
Godofredo de Amiens, Santo
Obispo, 8 de noviembre …
Hoy también se festeja a:
- • Antolín Pablos Villanueva, Beato
- • Manuel Sanz Dominguez, Beato
- • Isaías Boner, Beato
- • María Crucificada (Isabel María) Satellico, Beata
- • Juan Duns Escoto, Beato
Ganemos el cielo
Santo Evangelio según san Lucas 16, 1-8. Viernes XXXI del Tiempo ordinario.
Por: Javier Castellanos, LC | Fuente: somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Me pongo en tus manos, Señor. Haz de mí lo que quieras, guíame por el camino que has pensado para mí. Te pido para el día de hoy luz para descubrir tu voluntad, y la fuerza necesaria para cumplirla. Amén.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 16, 1-8
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Había una vez un hombre rico que tenía un administrador, el cual fue acusado ante él de haberle malgastado sus bienes. Lo llamó y le dijo: ‘¿Es cierto lo que me han dicho de ti? Dame cuenta de tu trabajo, porque en adelante ya no serás administrador’. Entonces el administrador se puso a pensar: ‘¿Qué voy a hacer ahora que me quitan el trabajo? No tengo fuerzas para trabajar la tierra y me da vergüenza pedir limosna. Ya sé lo que voy a hacer, para tener a alguien que me reciba en su casa, cuando me despidan’. Entonces fue llamado uno a uno a los deudores de su amo. Al primero le preguntó: ‘¿Cuánto le debes a mi amo?’ El hombre respondió: ‘Cien barriles de aceite’. El administrador le dijo: ‘Toma tu recibo, date prisa y haz otro por cincuenta’. Luego preguntó al siguiente: ‘Y tú, ¿cuánto debes?’ Éste respondió: ‘Cien sacos de trigo’. El administrador le dijo: ‘Toma tu recibo y haz otro por ochenta’. El amo tuvo que reconocer que su mal administrador había procedido con habilidad. Pues los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz».
Palabra del Señor
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
San Carlos Borromeo tradujo este pasaje del Evangelio en obras. En el año 1560, a los 22 años, fue nombrado cardenal y secretario de su tío, el Papa Pío IV. Carlos de repente se vio como un administrador, y sintió el peso de su responsabilidad. Sabía que tendría que rendir cuentas al Señor, y por eso se entregó totalmente a su nueva misión como pastor de almas.
Pero san Carlos no sólo invirtió en su administración los conocimientos que tenía en derecho civil y eclesiástico. Puso en práctica la habilidad que el Evangelio de hoy nos recomienda, que es la caridad hacia el prójimo.
Cuando era obispo de Milán ayudó a personas afectadas por la carestía del 1569, luego a los contagiados por la peste del 1576. Además, acogió en su diócesis a católicos ingleses perseguidos por la reforma anglicana. Pero, sobre todo, se entregó a renovar la vida cristiana de sus fieles y es famoso por la iniciativa de crear seminarios para los futuros sacerdotes. ¡Cuánto ayudó a toda la Iglesia su esfuerzo por formar bien a los que guían a las almas y comunican a Cristo en los sacramentos!
A san Carlos Borromeo le tocó vivir en los años difíciles de la reforma protestante y los cambios del Concilio de Trento. Nuestro tiempo también tiene sus propios retos. Distintos a los de hace quinientos años, pero nuestra misión como cristianos es la misma: hacer más ligera la carga de los que sufren a nuestro alrededor, con ingenio y con entrega. Para que, al llegar al cielo y rendir cuentas, haya quien nos reciba en su Casa; Cristo mismo, a quien servimos en el prójimo.
Pidamos hoy a san Carlos Borromeo su intercesión; que él nos enseñe y ayude a ser administradores fieles y hábiles con los bienes que Dios ha puesto en nuestras manos.
«Cómo ha llegado este administrador al punto de estafar, de robar a su dueño? ¿De un día para otro? No. Poco a poco. Quizás repartiendo un día una propina aquí, otro día un soborno por allá, y así poco a poco se llega a la corrupción. En la parábola, el dueño alaba al administrador deshonesto por su astucia. Pero esta es una astucia mundana y fuertemente pecadora, y ¡que hace tanto daño! Existe, sin embargo, una astucia cristiana de hacer las cosas con picardía, pero no con el espíritu del mundo: hacer las cosas honestamente. Y esto es bueno».
(Homilía de S.S. Francisco, 18 de septiembre de 2016).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Daré una limosna para ayudar a los pobres, no de eso que me sobra, sino renunciaré ha algo para poder ayudar.
Despedida
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
¿Por qué nos persignamos al pasar frente a una Iglesia?
Es curioso observar cómo la gente al pasar por una Iglesia católica tiene diversas reacciones
Por: Daniel Alberto Robles Macías | Fuente: ConMasGracia.org

Entre los católicos se acostumbra que cada vez que pasamos frente a una Iglesia nos santiguamos haciendo la señal de la cruz. Pero ¿Qué significa hacer este signo? ¿Es obligación hacerla o no?
Es curioso observar cómo la gente al pasar por una Iglesia católica tiene diversas reacciones, desde aquellos que se detienen por un momento y hacen la señal de la cruz, otros que parecen hacer ciertas muecas como si se avergonzaran de que los vieran y tratan de disimular haciéndolo de manera rápida y sin sentido, finalmente, están los que pasan de largo sin hacer ningún signo.
Hacer la señal de la cruz o santiguarse de manera consciente es una forma de saludo a Dios, de quien decimos que todo templo es su casa, porque allí habita en la forma del pan, en el Santísimo Sacramento del Altar.
Pero no solamente nos santiguamos cuando pasamos frente a un templo, también lo hacemos al levantarnos en las mañanas, al salir de casa, al empezar la jornada de trabajo diaria, antes de recibir los alimentos y al acostarnos por el día que termina.
El Catecismo de la Iglesia Católica refiere en su numeral 2157 que: “El cristiano comienza su jornada, sus oraciones y sus acciones con la señal de la cruz, “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”. El bautizado consagra la jornada a la gloria de Dios e invoca la gracia del Señor que le permite actuar en el Espíritu como hijo del Padre. La señal de la cruz nos fortalece en las tentaciones y en las dificultades”.
Por tanto, hacemos este signo para recordar nuestra fe en Cristo Jesús que murió por nosotros en la cruz aun siendo pecadores; asimismo, nos reconocemos hijos de Dios a quien invocamos en el misterio de la Santísima Trinidad para ponernos bajo su protección y ayuda.
Cuando nos persignarnos retomamos una tradición apostólica muy antigua. El escritor Tertuliano, escribía: “En todos nuestros viajes y movimientos, en todas nuestras salidas y llegadas, al ponernos nuestros zapatos, al tomar un baño, en la mesa, al prender nuestras velas, al acostarnos, al sentarnos, en cualquiera de las tareas en que nos ocupemos, marcamos nuestras frentes con el signo de la cruz”.
Para nosotros los católicos la cruz no es símbolo de muerte, sino de salvación, pues ésta es la llave por la que nosotros podemos entrar al Reino. Ya lo dijo Jesús: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mc 8, 34). Por tanto, más que el signo de la cruz y el acto de persignarse, nos recuerdan que queremos ser seguidores de Jesús de una manera total y comprometida.
Hay que decir que fuera de la Misa y de las oraciones, no es obligatorio hacer la señal de la cruz, pero sí es necesario y bueno ya que nos hace ser coherentes con nuestra fe en vida, palabra y actos.
No perdamos esta costumbre de reconocimiento a Dios que se encuentra vivo y presente en el Sacramento del Altar en cada Iglesia que hay en el mundo. ¡No te avergüences! Hagamos la señal de la cruz con amor, devoción y orgullo de sabernos hijos amados por Dios. Recuerda las palabras de Jesús: “Yo les aseguro: Si alguno se avergüenza de mí y de mis palabras en medio de esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga con la Gloria de su Padre rodeado de sus santos ángeles” (Mc 8, 38).