
Nuestra Señora del Rosario
Advocación mariana, 7 de octubre…
Hoy también se festeja a:
- • José (Giuseppe) Toniolo, Beato
- • Justina de Padua, Santa
- • Chiara (Clara) Badano, Beata
- • Otros Santos y Beatos del 7 de octubre
- • Taide (o Thais) de Egipto, Santa
El que no está conmigo, está contra Mi, ; y el que no recoge conmigo, desparrama.
Lucas 11, 15-26. Viernes XXVII del tiempo ordinario. Las señales milagrosas.
Por: H. Cristian Gutiérrez LC | Fuente: Catholic.net

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Gracias, Señor por esta nueva oportunidad que me das para estar contigo. Bien sabes lo que necesito y por ello te pido humildemente me lo concedas. Aumenta mi fe, mi confianza y mi amor a Ti. Dame la gracia de jamás dejarte solo y no permitas que nada ni nadie me separe de Ti. Mira que mi vida sin Ti no tiene sentido, y todo en ella se opaca si no estás Tú. Señor no me dejes nunca de tu mano porque sin Ti nada puedo.
Del santo Evangelio según san Lucas 11, 15-26
En aquel tiempo, cuando Jesús expulsó a un demonio, algunos dijeron: “Este expulsa a los demonios con el poder de Belzebú, el príncipe de los demonios”. Otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal milagrosa.
Pero Jesús, que conocía sus malas intenciones, les dijo: “Todo reino dividido por luchas internas va a la ruina y se derrumba casa por casa. Si Satanás también está dividido contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su reino? Ustedes dicen que yo arrojo a los demonios con el poder de Belzebú. Entonces, ¿con el poder de quién los arrojan los hijos de ustedes? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero si yo arrojo a los demonios por el dedo de Dios, eso significa que ha llegado a ustedes el Reino de Dios.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros; pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, entonces le quita las armas en que confiaba y después dispone de sus bienes. El que no está conmigo, está contra Mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.
Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo, y al no hallarlo, dice: ‘Volveré a mi casa, de donde salí’. Y al llegar, la encuentra barrida y arreglada. Entonces va por otros siete espíritus peores que él y vienen a instalarse allí, y así la situación final de aquel hombre resulta peor que la de antes”.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.
Las señales milagrosas.
No puedo dejar pasar desapercibido la forma en que te defiendes de los que te atacan con mentiras. Incluso en esto me das ejemplo a seguir. No les respondes con malas palabras o venganzas. Ante la crítica, callas, piensas y hablas. Hablas, no para ofender, sino para defender. Defender la verdad, defender el bien de los demás, defender a los que sinceramente te siguen.
¡Qué argumento bien pensado presentas a los que fácilmente juzgan a los demás y sus acciones! Un argumento claro, sencillo y profundo. Bastaría leer de nuevo con calma el pasaje para dejarme atrapar por tus palabras llenas de verdad, de fuerza y de pasión. Dame la gracia, Señor, de nunca criticar y juzgar a mis hermanos. Ayúdame a ser siempre un defensor de la verdad, de la justicia, del amor y un practicante constante de la benedicencia.
Aquella gente que contemplaba tus milagros no había podido aceptar que el Reino de Dios había llegado hasta ellos. Y tal vez yo, de igual manera, no soy capaz de descubrir tu Reino en mi vida cotidiana.
Quizá no presencio expulsiones de demonios, curaciones portentosas y multiplicaciones de panes, pero dame la gracia de descubrir los milagros que vas realizando en mi vida poco a poco. Milagros desapercibidos pero que me he ido acostumbrando a presenciar. El milagro de mi vida y de la de los que me rodean. El milagro del amor, el milagro de la familia, de la amistad. El milagro de una caricia, de un abrazo de apoyo, de un consuelo en el dolor, de una sonrisa. El milagro de este mundo maravilloso que siempre me sorprende con un atardecer, un cielo estrellado, un viento refrescante, un cielo despejado. El milagro de la fe, de la oración, de los sacramentos y de la Eucaristía.
Que no me acostumbre Señor a estos milagros cotidianos con los cuales te haces presente en mi vida, me dices que me amas infinitamente y que tu Reino está presente en mí.
«Ninguno es digno, ninguno está a la altura, ¡ninguno tiene las fuerzas! Sin la gracia de Dios, no podremos hacer nada. Todo nos es dado gratuitamente. Y el Señor no llega nunca a una nueva familia sin hacer algún milagro. ¡Recordemos lo que hizo en las bodas de Caná! Sí, el Señor, si nos ponemos en sus manos, nos hace hacer milagros. Milagros de todos los días cuando está el Señor en esa familia.»
(Homilía de S.S. Francisco, 9 de septiembre de 2015).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hoy evitaré toda crítica hacia otro y procuraré hablar bien, comentar una cualidad de esa persona con la que no me llevo muy bien.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Judas, la evidencia del perdón no recibido
El pecado siempre nos provoca dolor cuando lo reconocemos
Por: Maleni Grider | Fuente: ACC Agencia de Contenido Católico

Al darse cuenta de su error, Judas cayó en un sentimiento de culpa que le provocó dolor, pues el pecado siempre nos provoca dolor cuando lo reconocemos. Sentir dolor está bien, pero sentir demasiado dolor no, pues esto sirve de herramienta para Satanás.
Cuando la culpabilidad nos separa de Dios, lo que debemos buscar es el inmediato perdón del Señor, pues si nos escondemos, nos aislamos, nos autocastigamos, no podemos recibir dicho perdón. Dice la Biblia que si confesamos nuestro pecado Él es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad.
El perdón de nuestros pecados –pasados, presentes y futuros– fue comprado por precio. Y el precio fue la sangre de Jesucristo en la cruz. Su sacrificio, su vida, su cuerpo entregado fue el costo que se pagó para que nosotros pudiéramos y podamos ser perdonados. Ningún mérito propio, ninguno de nuestros esfuerzos, buenas obras, ofrendas o sacrificios puede añadir algo a su sacrificio, pues la muerte y resurrección de Cristo fueron suficientes. Toda buena obra es evidencia de nuestra fe, pero el perdón de los pecados es otorgado solamente mediante el sacrificio del Hijo de Dios en el Calvario.
Ahora bien, cuando nosotros nos rehusamos a recibir el perdón, Satanás utiliza dicha resistencia para torturarnos. La culpa ya no es un proceso natural de reconciliación sino una postura enfermiza, pecaminosa, entregada a la oscuridad. Cuando no nos perdonamos a nosotros mismos evidenciamos nuestra falta de fe en el Señor, nuestra falta de fe en su sacrificio, rechazamos y minimizamos lo que Él hizo por nosotros.
Si rechazamos el perdón, por no sentirnos merecedores del mismo, es porque no hemos entendido que Jesús murió por nosotros, de hecho, sin que lo mereciéramos. No hemos comprendido el valor de su sacrificio y el don de su gracia. Cuando cerramos nuestro corazón y nos amargamos dentro de nosotros mismos por una culpa, permitimos que el diablo nos torture, y creemos a sus mentiras. Nos entregamos a la destrucción en vez de correr a la fuente de perdón y salvación.
La congoja por nuestro pecado es necesaria para alcanzar la reconciliación con Dios; pero el autoflajelo nos enfila hacia la perdición. Jesús odiaba el pecado, pero amaba a los pecadores, así como a los justos. Él fue capaz de perdonar pecados, liberar a hombres y mujeres de los demonios que los atormentaban, y sanar todo tipo de enfermedad física y espiritual. Su compasión no tuvo límites.
Judas se desesperó, se acobardó, huyó y tomó la justicia en sus manos: se quitó la vida antes que buscar y recibir el perdón. Pedro, en cambio, se dolió por su pecado cuando negó tres veces a Jesús, clamó por el perdón y fue inmediatamente perdonado y puesto a cargo de los apóstoles. Jesucristo le confirmó que lo seguía amando a pesar de su error, y que podía tener una nueva oportunidad.
Así nosotros, promovamos en nuestra relación con Dios el dolor de arrepentimiento cada vez que pequemos, confesemos nuestra culpa y dejémoslo todo a los pies de Cristo, a los pies de la cruz. Recibamos el perdón con humildad y valoremos la nueva oportunidad de rechazar el pecado y vivir para el espíritu, honrando el sacrificio de nuestro Señor, quien siempre está listo para perdonar; de esa manera desarmaremos al enemigo, quien siempre está listo para acusar, engañar, atacar, robar, matar y destruir.
