
Gúdula, Santa
Patrona de Bruselas, 8 de enero …
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Inclusión y cercanía
Santo Evangelio según san Lucas 5, 12-16. Viernes después de Epifanía
Por: Redacción | Fuente: www.somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Señor, vengo ante ti como el leproso del Evangelio. Estoy necesitado de tu gracia. Tócame y sáname de todas mis lepras: mi egoísmo, mi soberbia, mi vanidad, mi autosuficiencia. Creo, confío y te agradezco tu misericordia que puede transformar mi endurecido corazón.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 5, 12-16
En aquel tiempo, estando Jesús en un poblado, llegó un leproso, y al ver a Jesús, se postró rostro en tierra, diciendo: «Señor, si quieres, puedes curarme». Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero. Queda limpio». Y al momento desapareció la lepra. Entonces Jesús le ordenó que no lo dijera a nadie y añadió: «Ve, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que Moisés prescribió. Eso les servirá de testimonio».
Y su fama se extendía más y más. Las muchedumbres acudían a oírlo y a ser curados de sus enfermedades. Pero Jesús se retiraba a lugares solitarios para orar.
Palabra del Señor.
Reflexiona lo que Dios te dice en el Evangelio (te sugerimos leer esto que dijo el Papa)
La lepra era una condena de por vida y sanar a un leproso era tan difícil como resucitar a un muerto. Y por eso eran marginados. Sin embargo, Jesús tiende la mano al excluido y demuestra el valor fundamental de una palabra: cercanía.
No se puede hacer comunidad sin cercanía. No se puede hacer paz sin acercarse, ni se puede hacer el bien sin acercarse. Jesús podía decirle: ¡sánate! Pero no, se acercó y le tocó. Es más, en el momento que Jesús tocó al impuro se convierte en impuro.
Este es el misterio de Jesús, tomar consigo nuestras suciedades, nuestras cosas impuras. Pablo lo explica bien: “Siendo igual a Dios, no estimó esta divinidad un bien irrenunciable, se aniquiló a sí mismo. Jesús se hace pecado. Jesús se excluye, ha tomado consigo la impureza por acercarse a nosotros”.
Muchas veces pienso que es, no digo imposible, pero muy difícil hacer el bien sin mancharse las manos. Y Jesús se manchó. Cercanía. Y después va más allá. Le dijo: “Ve donde los sacerdotes y haz lo que se debe hacer cuando un leproso es sanado”. Al que era excluido de la vida social, Jesús lo incluye: lo incluye en la Iglesia, lo incluye en la sociedad… “Ve para que todas las cosas sean como deben ser”. Jesús no marginaba nunca a nadie. Se marginaba a sí mismo, para incluir a los marginados, para incluirnos a nosotros, pecadores, marginados, con su vida (Cf Homilía de S.S. Francisco, 26 de junio de 2015, en Santa Marta).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Rezar el vía crucis para reflexionar sobre la convicción con que Jesús cumple su misión y para pedir por las personas que no he sabido incluir en mi vida.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amen.
Edificar la vida sobre roca
Es propio del hombre sabio y prudente dedicarse a descubr el sentido de la vida
Por: Redacción | Fuente: Catholic.net

Les invito a releer el pasaje del Evangelio que nos invita a construir sobre la roca sólida de la palabra de Jesucristo:
«Todo el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica es semejante a un hombre prudente que ha construido su casa sobre la roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y se abatieron sobre aquella casa. Y ella no cayó porque estaba edificada sobre la roca. Todo el que escucha mis palabras y no las pone en obra, es como un hombre necio que construyó su casa sobre la arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y se abatieron sobre aquella casa; esta cayó y su ruina fue grande» (Mt 7, 24-27).
Edificar la vida sobre roca. Desde mi infancia y primera juventud fue esta una de mis mayores preocupaciones y uno de mis más hondos anhelos. Consciente de que la vida es una y se vive una sola vez, no quería que el tiempo de vida que Dios me habría de dar pasara en vano edificando un edificio que luego se hubiera de desplomar por haber sido edificado sobre inconsistente arena movediza. La meditación de estas palabras de Jesucristo me llevó a buscar con todas mis fuerzas edificar mi vida sobre una roca firme, inconmovible, capaz de atravesar la frontera del tiempo y anclarla en la eternidad de Dios.
La vida es algo que nos ha sido dado. Ningún hombre o mujer la ha pedido. Un buen día se encontró en la tierra, en medio de una familia, en un determinado país, en una situación histórica concreta. Nadie ha escogido las circunstancias de su nacimiento, como tampoco escogió el color del cabello ni el de los ojos, ni el de la piel, ni su grado del coeficiente intelectual, ni la dotación genética que le ha sido concedida. La vida se nos da, como un regalo, como un don magnífico y misterioso.
Pero si es relativamente fácil descubrir los fines inmediatos de nuestro actuar, no lo es tanto hallar el fin último de nuestra existencia. Si una mañana fuéramos a la Quinta Avenida de Nueva York a preguntar a la gente cuál es su fin inmediato, todos, al menos los que estuvieran en su sano juicio, sabrían respondernos. Algunos irían a invertir en la
Bolsa, otros al trabajo en una oficina. Otros simplemente de compras, a la iglesia de San
Patricio, a pasear en el Central Park o a visitar el Museo Metropolitano. Todos sabrían decir cuál es el fin inmediato de su actuar. Pero, si en lugar de preguntarles por el fin próximo, les hiciéramos, así a boca jarro, esta otra pregunta: ¿Por qué vive usted?, o ¿cuál es el sentido de su vida?, quizás no todos tendrían la respuesta a mano. Es posible que algunos nos dirían que su familia, su trabajo, ganar dinero, ser feliz, pero otros se encogerían de hombros y seguirían su camino, mirándonos como a seres raros. Muchas personas llegan al fin de su existencia sin haber realizado la primera y fundamental tarea que es descubrir el sentido de la misma. De muchos se podría escribir este epitafio: «Aquí yace alguien que nunca supo por qué vivió».
¿No parece ilógico vivir sin saber por qué? ¿Luchar, afanarse, levantarse día tras día para volverse a acostar por la noche sin haber descubierto cuál es el fin de tan frenética carrera, sin saber siquiera si todos esos esfuerzos valen la pena? ¿Por qué tantos afanes, tantos sacrificios, por qué soportar tantas contrariedades si se desconoce el porqué de todo ello?
No es tiempo perdido el que se dedica a reflexionar sobre el sentido de la vida, porque si la vida careciera de él, si fuera sólo una infausta casualidad, un error de la evolución, o simplemente el juego de unos dioses aburridos que se divierten con las penalidades de los hombres, entonces serían inútiles todos nuestros esfuerzos de edificación y de construcción. Entonces, no importaría que los vientos se abatieran contra la casa y la derrumbaran.
Pero si la vida tiene un sentido, si tiene una dirección, si tiene una razón de ser, una inteligibilidad, entonces es propio del hombre sabio y prudente dedicarse a descubrirlo, pues la respuesta a este porqué determinará el cómo y el para qué.