lo que quiere es MISERICORDIA. He ahí el tema en el que debo reflexionar el día de hoy. ¿Soy misericordioso con mi hermano? ¿En qué consiste la misericordia? ¿Qué es la misericordia? La misericordia es el amor en acción, en movimiento. Es mi disposición a compadecerme de los trabajos y miserias ajenas. Y puedo hacerla presente en mi vida a través de la amabilidad, la asistencia al necesitado y especialmente en el perdón y la reconciliación. Es más que un sentido de simpatía, es una práctica. Que mayor sacrificio que el ser misericordioso en todo momento y circunstancia con todo el mundo.
«Roguemos al Señor que nos ayude a entender cómo es su corazón, lo que significa ‘misericordia’, qué quiere decir cuando Él dice: ‘¡Misericordia quiero, y no sacrificio!’ Y por eso, en la oración Colecta de la Misa hemos rezado mucho con esa frase tan hermosa: ‘Derrama sobre nosotros tu misericordia’, porque solo se comprende la misericordia de Dios cuando se ha vertido sobre nosotros, sobre nuestros pecados, sobre nuestras miserias…”».
(Homilía de S.S. Francisco, 6 de octubre de 2015).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hoy me esforzaré por encontrar la disposición interna para ser misericordioso con las personas que me encuentre, ya sea en casa, en el trabajo, en la calle, a través de la amabilidad, y procuraré en algún momento del día experimentar el perdón del Señor, su misericordia, a través de una buena confesión.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
La aceptación personal
La aceptación personal es fundamental para avanzar en el proceso de desarrollo integral y en el crecimiento espiritual
Por: Humberto Del Castillo Drago | Fuente: CEC

Es muy difícil y frustrante convivir con un sentido negativo de la propia identidad o recurrir a compensaciones ilusorias para “recuperar” tal positividad. No es extraño que se recurra a distintos procesos de evasión y compensación de la realidad, debido a que el ser humano no se acepta ni se valora tal y como es. Y no es raro que viva huyendo de sí mismo debido a que no se conoce y, en última instancia, porque no acepta lo que conoce de sí mismo, evita esto con el uso de máscaras, que lo único que hacen es hundirlo y ahogarlo en su propia mentira existencial.
Ante la pregunta por el quién soy no es raro que haya confusión y se responda desde el “quién no soy”, es decir desde los problemas, pecados, heridas, desde el pesimismo y negativismo. De esta manera, la pregunta por la propia identidad es una pregunta honda y existencial que es necesario responder desde la mismidad, desde el ser llamado a participar de la naturaleza divina.
Sólo respondiendo auténticamente sobre el propio yo se hace posible una serena y adecuada aceptación de sí mismo y de los propios límites. Philippe (2011) afirma que el acto más elevado y fecundo de la libertad humana reside antes en la aceptación de sí mismo que en el dominio de sí. Cuando falta aquella, la persona está continuamente afligida por un sentido profundo de insatisfacción personal.
La aceptación personal conduce al ser humano a la valoración integral de sí mismo como persona, cristiano, llamado a una vocación particular. El proceso de aceptación y valoración personal puede tener distintas miradas; una de ellas parte de la propia historia, el recorrido en las distintas etapas de la vida en el que se incluye la revisión de temas importantes, tales como los padres, el desarrollo psicosexual, el colegio, los amigos, entre otros.
La auto-aceptación consiste en admitir y reconocer todas las partes de sí mismo como un hecho, como la forma de ser, pensar, sentir y actuar de sí, aunque en un principio no resulten agradables. Philippe (2011) menciona que la libertad no consiste solamente en elegir, sino aceptar lo que no hemos elegido. Se trata entonces de aceptar las propias habilidades, capacidades y reconocer las fallas o debilidades sin sentirse menos o devaluado. Este es un paso fundamental en la reconstrucción de la valoración de sí mismo, porque precisamente las situaciones o hechos que hacen crecer a la persona son aquellos que no domina, sino que acepta (Sagne, 1998). De este modo, si el ser humano se acepta, valora y ama, va a aceptar, valorar y amar a los demás y, lo más importante, va a aceptar, valorar y amar a Dios, el Padre que le ha valorado cuando ha carecido interiormente de esa aceptación personal.
La aceptación personal es fundamental para avanzar en el proceso de desarrollo integral y en el crecimiento espiritual. En su libro La libertad interior, Philippe dice que lo que impide la acción de la gracia divina en la vida no son tanto los pecados y errores, sino esa falta de aceptación de la debilidad, todos esos rechazos más o menos conscientes de lo que es o de la situación concreta. Y es que en el fondo muchas veces la persona vive peleando contra sí misma, contra hechos de la historia personal que ocurrieron hace mucho tiempo o incluso, se lucha contra algunas partes del cuerpo. Si no se acepta a sí misma, no se acepta a Dios en la vida, la acción de la gracia y del Espíritu Santo.
Philippe (2011) habla de tres actitudes posibles frente a aquello de la vida, de la propia persona o de las circunstancias que le desagrada o que considera negativo:
La primera es la rebelión: es el caso de quien no se acepta a sí mismo y se rebela: contra Dios que lo ha hecho así; contra la vida que permite tal o cual acontecimiento; contra la sociedad; etc. Cabe aclarar aquí que la rebelión no es vista aquí como forma negativa, debido a que puede tratarse de una primera e inevitable reacción psicológica ante circunstancias dolorosas y desgarradoras. El problema de ésta es que con esta actitud no se resuelve nada, más bien se convierte en fuente de desesperación, de violencia y de resentimiento.
La segunda, es la resignación: como la persona se da cuenta de que es incapaz de cambiarse a sí misma o de cambiar tal situación, termina por resignarse y carecer de esperanza. Aunque esta etapa puede ser necesaria, resulta estéril si se permanece en ella.
La tercera actitud (a la que conviene aspirar) es la aceptación: con respecto a la resignación, la aceptación implica una disposición muy diferente, pues lleva a decir “sí” a una realidad percibida como negativa, porque dentro de sí se alza la esperanza de que algo positivo saldrá de ella. Es una actitud, por tanto, esperanzadora. Cabe decir que cuando hay algo de fe, esperanza y caridad, automáticamente, hay también disponibilidad a la gracia divina, hay acogida a esta gracia y más pronto o más tarde, hay efectos positivos.
En síntesis, se puede decir que la aceptación no es resignación, no es estar de acuerdo necesariamente con hechos dolorosos o traumáticos. Más bien la aceptación es asumir, reconciliar en la propia vida, valorar rectamente lo vivido y lo que ha dolido; integrar en la existencia lo acontecido como parte de la historia y parte de un plan mayor, que es el Plan de Dios.