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No podéis servir a Dios y al dinero
Tiempo Ordinario
Por: P. Juan Gralla | Fuente: Catholic.net

Del santo Evangelio según san Lucas 16, 9-15
En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos: Haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas. El que es fiel en lo mínimo, lo es también en lo mucho; y el que es injusto en lo mínimo, también lo es en lo mucho. Si, pues, no fuisteis fieles en el dinero injusto, ¿quién os confiará lo verdadero? Y si no fuisteis fieles con lo ajeno, ¿quién os dará lo vuestro? Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero. Estaban oyendo todas estas cosas los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de él. Y les dijo: Vosotros sois los que os la dais de justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que es estimable para los hombres, es abominable ante Dios.
Oración introductoria
¡Señor, soy un pobre que necesita todo de Ti! Mi apego a lo pasajero, mi soberbia y autosuficiencia me alejan fácilmente del camino a la santidad. Ven e ilumina esta meditación para que sea la fuerza que me lleve a ponerte, ¡siempre!, como Rey y Señor de mi vida.
Petición
Señor, permite que sepa como crecer en la humildad, para poder crecer en el amor.
Meditación del Papa Francisco
Un cristiano que recibe el don de la fe en el Bautismo, pero que no lleva adelante este don por el camino del servicio, se convierte en un cristiano sin fuerza, sin fecundidad. Al final, se convierte en un cristiano para sí mismo, para servirse a sí mismo. Su vida es una vida triste.
El Señor nos dice que el servicio es único, no se pueden servir a dos amos: O Dios o las riquezas. Podemos alejarnos de esta actitud de servicio, primero, por un poco de pereza. Y esta pone tibio el corazón, la pereza te convierte en un cómodo:
La pereza nos aleja del servicio, y nos lleva a la comodidad, al egoísmo. Hay muchos cristianos así… son buenos, van a Misa, pero el servicio hasta aquí… Pero cuando digo servicio, digo todo: servicio a Dios en la adoración, en la oración, en las alabanzas; servicio al prójimo, cuando debo hacerlo; servicio hasta el final, porque Jesús en esto es fuerte: ‘Así también vosotros, cuando hayáis hecho lo que se os ha ordenado, entonces decid somos siervos inútiles’. Servicio gratuito, sin pedir nada.
La otra posibilidad de alejarse de la actitud de servicio es adueñarse un poco de las situaciones. Algo que ha sucedido a los discípulos, a los mismos apóstoles: Alejaban a la gente para que no molestasen a Jesús, pero para estar cómodos ellos. Los discípulos se adueñaban del tiempo del Señor, se adueñaban del poder del Señor: lo querían para su grupito. Se adueñaban de esta actitud de servicio, transformándolo en una estructura de poder. Algo que se entiende viendo las discusiones para ver quién era el más grande entre Santiago y Juan. Y la madre, que va a pedirle al Señor que uno de sus hijos sea el primer ministro y el otro el ministro de economía, con todo el poder en sus manos. Esto sucede también hoy cuando los cristianos se convierten en amos: amos de la fe, amos del Reino, amos de la Salvación. Esta es una tentación para todos los cristianos. Sin embargo, el Señor nos habla de servicio en humildad, servicio en esperanza, y esta es la alegría del cristiano. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 11 de noviembre de 2014, en Santa Marta).
Reflexión
Porque Jesucristo «conoce vuestros corazones», nos advierte de tres peligros muy sutiles que pueden aparecer en la vida espiritual diaria.
«El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho». La ley del amor, que es la que Cristo ha venido a traer al mundo, es la del amor sin medida. En el amor no hay mucho ni poco, o se ama o no se ama. Puede ser que las consecuencias de un acto hecho sin amor sean pequeñas o grandes pero cuando se ha faltado al amor se ha dejado de amar en ese acto concreto.
Si no sabemos usar correctamente las riquezas injustas y ajenas, es decir, todo lo material que es externo a nosotros y por lo tanto no nos pertenece con totalidad, mucho menos seremos capaces de manejar con corrección las riquezas verdaderas y propias, que son las cosas espirituales que en verdad son propias de cada hombre. Del mismo modo quien no ama a los hombres a quienes ve, no puede decir que ama a Dios a quien no ve; si no somos ordenados y justos con las cosas materiales, que vemos, menos lo seremos en las cosas espirituales, que no se ven.
«No podemos servir a Dios y al dinero». El dinero representa el humano interés. Nuestro corazón desea hacer el bien, pero ¿lo hacemos para servir a Dios o a nosotros mismos? Cuando nos ocurre una desgracia fácilmente nos preguntamos: «¿por qué a mí?» ¿No será que durante los momentos de tranquilidad hemos sido buenos por inercia, pero no por amor a Dios, de tal manera que cuando su voluntad contradice la nuestra ya no somos generosos?
Propósito
Pensar que lo importante y lo que vale no es lo material. Donde esta mi tesoro, estará mi corazón.
Diálogo con Cristo
Señor Jesús, sé que mi vida no sirve de nada si no la doy por Ti, pero sabes cuánto me cuesta desprenderme de mi tiempo, de mis gustos y de mis haberes. Ayúdame a tomar una decisión irrevocable, sin tratar de servir a Ti y al mundo. Dándote el primer lugar en mi vida podré servir mejor a mi familia, a mis amigos y a los demás.
¿Por qué necesitamos todos este Año de la Misericordia?
Por: Pablo Cabellos Llorente, en Las Provincias | Fuente: www.almudi.org

Seguramente no existe nadie con tan mal corazón que no se rebele de algún modo ante la miseria cercana o distante, ante la injusticia manifiesta en tantos aspectos y ambientes de nuestra sociedad, ante la falta de libertad de expresión para ciertos temas –ideología de género y epígonos, por ejemplo-, ante la falta de recursos sanitarios de algunas personas, ante la imposibilidad, en cualesquiera casos, de acceder al tipo de educación que deseas para tus hijos, ante la miseria moral en la que vive mucha gente, etc., etc. Pero es muy posible que, en la relación incompleta que acabo de describir, unos reaccionarán de un modo mientras que otros lo harán de manera diversa.
Esa pluralidad, en principio, no es mala, porque no todos percibimos la problemática del mundo con idéntico sentir. Tal vez aquí emerge un aspecto de la misericordia hacia los demás escasamente contemplado. Me refiero a la grandeza de corazón –magnanimidad-, a la virtud de no resistir en nuestra torre de marfil y abrir nuestras ventanas al mundo. Eso se llama también respeto a la libertad personal de todos y cada uno, sin tratar de imponer nada a nadie. ¡Oiga! ¿Y esto lo dice usted que es sacerdote católico y tiene un Credo? Pues sí, porque la religión no puede ser impuesta a ninguno. Sin libertad, no hay fe. Y cuando eso ha sucedido a lo largo de la historia, nada se ha logrado –salvo males-, porque la intimidad de la conciencia no puede ser torcida a la fuerza por nadie. Y atento el político que ha de gobernar para todos.
Aun intentando generalizar, es muy posible que no todos poseamos similar concepto de compasión –padecer con- o misericordia: llevar en el propio corazón la miseria ajena. Suena bien, pero ¿cuántas veces hemos ejercitado esta noble virtud sin culpar a otros, sino avistando las propias culpas? Y, por supuesto, no me refiero a pecados en algo genérico, sino en eso que sucede y criticamos, en aquello que ocurre en las antípodas: ¿qué he hecho yo mal? ¿En cuantos momentos hemos hablado de lo que hay que trabajar sin haber movido un dedo por esa tarea? Justo lo contrario de lo espetado a un arzobispo que hace más por los emigrantes que todos sus verdugos. Obras son amores y no buenas razones.
Esos nuestros modos de pensar, de hablar o escribir, de trabajar…, nos facilitan la visión positiva que supone mirar a un año dedicado a la misericordia. En la Bula que lo convoca –a partir del próximo 8 de diciembre-, Francisco escribe: “Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir a los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y difuntos”. Después, ha sugerido algo muy práctico para los primeros siete meses de este año: hallar para cada mes de ese tiempo una obra de misericordia corporal y otra espiritual en la fijemos nuestros objetivos. Así viviremos las catorce de modo permanente.
Seguramente, esta idea del Papa puede servirnos a todos para despertar nuestra conciencia muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, de la soledad, de la incomprensión que es otro duro modo de aislamiento, como también sucede con la ignorancia o la falta de acogida al emigrante, la capacidad de perdonar y solicitar perdón, la virtud de ser mujeres y hombres de paz, de vencer el rencor con el cariño, de salir a todas las periferias existenciales en busca de quien pueda recibir un algo de nuestra asistencia. Al fin y al cabo, todo se resume en el amor que, si es verdadero, no es excluyente, llega a todos. De modo tempestivo, el Papa cita en su Bula las conocidas palabras de Juan de la Cruz: “En el ocaso de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor”.
Vuelvo al título de estas líneas: ¿no es cierto que a todos nos viene bien este Año de la Misericordia? Ciertamente esta virtud cordial resulta ineludible siempre, tanto dándola como siendo receptores. No obstante, será muy útil este empentón no sólo para subir el listón una temporada, sino para sostener y hacer progresar lo conseguido. Es una tarea costosa, es un trabajo de cuantos vivimos en este planeta, pero ¿no es ilusionante pensar en un mundo mejor, construido por el perdón, la comprensión y la generosidad de todos? Es cierto que la misericordia es un concepto nacido con el cristianismo pero, en la mayoría de sus aspectos, es propiedad de la humanidad. Por eso nos alcanza de muchas maneras a todos los humanos.
Una palabra para los bautizados: sería poco lógico el deseo de lograr esta virtud en alto grado sin acceder al Sacramento del Perdón, la muestra más alta de la Misericordia de Dios con el ser humano.
