
Escolástica, Santa
Memoria Litúrgica, 10 de febrero…
- Hoy también se festeja a:
- • Sura de Dordrecht, Santa
- • Guillermo el Grande, Santo
- • José Sánchez del Río, Santo
- • Calarampo, Profirio, Daucto y compañeras, Santos
- • Austreberta, Santa
Un nuevo respiro
Santo Evangelio según san Marcos 7, 31-37. Viernes V del Tiempo Ordinario
Por: Iván Yoed González, LC | Fuente: somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Tú me regalas la oportunidad de acogerte libremente en mi corazón. Cada vez que me pongo en tu presencia, es como aceptar un don que Tú ya me tendías con tu mano y que esperabas yo aceptara con mi voluntad. Hoy quiero decirte que aquí estoy, Señor, y quiero estar contigo.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Marcos 7, 31-37
En aquel tiempo, salió Jesús de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la región de Decápolis. Le llevaron entonces a un hombre sordo y tartamudo, y le suplicaban que le impusiera las manos. Él lo apartó a un lado de la gente, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Después, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «¡Effetá!» (que quiere decir «¡Ábrete!»). Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, ellos con más insistencia lo proclamaban; y todos estaban asombrados y decían: «¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Quisiera poder imitarte Dios mío. Mi fe es tan pobre, que ver tu obrar en el Evangelio me sacude. Miraste al cielo, suspiraste. ¿Qué hubo en ese suspiro?, ¿una oración al Padre?, ¿un acto de confianza?
Cuántas veces me sucede lo contrario a mí. Me suelo encontrar en situaciones similares, donde parece que las exigencias son demasiado grandes, donde parece que mis fuerzas no me rinden más. Mi ánimo se desvanece mientras contemplo los problemas de mi vida, de la vida de quienes quiero y de quienes busco querer.
Tú miraste hacia el cielo y suspiraste. Yo miro hacia el suelo y suspiro.
Pero Tú constantemente me invitas a creer. Si mi corazón se encuentra asfixiado por no poder consolar a una persona querida que sufre; si mi corazón se encuentra asfixiado por una situación económica que me parece que puede empeorar; si mi corazón se encuentra asfixiado por no poder encontrar las respuestas que con tanto anhelo busco; si mi corazón se encuentra asfixiado por ese problema concreto, justo aquél que tanto me sofoca; entonces me ofreces la fe como un nuevo respiro.
Imitarte es mi deseo, Señor. Y decir creo en ti ya engrandece un poquito más mi fe. Tú viniste a revelarme no sólo tu grandeza como Dios, sino también tu testimonio como hombre. Me enseñaste a vivir. Me enseñas a creer. Y mira que, el simple hecho de querer creer en ti, Señor, me deja ver que mi fe puede crecer.
«Sin embargo, en el origen de nuestra vida cristiana, en el Bautismo, están precisamente aquel gesto y aquella palabra de Jesús: “¡Effatá! – ¡Ábrete!”. Y el milagro se cumplió: hemos sido curados de la sordera del egoísmo y del mutismo de la cerrazón y del pecado y hemos sido incorporados en la gran familia de la Iglesia; podemos escuchar a Dios que nos habla y comunicar su Palabra a cuantos no la han escuchado nunca o a quien la ha olvidado y sepultado bajo las espinas de las preocupaciones y de los engaños del mundo».
(Ángelus de S.S. Francisco, 6 de septiembre de 2015).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Rezaré el viacrucis para crecer en mi amor y agradecimiento a Cristo por estar siempre a mi lado, regalándome las gracias que necesito para mi salvación.…
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
¿Por qué nos duele ser generosos?
Cambiemos nuestra forma de pensar y compartamos lo que tenemos.
Por: Mónica Muñoz | Fuente: Catholic.net

“Dar hasta que duela”, es una de las frases más recurrentes con las que se recuerda a la Madre Teresa de Calcuta, la cual se refiere a no poner límites a la generosidad con respecto al dinero, los objetos, el tiempo y hasta la propia persona. Es más, meditando detenidamente en el sentido que encierran estas palabras, se me vienen a la mente cientos de acciones que reflejarían todo lo que se podría hacer en el mundo si nos tomásemos en serio el desprendimiento de aquello que resulta superfluo en nuestra vida.
Al respecto, el evangelio contiene un pasaje lastimoso que refleja la petición hecha por nuestro Señor Jesucristo a un joven, quien, de seguro, sintiéndose deslumbrado por la fuerza de sus palabras, en un arranque de emoción le preguntó qué tenía que hacer para obtener la vida eterna. Jesús le respondió algo obvio: debes cumplir los mandamientos. Entonces el muchacho, que me imagino muy feliz creyendo que ya lo había logrado, contestó que todo eso lo cumplía desde muy joven. Pero, entonces, viene el momento de la exigencia. Para esto, el evangelista Marcos se toma el cuidado de hacer hincapié en la actitud de Cristo, escribiendo: “Jesús fijó su mirada en él, le tomó cariño y le dijo: «Sólo te falta una cosa: vete, vende todo lo que tienes y reparte el dinero entre los pobres, y tendrás un tesoro en el Cielo. Después, ven y sígueme».
Sin embargo, casi puedo ver cuando al chico se le acaba la alegría, porque era muy rico y no estaba dispuesto a renunciar a sus bienes, por ello continúa el relato de San Marcos: “Al oír esto se desanimó totalmente, pues era un hombre muy rico, y se fue triste. Entonces Jesús paseó su mirada sobre sus discípulos y les dijo: «¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!»» (Mc 10, 17-23).
No nos sintamos excluidos, porque este pasaje no es nada más para los millonarios, todos podemos entrar en la clasificación de “ricos” si tenemos un techo donde resguardarnos, comida en nuestra mesa, un trabajo y una hermosa familia. Porque, de verdad, hay mucha gente que carece de lo indispensable. Por eso, nuestro deber es administrar todo lo que tenemos, de tal forma que no haya desperdicio. Recuerdo constantemente otra frase: nadie es tan pobre que no pueda ayudar a los demás, o bien, quizá otra variante sobre el mismo tema: siempre habrá alguien más necesitado que nosotros.
Y créanme, en estos casos, las personas más pobres son las más dadivosas. Les narro con mucho cariño una bella experiencia que aún me conmueve profundamente y me hace sentir inmenso agradecimiento. Hace varios años, pertenecí a un movimiento juvenil cuyo apostolado era salir de misiones. Yo tenía muchos deseos de participar de una misión e imaginaba que daría mucho de mí en ella. Sin embargo, yo fui la que recibió a manos llenas.
El primer día, todos los que acudimos a servir en el pueblo que sería misionado fuimos repartidos en distintas casas, donde permanecimos tres días. A mí me tocó quedarme en una casita sencilla, en la que vivía una de las chicas del grupo anfitrión. En ella habitaban sus padres y muchos hermanitos. A pesar de su pobreza, me dieron un lugar donde dormir. A la mañana siguiente, llegó la hora del desayuno. Los pequeños, tiernos y felices, se sentaron alrededor de la humilde mesa para degustar unos deliciosos frijoles fritos en manteca, tortillas hechas a mano por las hermanas mayores y una aromática taza de café. Mi corazón se estrujaba porque no había leche ni huevos o fruta, alimentos necesarios para el buen desarrollo de un niño. Y a pesar de eso, el cariño abundaba. Nunca olvidaré ese sentimiento, porque esa familia me dio lo que tenía para vivir, sin importarles que fuese una desconocida.
Por eso, ahora, más que nunca, me pregunto: ¿por qué nos cuesta tanto trabajo ser generosos, si finalmente, todas las cosas se quedarán aquí cuando muramos? ¿por qué no queremos desprendernos de las objetos materiales que bien pueden servirle a otros hermanos, más necesitados?, porque seamos realistas, con mucha pena, podemos observar que cada día hay más pedigüeños en las calles, y, lo más lamentable es que se trata de familias enteras, así pues, desde ancianos hasta niños piden caridad, esperando obtener algo para comer. Considero que es tiempo de quitarnos ciertos prejuicios, tales como: “¿por qué piden?, mejor que trabajen, están jóvenes”, porque si pudieran emplearse, lo harían, sin embargo, faltan oportunidades, pues para nadie es un misterio que la situación actual ha generado más pobreza de la que ya existía.
Cambiemos nuestra forma de pensar y compartamos lo que tenemos, así que, demos un vistazo a nuestro closet y refrigerador y saquemos algo de lo que tenemos para nuestros hermanos en desgracia. Y si queremos hacerlo mejor, demos de aquello que nos gusta, porque solo así entenderemos el verdadero significado de la frase “dar hasta que duela”.
Que tengan una excelente semana.