
Eulalia de Mérida, Santa
Memoria Litúrgica, 10 de diciembre …
- Hoy también se festeja a:
- • Arsenio de Trigolo, Beato
- • Mauro de Roma, Santo
- • Nuestra Señora de Loreto
- • Gonzalo Viñes Masip, Beato
- • Marco Antonio Durando, Beato
Sintonizar nuestro oído
Santo Evangelio según san Mateo 11, 16-19. Viernes II de Adviento
Por: Javier Castellanos, LC | Fuente: somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Permíteme escucharte, Señor. Forma dentro de mí un corazón como el de María: atento a tu Palabra, dócil a tu voluntad, disponible para servir por amor. ¡Santa María, ruega por mí y hazme hijo semejante a ti!
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 11, 16-19
En aquel tiempo, Jesús dijo: «¿Con qué podré comparar a esta gente? Es semejante a los niños que se sientan en las plazas y se vuelven a sus compañeros para gritarles: ‘Tocamos la flauta y no han bailado; cantamos canciones tristes y no han llorado’.
Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dijeron: ‘Tiene un demonio’. Vino el Hijo del hombre, y dicen: ‘Éste es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y gente de mal vivir’. Pero la sabiduría de Dios se justifica a sí misma por sus obras».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Se acerca la Navidad, tiempo de música y de cantos. Por las calles, y dentro de las casas, se escucharán de modo constante, como un trasfondo de luz y color, villancicos de todo tipo. Algo parecido sucederá espiritualmente: con la venida de Cristo viene todo un «ambiente musical» para el alma que hay que aprender a reconocer.
Cuando Jesús nació en Belén, pasó desapercibido. Sólo los pastores fueron capaces de escuchar los cantos de los ángeles, y sólo unos reyes extranjeros soportaron las penas de un largo viaje para adorar al Rey de reyes. ¡Jesús pasó muy solo esa primera Navidad! Cada año podemos afinar el oído, escuchar el gozo de un Dios que se hace hombre, o la lamentación de un Amor inmenso que no es correspondido… Si percibimos estas melodías, no podremos vivir una Navidad como las demás…
¿Cómo podemos adquirir esta actitud de escucha? A Dios no lo vemos, sus palabras y sus melodías no se perciben con los oídos materiales. Se trata más bien de abrir el corazón hacia aquellos que sí vemos. Sólo quien sabe escuchar a su hermano y a su hermana será capaz de escuchar a Dios. ¡Vivamos hoy con el corazón abierto para los demás, y veremos cómo poco a poco percibiremos la dulzura de esa melodía de Dios!
«Cuando nosotros llegamos a este estado de servicio libre, de hijos, con el Padre, podemos decir: “somos buenos siervos del Señor”. Más bien hay que decir simplemente “siervos inútiles”. Expresión que indica la inutilidad de nuestro trabajo: solos no podemos. Por ello debemos solamente pedir y dejar espacio para que Dios nos transforme en siervos libres, en hijos, no en esclavos. Que el Señor nos ayude a abrir el corazón y a dejar trabajar al Espíritu Santo, para que nos quite estos obstáculos, sobre todo las ganas de poder que hacen tanto daño, y la deslealtad, la doble cara, y nos dé esta serenidad, esta paz para poderle servir como hijo libre que al final, con mucho amor, dice al Señor: “Padre, gracias, pero tú sabes: soy un siervo inútil”».
(Homilía de S.S. Francisco, 8 de noviembre de 2016, en santa Marta).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hoy haré un esfuerzo especial por escuchar a alguien con mucho interés, dándole el tiempo y servicio que necesita.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
El odio, un mal que no termina
El mal se vence con el bien, la injusticia con la verdad unida a la misericordia.
Por: P. Fernando Pascual, LC | Fuente: Catholic.net

Existe odio. Se lee en insultos en Internet. Se escucha en comentarios entre conocidos. Se ve en gritos de rabia de unos contra otros.
Ese odio, a veces, entra en la propia vida. Surge ante una injusticia. Se nutre del recuerdo. Se aviva al ver el cinismo de un culpable no castigado.
En sus formas extremas, el odio lanza sus flechas contra grupos enteros de personas, contra nacionalidades, contra clases sociales, contra categorías profesionales, contra todos los miembros de un partido.
Otras veces queda circunscrito hacia personas concretas. Es un odio que al menos evita la injusticia: se concentra hacia aquella persona que nos traicionó, que nos hizo mucho daño. Pero no por ello deja de destruir el corazón de quien lo alberga.
Porque el odio, aunque a veces uno no se da cuenta, corroe a quien lo cultiva, y lo pone siempre en esa pendiente resbaladiza que lleva a los insultos en público, a las agresiones, incluso a la violencia.
No resulta fácil apagar el fuego del odio cuando ha crecido día a día, sobre todo si ha cristalizado en el deseo de venganza y en actitudes internas de rabia insatisfecha. Además, a veces escapa de uno mismo, contagia a otros, y se convierte en un mal que no termina.
Muchos conflictos sociales surgen desde el odio y lo alimentan. Conflictos políticos viven del odio hasta “aprovecharlo” para aumentar el número de votos. Incluso llegan a asaltos contra gente inocente o a guerras absurdas.
En el “Catecismo de la Iglesia Católica” (n. 2303) leemos: “El odio voluntario es contrario a la caridad. El odio al prójimo es pecado cuando se le desea deliberadamente un mal. El odio al prójimo es un pecado grave cuando se le desea deliberadamente un daño grave”.
Cristo invita a perdonar, a no dejarse atrapar por esa rabia interior que destruye a quien la acepta y que abre espacio a heridas mayores.
El mal se vence con el bien, la injusticia con la verdad unida a la misericordia, la ofensa con la mansedumbre (cf. Rm 12,17-21; Mt 5,43-48).
Ya hay demasiado odio en nuestro mundo. Si empezamos a arrancar sus pequeñas raíces de nuestro corazón, y si pedimos a Dios que nos dé la fuerza de perdonar y de acoger incluso al enemigo, empezaremos a vencer el odio y a irradiar aquello que tanto necesita nuestro tiempo: el amor auténtico.