Eulogio de Córdoba, Santo
Presbítero y Mártir, 11 de marzo …
Hoy también se festeja a:
- • Benito de Milán, Santo
- • Pionio, Santo
- • Juan Bautista Righi de Fabriano, Beato
- • Sofronio de Jerusalén, Santo
- • Claudia Russo, Sierva de Dios
¡Estamos en manos de Dios!
Cuaresma y Semana Santa
Por: P . Clemente González | Fuente: Catholic.net
Del santo Evangelio según san Juan 7, 1-2.10.25-30
En aquel tiempo, recorría Jesús la Galilea, pues no podía andar por Judea, porque los judíos buscaban matarle. Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas. Pero después que sus hermanos subieron a la fiesta, entonces Él también subió no manifiestamente, sino de incógnito. Decían algunos de los de Jerusalén: ¿No es a ése a quien quieren matar? Mirad cómo habla con toda libertad y no le dicen nada. ¿Habrán reconocido de veras las autoridades que este es el Cristo? Pero éste sabemos de dónde es, mientras que, cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es. Gritó, pues, Jesús, enseñando en el Templo y diciendo: Me conocéis a mí y sabéis de dónde soy. Pero yo no he venido por mi cuenta; sino que verdaderamente me envía el que me envía; pero vosotros no le conocéis. Yo le conozco, porque vengo de él y él es el que me ha enviado. Querían, pues, detenerle, pero nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora.
Oración introductoria
Dios mío, no permitas que no sepa encontrarte en esta meditación. Necesito de tu misericordia. Dame tu gracia para poder dejar a un lado todo lo que pueda distraerme, realmente quiero llegar a contemplarte y reconocerte, aunque no sea digno de ello.
Petición
¡Jesús, dame el don de conocerte experimentalmente!
Meditación del Papa Francisco
El pasaje del Evangelio que hemos escuchado nos presenta una escena ambientada en el templo de Jerusalén, al final de la fiesta judía de las tiendas, después de que Jesús proclamara una gran profecía revelándose como fuente de “agua viva”, es decir el Espíritu Santo. Entonces la gente, muy impresionada, se puso a discutir acerca de Él. También hoy la gente discute sobre Él. Algunos están entusiasmados y dicen que “es de verdad el profeta”. Alguno incluso afirma: “Este es el Mesías”. Pero otros se oponen porque —dicen— el Mesías no viene de Galilea, sino de la estirpe de David, de Belén; y así, sin saberlo, confirman precisamente la identidad de Jesús.
Los jefes de los sacerdotes habían mandado a los guardias a arrestarlo, como se hace en las dictaduras, pero vuelven con las manos vacías y dicen: “Jamás ha hablado nadie como ese hombre”. He aquí la voz de la verdad, que resuena en esos hombres sencillos.
La palabra del Señor, ayer como hoy, provoca siempre una división: la Palabra de Dios divide, ¡siempre! Provoca una división entre quien la acoge y quien la rechaza. A veces también en nuestro corazón se enciende un contraste interior; esto sucede cuando advertimos la fascinación, la belleza y la verdad de las palabras de Jesús, pero al mismo tiempo las rechazamos porque nos cuestionan, nos ponen en dificultad y nos cuesta demasiado observarlas. (Homilía de S.S. Francisco, 21 de marzo de 2015).
Reflexión
«Los judíos trataban de matarlo». Jesús es el prototipo del justo que resulta incómodo y cuyo testimonio se quiere silenciar. Sin embargo, todas las acusaciones que le hacen son «viscerales», nacidas del odio. Por ejemplo, dicen que saben de donde viene Jesús; el Mesías, en cambio no, por lo tanto Jesús no es el Mesías porque saben de dónde viene Jesús. Otras veces le creen endemoniado, otras le critican porque por encima de la ley da más preferencia a la vida de las personas. Lo que los fariseos buscan es desacreditarle y huir para no tener que aceptar su testimonio.
No obstante, Jesús «grita» valientemente su identidad: «yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz, a Ése vosotros no le conocéis; yo le conozco porque procedo de Él y Él me ha enviado.» Pero como aún no había llegado su hora, la hora de la cruz en donde los fariseos entonces empezarán a creer más en él. Y aunque se esforzarán por acabar completamente con sus enseñanzas, se darán cuenta de que efectivamente Jesús era el Mesías.
También en el mundo de hoy, junto a muchas personas que creen y aceptan a Cristo, hay otras muchas que han optado por ignorarlo, o incluso, por perseguir toda idea suya. Por esto sus seguidores corren igual suerte. En una sociedad que va perdiendo los valores fundamentales como el respeto a la vida, la caridad, el perdón, debería llevarnos a luchar y trabajar por extender el reino de Cristo y no sólo a lamentarnos por la situación. Nosotros somos los que cambiaremos el corazón de las personas con nuestro testimonio de cristianos.
Tal vez no lleguemos a ser perseguidos físicamente, pero sí desacreditados y criticados por buscar la coherencia de vida con nuestra fe. No temamos ser fieles a Cristo, porque si Él está con nosotros, ¿quién contra nosotros?
Propósito
Iniciar siempre mi oración y mis actividades invocando al Espíritu Santo.
Diálogo con Cristo
Padre y Señor mío, el poder conocerte en Jesús y poder comunicarme contigo por medio del Espíritu Santo es una gracia que no he sabido aprovechar. Te ofrezco mi libertad, permite que esta oración me lleve a la experiencia de tu amor, y que esta experiencia determine mi vida, mi comportamiento, la forma en que me relacione con los demás. Que mis debilidades no impidan que pueda darte a los demás. Que tu Palabra penetre hondamente en mi corazón y la trasmita fielmente a todas las personas que pongas en mi camino.
Vienen los testigos de Jehová: ¿qué hago?
Un buen amigo cura me ha pedido que escriba unas líneas contestando a la siguiente cuestión: ¿cómo tiene que responder un católico a los testigos de Jehová?
Por: Luis Santamaría | Fuente: R.I.E.S. (Red Iberoamerican de Estudio de las Sectas)

Seguro que todos conocemos a los testigos de Jehová: llaman a las puertas de nuestras casas y nos paran por la calle. Pero no los conocemos bien. Lo primero que hemos de hacer es tener claras unas cuantas ideas. Se trata de una secta fundada en el siglo XIX en los EE.UU. por Charles Taze Russell, en un clima muy peculiar: el adventismo, conformado por personas y grupos que, basándose en cálculos bíblicos, anunciaban entonces –y ahora– el inmediato regreso de Cristo, con fechas concretas y todo.
Además de su origen, es necesario saber cuál es su doctrina: en resumen, no son cristianos, aunque lo ponga en el letrero de sus Salones del Reino. Aferrándose a un monoteísmo estricto, rechazan la doctrina de la Santísima Trinidad y, obviamente, la divinidad de Cristo, que no sería el Verbo encarnado, sino la primera y más excelsa criatura de Dios, a quien llaman obsesivamente Jehová, en un error de transliteración del nombre hebreo de Dios, Yhwh. Es decir, que sería hijo de Dios, pero no «Dios de Dios, luz de luz» como afirmamos en el símbolo de la fe.
Junto a esto, y por su insistencia en que se guían únicamente por principios bíblicos, hay que conocer la versión que utilizan, la denominada Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras, y que de traducción no tiene nada. En sus páginas han manipulado y deformado una considerable cantidad de versículos para adaptarlos a sus doctrinas, en todo lo relativo a la divinidad de Jesús, la identidad personal del Espíritu Santo, la presencia de Cristo en la eucaristía (su identificación con el pan y el vino de la última cena), la doctrina sobre el más allá de la muerte, etc. Se trata de algo contradictorio con el fundamentalismo que tienen al acercarse a la Biblia, y que les lleva a rechazar con violencia desde la celebración de los cumpleaños o la Navidad hasta las transfusiones de sangre, como por desgracia de todos es conocido.
Puestas estas bases de forma resumidísima, el primer criterio de actuación para un católico es la caridad. La inmensa mayoría de los testigos de Jehová que se acerquen a nosotros lo harán con la mejor intención de apartarnos de este «inicuo sistema de cosas» –como llaman al mundo apartado de «su» percepción de la revelación de Dios– y ofrecernos la salvación. Pensemos siempre que han sido engañados en algo tan importante, y que se les ha adoctrinado en una tergiversación de la genuina fe. Una correcta actitud cristiana, por tanto, es la hospitalidad y el respeto, o más aún, la simpatía. Desde ahí, caben dos opciones que cada uno tendrá que valorar. Si el que se encuentra con ellos no tiene una sólida formación doctrinal y una fuerte experiencia de fe, es mejor que rechace con cortesía el ofrecimiento de material escrito o de conversación. Y aquí se acaban las recomendaciones.
Ahora bien, si el católico interpelado tiene claras las cosas y posee una cierta capacidad apologética (defensa de la fe, o dar razón de nuestra esperanza, como decía San Pedro), y tiene tiempo y paciencia para entablar un diálogo, puede continuar. Siendo consciente de que está siendo el blanco de una cuidada ofensiva proselitista. ¿Exagero al decirlo así? Nada de eso, ya que los testigos de Jehová son minuciosamente formados para este acercamiento, e incluso se «entrenan» en sus reuniones semanales para saber a qué personas acercarse, qué temas sacar, qué respuestas dar, qué dudas sembrar y qué publicaciones ofrecer. Por lo tanto, ellos no conciben el encuentro interpersonal como un verdadero diálogo, ya que éste exige la receptividad a lo que pueda decirme el otro, e incluye la posibilidad de que yo aprenda algo.
Un católico bien formado no se verá apabullado por la lluvia de citas bíblicas que esgrimirán los testigos de Jehová a diestro y siniestro, porque los cristianos –sea cual sea nuestra confesión, católica o no católica– no entendemos la Sagrada Escritura como un repertorio de frases célebres, un recetario, un libro de autoayuda o un manual de instrucciones. Y podemos hacer el intento –infructuoso a corto y medio plazo– de hacer ver a nuestro pesado interlocutor que la Biblia ha de leerse como un conjunto, que hay pasajes que por su género literario hay que leer en clave alegórica o simbólica, y no literal… y que, por supuesto, hay cosas que son irrenunciables cuando uno se acerca a los evangelios: Jesús se presentó como Hijo de Dios, de la misma naturaleza del Padre, tanto en sus obras como en sus palabras; mostró su voluntad de iniciar un nuevo pueblo elegido en las personas de los apóstoles, fundando así la Iglesia; entendió su muerte no como algo accidental o sobrevenido, sino como una entrega voluntaria para reconciliar a toda la humanidad pecadora con Dios, y así lo expresó en la última cena con sus amigos, dejando toda la densidad de su presencia real, de forma sacramental, en el pan y el vino.
Y podríamos seguir detallando uno por uno todos los elementos centrales de la revelación bíblica que ellos rebaten siguiendo los dictados de la corporación empresarial que dirige la secta, la Watchtower Bible and Tract Society, y de su verdadera herramienta de interpretación de la Biblia: la revista La Atalaya. Si el católico que se encuentra con ellos tiene, además, algunas nociones de griego y hebreo, las lenguas originales de los libros de la Sagrada Escritura, puede ayudarles a entender que Jesús no dijo «esto significa mi cuerpo» en el cenáculo, y que Juan nunca escribió en su prólogo que «la palabra era un dios»… que una cosa es traducir, y otra falsificar.
Y para terminar, aunque creo que es, en el fondo, lo más importante: ¿cómo tenemos que responder los católicos a los testigos de Jehová? ¿Con elaboradas técnicas y planes pastorales y apologéticos? ¿Con un ejército de creyentes formados que vayan de puerta en puerta ofreciendo la verdad de Jesucristo? Algunos movimientos eclesiales ya lo hacen, y habrá quienes se sientan llamados por Dios a un ministerio particular de predicación de la Palabra, y bienvenidos sean.
Para la Iglesia entera, para unos y otros, una cosa es necesaria y urgente: la nueva evangelización. Hacer que la gente se encuentre con Cristo –y los evangelizadores tienen que ser los primeros en haber tenido esta experiencia radical de transformación a la luz del evangelio–, mostrarles que, como nos recordó Benedicto XVI, la puerta de la fe está siempre abierta. Así habrá mucha menos gente que encuentre en los testigos de Jehová la respuesta –embaucadora siempre– a sus demandas espirituales y sus necesidades de trascendencia.

