
Eduardo III el Confesor, Santo
Laico, 5 de enero …
Hoy también se festeja a:
- • Rogerio de Todi, Beato
- • Sinclética, Santa
- • Pedro Bonilli, Beato
- • María Repetto, Beata
- • Marcelina Darowska, Beata
Invitación inesperada
Santo Evangelio según San Juan 1, 43-51. Viernes antes de Epifanía.
Por: Michael Vargas, LC | Fuente: somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Señor Jesús, enséñame a ser dócil a ti y a vivir con sencillez cada momento de mi vida.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Juan 1, 43-51
En aquel tiempo, determinó Jesús ir a Galilea, y encontrándose a Felipe, le dijo: “Sígueme”. Felipe era de Betsaida, la tierra de Andrés y de Pedro. Felipe se encontró con Natanael y le dijo: “Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en la ley y también los profetas. Es Jesús de Nazaret, el hijo de José”. Natanael replicó: “¿Acaso puede salir de Nazaret algo bueno?” Felipe le contestó: “Ven y lo verás”. Cuando Jesús vio que Natanael se acercaba, dijo: “Este es un verdadero israelita en el que no hay doblez”. Natanael le preguntó: “¿De dónde me conoces?” Jesús le respondió: “Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera”. Respondió Natanael: “Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel”. Jesús le contestó: “Tú crees, porque te he dicho que te vi debajo de la higuera. Mayores cosas has de ver”. Después añadió: “Yo les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Somos buscadores por naturaleza, ya sea de la verdadera felicidad, del sentido a nuestras vidas, en fin, buscamos un tesoro; pero, ¿qué tan bien buscamos? Es un hecho, a todos nos gusta, en dicha búsqueda, vivir nuevas experiencias y, si no, al menos renovarnos constantemente para seguir adelante y encontrar ese gran tesoro.
En el Evangelio de hoy el Señor nos hace una invitación, clara, sencilla, hermosa, pero que a su vez, requiere un poco de esfuerzo personal. Hoy el Señor nos invita a hacer una pausa en nuestro día y nos elige para vivir una verdadera experiencia con Él. ¿Para qué? Sencillamente para que le conozcamos más y, en base a eso, podamos amarlo más, pues no se ama aquello que no conocemos en profundidad. Nos puede gustar, llamar la atención, pero si no lo conocemos realmente, si no hacemos la experiencia, simplemente no lo podremos amar o lo amaremos superficialmente y, ante las dificultades, ante las contrariedades, este amor se esfumará.
Jesús nos llama a descubrirle. Así como invitó a Felipe así nos invita a cada uno. ¿Qué sucedería si realmente confiáramos más? ¡Cuanta confianza hay al aceptar esta invitación!, pues así como Él reconoce a Natanael debajo de la higuera, así también nos conoce a nosotros, sabe de qué estamos hechos y ve todo lo que hay en el fondo de nuestro corazón.
Pidamos al Señor y a nuestra Madre, la Santísima Virgen María, la gracia de amar más a Jesucristo y de poder compartir momentos en nuestras vidas para degustar de su presencia.
«Un cristiano es un invitado. ¿Invitado a qué? ¿A un negocio? ¿Invitado a un paseo? El Señor nos quiere decir algo más: ‘¡Estás invitado a una fiesta!’. El cristiano es el invitado a una fiesta, a la alegría, a la alegría de ser salvados, a la alegría de estar redimidos, a la alegría de participar en la vida con Jesús».
(Homilía de S.S. Francisco, 5 de noviembre de 2013).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Me esforzaré por tener un verdadero diálogo con Dios y viviré en comunión con Él durante mi día.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
«No hay más ciego que el que no quiere ver»
Parece que somos una humanidad ciega, que no puede sostenerse por si misma.
Por: Pbro. Joaquín Dauzón Montero | Fuente: Semanario Alégrate

Un pensador portugués escribió un ensayo sobre la ceguera que le valió, entre otras obras, el premio Nobel de literatura. Su tesis es un análisis de la sociedad a través de una epidemia simbólica sumamente contagiosa. Uno de los personajes anónimos se queda ciego (ceguera blanca) y al pedir ayuda contagia al que le presta ayuda y así se van contagiando sucesivamente, hasta que el gobierno X confina a todos en un lugar a propósito, para evitar una pandemia. Les da todo lo necesario para sobrevivir, pero no se compromete a más, y deja a todos que vivan a su antojo. Allí no hay ninguna obligación, ninguna ley ética, ninguna ley moral, que rija su comportamiento y los ayude a trascenderse.
Esto los lleva a olvidar su vida anterior, sus costumbres sociales, sus tradiciones transmitidas de generación en generación, hasta rebajarse y volver a su condición de animales. El hombre sin freno de ninguna clase, sin una ley que lo dirija, llega a portarse como éstos, porque los instintos son ciegos. Y todos somos animales en realidad, afirma el escritor. Pero hay una escena anterior que llama la atención, ya que la ceguera podría tener sus niveles: el médico que atiende al primer afectado, ignorando la causa de la ceguera de su paciente, le dice: “no puedo recetarte a ciegas”.
La ignorancia aceptada libremente es causa de ceguera (José Saramago, autor) ¡Un ciego no puede guiar a otro ciego, claro! El autor, pues, denuncia la ceguera de la sociedad, donde se aplica el dicho popular: no hay más ciego que quien no quiere ver. Perdón si me detuve mucho en el simbolismo de este autor, pero a mí me ha abierto los ojos.
Ahora bien, caigamos en la cuenta de que la ceguera que denuncia Jesús, no es problema de los ojos sino de la conciencia mal manejada. Y, ¿cómo liberarnos de esta ceguera? Bueno, muchos afirman que la misericordia es la que define a Dios y que es su misericordia la que permite al hombre caminar y vivir en la luz verdadera (lean Mt 9,5-6; 21,14). Es esa Luz, con mayúscula, quien puede ayudarnos a encontrarnos con la Verdad y con nuestra verdad.
Finalmente, no es cosa de poca importancia creer o no creer en Jesucristo cuando se trata de enfrentar las luchas de la vida: todo seguidor de Jesucristo está llamado a ver más allá del horizonte humano, porque está llamado a trascenderse, teniendo como objetivo la consecución de todas las promesas de su salvador. Sabe, por ejemplo, aceptar eso que Juan dice en su evangelio, entre otras verdades: “La luz brilló en las tinieblas y las tinieblas no la comprendieron…” Ojalá que esta afirmación no valga para nosotros… y más adelante dice: “La luz verdadera que ilumina a todo hombre…”, refiriéndose al mismo Señor (Jn 1,5 y 9).
Piensa, pues en tí y piensa también en el mundo que te ha tocado vivir, porque parece que somos una humanidad ciega, que no puede sostenerse por si misma.