
Memoria Litúrgica, 13 de julio …
Hoy también se festeja a:
- • José Wang Kuiju, Santo
- • Pablo Liu Jinde, Santo
- • Manuel Lê Van Phung, Santo
- • Magdalena de la Madre de Dios (Isabel) Verchière y cinco compañeras, Beatas
- • Luis Armando José Adam y Bartolomé Jarrige de la Morélie de Biars, Beatos
Tenemos un reto por delante
Por: H. Alexis Montiel, L.C. | Fuente: missionkits.org
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Sagrada familia de Nazaret, que en nuestros hogares reine la paz.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 10, 16-23
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: «Yo los envío como ovejas entre lobos. Sean, pues, precavidos como las serpientes y sencillos como las palomas.
Cuídense de la gente, porque los llevarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas, los llevarán ante gobernadores y reyes por mi causa; así darán testimonio de mí ante ellos y ante los paganos. Pero, cuando los entreguen, no se preocupen por lo que van a decir o por la forma de decirlo, porque en ese momento se les inspirará lo que han de decir. Pues no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre el que hablará por ustedes.
El hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre a su hijo; los hijos se levantarán contra sus padres y los matarán; todos los odiarán a ustedes por mi causa, pero el que persevere hasta el fin, se salvará.
Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra. Yo les aseguro que no alcanzarán a recorrer todas las ciudades de Israel, antes de que venga el Hijo del hombre».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Me parece que día con día crece más el odio que le tienen al Señor, mayor el desprecio por la verdad, el peor de todos los tiempos, podría pensar. Sin embargo, no me puedo quejar, pues en los primeros tiempos era real el ataque que la Iglesia sufría, y con ella cada uno de sus miembros. Pero me queda aún más claro que en los tiempos actuales hay que luchar contra cosas que no nos podemos imaginar, ideologías que se aferran a destruir la familia, a destruir la sociedad, que van en contra de la verdad, de la libertad, de la dignidad humana… pero al final Tú vences, pues el amor es más fuerte.
Es ese amor el que lleva al hombre a dar, inclusive, la vida por sus ideales, por las personas que ama; es cuando una sonrisa en el desayuno nos dice buenos días; cuando un beso o una caricia de nuestros seres queridos nos hace recordar que en un mundo envuelto en la guerra, la catástrofe, el egoísmo, el odio… también existe el amor. Y nos hace recordar, así mismo, que el amor es más fuerte.
Gritémoselo al mundo, el amor es más fuerte. Cuando sintamos que alguien nos está mintiendo, pensemos que el amor es más fuerte; cuando estemos enojados con alguien, demostremos que el amor es más grande; cuando el mundo intente destruirnos, recordemos que nada ni nadie es más fuerte que el amor.
Jesús nos dice: «Yo os mando como ovejas en medio de lobos». Entonces sin fauces, sin garras, sin armas. El cristiano, más bien, deberá ser prudente, a veces incluso astuto: estas son las virtudes aceptadas por la lógica evangélica. Pero la violencia nunca. Para vencer al mal, no se pueden compartir los métodos del mal.
La única fuerza del cristiano es el Evangelio. En los tiempos de dificultad, se debe creer que Jesús está delante de nosotros, y no cesa de acompañar a sus discípulos. La persecución no es una contradicción al Evangelio, sino que forma parte de él: si han perseguido a nuestro Maestro, ¿cómo podemos esperar que nos sea evitada la lucha?
(Homilía de S.S. Francisco, 28 de junio de 2017).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Examinar como he dejado de honrar a mis padres y remediarlo de modo concreto.
Despedida
Tú, que eres el amor verdadero, dame un corazón capaz de amar (tres veces)
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Perseverar.
Por: ReinaDelCielo.org | Fuente: ReinaDelCielo.org
¿Qué es la conversión? Es un camino largo y sinuoso, que en algún punto debe hacernos comprender el significado de la palabra apóstol. Si, es un término que parece lejano e inalcanzable, hecho para otros. Sin embargo la conversión lleva a la senda del apostolado del anuncio de la Buena Nueva, que no es más ni menos que pasar a formar parte de la Nueva Evangelización a la que nos invitó la Iglesia a través de Juan Pablo II.
Ser Apóstol es entonces trabajar para la Iglesia, lo que se puede hacer de muchos modos distintos. Algunos formarán parte de movimientos, otros colaborarán con su parroquia, otros encontrarán senderos nuevos para ayudar a la inagotable tarea de la difusión del Amor hecho Palabra. Sin embargo, muchos son los obstáculos que se enfrentan llegado este punto del recorrido, porque es aquí donde claramente llamaremos la atención de quien busca detenernos.
Este es el tentador, personaje que no deja de trabajar en su permanente esfuerzo de molestar y poner piedras en el camino de la salvación. ¿De qué modo actúa? Como su nombre lo indica, el tentador nos tienta a través de los modos que Dios le permite, porque nada puede hacer él que Dios no tolere de algún modo incomprensible para nosotros. Las tentaciones tendrán un fin claro: detenernos, sacarnos del camino, llevarnos a otra senda que no colabore de modo tan efectivo con el Plan de Dios. Y el Señor, para hacernos más firmes en nuestra fe, deja que enfrentemos la lucha, para que venzamos y emerjamos del otro lado de la prueba más confiados en El y más firmes en nuestra entrega.
Las tentaciones que sufrimos son literalmente inagotables, algunas sutiles, otras brutales y obvias. Hoy quiero referirme a algunas de ellas para que estemos atentos, porque no será fácil ver a nuestro alrededor con claridad cuando en nuestro interior haga ebullición la confusión que este personaje siembra.
Empecemos refiriéndonos a una tentación muy elemental, que es la de de pensar que estamos perdiendo el tiempo, que trabajando para Dios estamos desaprovechando nuestra vida, malgastándola. Una versión sutilmente diferente de esta tentación es la de pensar que habrá otros modos más efectivos de obrar para Dios, en otro lugar u otro espacio. Por supuesto que si abandonamos nuestro apostolado siguiendo esa tentación, la siguiente será la de abandonar todo y volver a vivir una vida «normal», de acuerdo a lo que nos reclama el mundo.
Otro juego que nos propondrá nuestra mente es el de pensar que los líderes del grupo donde trabajamos, sean consagrados o laicos, están equivocados. Los juzgaremos con nuestro limitado entendimiento, y veremos en cada gesto una oportunidad para pensar que les falta caridad, o que no nos respetan en todo nuestro potencial o talento. Los miraremos y juzgaremos tratando ya no de ver lo bueno en ellos, sino cualquier defecto que nos haga concluir que lo mejor es abandonarlos a su propia ventura.
También sufriremos la tentación de pensar que merecemos un lugar de privilegio dentro de la comunidad, porque en algo en particular somos mejores que los demás. Esto nos hará competir, literalmente, por un espacio que ya consideramos nuestro. A veces será una posición determinada en el grupo de música de la Parroquia, o el micrófono para hablar a la comunidad en ciertas circunstancias, o hasta un banco o lugar predeterminado que a esta altura de mi experiencia apostólica, ya es «mío». Así de infantil como suena, ocurre a diario.
Otras veces empezará a bullir en nuestro interior el sentimiento de injusticia, de estar siendo dejados de lado, de merecer más. En ese momento ya no tendremos la frescura en la fe de los primeros tiempos del camino de la conversión, sino que el caminar será un recorrido amargo, sumidos en nuestras propias luchas interiores. Quienes nos ven ya no sentirán que estamos felices y dichosos de hacer lo que hacemos, sino que advertirán a las claras que algo funciona mal en nuestro interior.
Son momentos de apoyar, de estar cerca con silencios, pero con comprensión. Somos nosotros los que debemos remontar esta cuesta, y vencer esta batalla interior que nos busca alejar y adormecer. Es, literalmente, un ataque contra la Iglesia que se manifiesta en intentar detener a este nuevo proyecto de apóstol que está naciendo. Son momentos de tener las cosas muy en claro, de luchar contra uno mismo, de enfrentar los malhumores con la convicción de que Dios nos enfrenta a la prueba sabiendo que tenemos las armas necesarias para vencer.
Por supuesto que no todos vencen en esta batalla. Tristemente algunos se dejan derrotar y empiezan a dar círculos concéntricos buscando un lugar donde esos sentimientos interiores no se manifiesten. Lo más probable es que esos círculos se alejen cada vez más de una fe sincera, y terminen amenazando a la persona con arrastrarla a una fe farisaica, de formas exteriores, pero sin contenido espiritual real.
Digo estas cosas hablando en primera persona, porque de hecho no sólo las he sufrido, sino que descuento que las seguiré sufriendo en formas más o menos sutiles. Cuando logramos superar un escollo y ponemos en ridículo los intentos del tentador, él volverá con ánimos renovados e intentos más refinados. Donde mejor he encontrado un relato sobre las distintas formas en que actúa la tentación, es en la obra del afamado autor Inglés C. S. Lewis, «Cartas de un demonio a su sobrino». En clave de humor sutil, este autor nos deleita con relatos de tentaciones y tentadores, víctimas y victimarios.
La tentación nos acompaña, a todos, mientras dure la vida. Y si decidimos trabajar para Dios, no cabe duda que la mayor tentación será la de dejar de hacerlo. Por esto se puede decir que nadie que decida obrar para Dios está exento de enfrentar estas tentaciones, estos tremendos obstáculos que ponen a prueba nuestra voluntad. Si estamos dispuestos a perseverar en el camino de una conversión genuina y duradera, debemos aprender a advertir estas barreras que surgirán en nuestros estados de ánimo, para derrotarlas con una entrega sincera a la Voluntad de Dios.
Señor, hazme fuerte, dame Tu sabiduría para diferenciar lo bueno y lo malo que se presente en mi camino de crecimiento interior. Tú lo sabes todo, yo sólo camino por la senda que me pones por delante, confiado y seguro de que estás allí. A Ti, honor y gloria; a mi, perseverancia, fortaleza y fe frente a las tempestades del camino.
