Canuto de Dinamarca, Santo
Mátir Laico, 10 de julio …
Hoy también se festeja a:
- • Cristobal de Licia, Santo
- • Antonio Nguyen Huu Quynh y Pedro Nguyen Khac Tu, Santos
- • María Gertrudis de Santa Sofía Ripert dAlauzin e Inés de Jesús, Beatas
- • Manuel Ruiz y 10 compañeros, Beatos
- • Pedro Vincioli, Santo
Una razón para vivir
Por: Jorge Alberto Leaños García, LC | Fuente: www.somosrc.mx
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Señor Jesús, por encima de mis deberes tengo la necesidad de escucharte, de hablarte, de tener un encuentro. Quiero estar a tu lado, al menos por unos momentos, para que cambies mi mente y mi corazón y que de esta forma pueda pensar en ti y amar a todos a través de ti.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 10, 16-23
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “Yo los envío como ovejas entre lobos. Sean, pues, precavidos como las serpientes y sencillos como las palomas.
Cuídense de la gente, porque los llevarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas, los llevarán ante gobernadores y reyes por mi causa; así darán testimonio de mí ante ellos y ante los paganos. Pero, cuando los enjuicien, no se preocupen por lo que van a decir o por la forma de decirlo, porque en ese momento se les inspirará lo que han de decir. Pues no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre el que hablará por ustedes.
El hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre a su hijo; los hijos se levantarán contra sus padres y los matarán; todos los odiarán a ustedes por mi causa, pero el que persevere hasta el fin, se salvará.
Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra. Yo les aseguro que no alcanzarán a recorrer todas las ciudades de Israel, antes de que venga el Hijo del hombre”.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
En la medida en que una elección es profunda surge una mayor renuncia a bienes instantáneos. Por ejemplo, yo renuncio a comprar un viejo auto ahora, pero porque quiero comparar un auto mejor… necesito ahorrar. He hecho una elección que conlleva una renuncia actual de cara a algo mejor.
Esta es la capacidad del hombre para elegir esto o aquello de cara a algo mejor. Pero ¿qué pasa cuando la meta, la razón es Cristo? Nosotros renunciamos a todos los bienes instantáneos. Cuando la meta es Cristo todo pierde importancia. Si no encontramos razones profundas, perdemos la capacidad de renunciar a placeres actuales. No se trata de ignorarlos, sino de tomarlos de cara a la meta final.
El cristiano hace una elección. Esta elección es la causa de un estilo de vida. Si hemos elegido a Cristo, hay consecuencias. No todos pueden entender el significado de una renuncia por una persona que vivió hace dos mil años. En realidad, las elecciones y las renuncias que conllevan se fundan en una experiencia de un Cristo que vive y que vive en nosotros. No es una idea bonita, sino una realidad que tiene la fuerza para guiar cada uno de nuestros actos.
Tenemos un estilo de vida. Él es nuestra causa, Él es quien habita en nosotros y, por lo mismo, Él es la fuente de nuestro hablar, de nuestro amar, de nuestro caminar hacia una meta que sobrepasa la riqueza actual. Cuando Cristo es la meta, automáticamente Cristo es la razón por la cual hablamos, pensamos, vivimos…
Si Él es nuestra razón para vivir, Él estará presente en todo lo que hagamos.
«Los cristianos entonces deben hacerse encontrar siempre “en el otro lado” del mundo, el elegido por Dios: no perseguidores, sino perseguidos; no arrogantes, sino dóciles; no vendedores de humo, sino sometidos a la verdad; no impostores, sino honestos. Esta fidelidad al estilo de Jesús —que es un estilo de esperanza— hasta la muerte, será llamada por los primeros cristianos con un nombre bellísimo: “martirio”, que significa “testimonio”. Había muchas otras posibilidades, ofrecidas por el vocabulario: se podía llamar heroísmo, abnegación, sacrificio de sí. Y en cambio los cristianos de la primera hora lo llamaron con un nombre que perfuma de discipulado».
(Audiencia de S.S. Francisco, 28 de junio de 2017).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hoy intentaré renunciar a algo por Cristo.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
¿Hay modos buenos de arruinar la salud?
Por: Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

Ya los antiguos pensadores griegos reconocieron lo importante que es tener un cuerpo sano, sin enfermedades, bien proporcionado, fuerte y dispuesto para las diferentes actividades de la vida social.
Pero la salud siempre está en peligro. Basta un mal uso del aire acondicionado, un olvido del paraguas, un despiste al cruzar la calle, y la vida sufre un vuelco lleno de dolores. Inicia, para algunos, un angustioso peregrinar de médico en médico para reencontrar el tesoro magnífico de la salud.
Además de los accidentes e imprevistos, la salud puede ser dañada simplemente por la constitución que tenemos desde el empezamos a vivir. Tarde o temprano, la información genética desvela sus misterios con enfermedades que tanto hacen sufrir a quienes las padecen.
Existe, sin embargo, un modo de “arruinar” la salud que no coincide ni con los accidentes, ni con las imprudencias, ni con el patrimonio genético, ni con algún daño congénito. Hay quienes pierden la salud porque escogen un modo de vivir “peligroso” por un motivo magnífico: el deseo de amar y servir a seres humanos necesitados.
Quien trabaja en un hospital, quien visita a los pobres, quien atiende a los encarcelados, quien cuida a un anciano al que hay que levantar y acostar un día sí y otro también, expone con facilidad su salud. Es fácil contraer un virus, o una bacteria, o simplemente empezar a sentir las huellas del cansancio que debilita el cuerpo desde acciones sencillas pero heroicas.
Si uno vive de esta manera, ¿no está arruinando su salud? Pero esa ruina, ¿no tiene un motivo bueno?
A veces corremos el riesgo de buscar estilos de vida con los que evitar dolores y sufrimientos para alargar un poco más la propia existencia. Pero una vida que huye de todo dolor, ¿es una vida hermosa? ¿No es más hermosa la vida de un Padre Damián en Molokai, o de un Pier Giorgio Frassati que contrae una enfermedad infectiva por visitar a los pobres?
Cristo, en el Evangelio, nos ofrece un mensaje difícil pero hermoso: “El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna” (Jn 12,25). “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13).
En su encíclica “Spe salvi”, el Papa Benedicto XVI explica cómo un sufrimiento huido a cualquier precio puede deshumanizarnos, y cómo un sufrimiento aceptado y asumido para servir al hermano ennoblece la propia vida:
“La capacidad de aceptar el sufrimiento por amor del bien, de la verdad y de la justicia, es constitutiva de la grandeza de la humanidad porque, en definitiva, cuando mi bienestar, mi incolumidad, es más importante que la verdad y la justicia, entonces prevalece el dominio del más fuerte; entonces reinan la violencia y la mentira. La verdad y la justicia han de estar por encima de mi comodidad e incolumidad física, de otro modo mi propia vida se convierte en mentira. Y también el «sí» al amor es fuente de sufrimiento, porque el amor exige siempre nuevas renuncias de mi yo, en las cuales me dejo modelar y herir” (“Spe salvi” n. 38).
¿Existen, entonces, modos buenos de arruinar la salud? Sí: una salud que se desgasta y se “pierde” en el servicio diario a quien necesita una ayuda es una salud “bien arruinada”.
El mejor modo de emplear los talentos que Dios nos ha dejado consiste en empezar a vivir un poco aquí en la tierra como se vive en el cielo: con un amor hecho donación completa y alegre a los hermanos.
