Nuestra Señora de las Nieves
Advocación Mariana, 5 de agosto …
Hoy también se festeja a:
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- • Nona de Nacianzo, Santa
- • Nuestra Señora de las Nieves
- • Jaime Codina Casellas, Beato
- • José Trallero Lou, Beato
El que quiera venir conmigo, cargue con su cruz
Tiempo Ordinario
Por: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net

Del santo Evangelio según san Mateo 16, 24-28
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin antes haber visto llegar al Hijo del Hombre con majestad.
Oración introductoria
Padre santo, ayúdame a buscar lo que me haga crecer en el amor, para darte gloria y servir mejor a los demás: bienes que duren y valgan para la eternidad. Y, aunque no me guste ni me atreva a buscarla, que sepa renunciar a mí mismo para tomar mi cruz y seguirte.
Petición
Señor, dame la fortaleza para tomar mi cruz y seguir los pasos de tu Hijo.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.
Que tome su cruz y me siga.
El Evangelio de hoy nos alienta a la alegría y, asimismo, a aceptar el sufrimiento, la cruz, inseparables del seguimiento de Jesús. ¿Tengo experiencia de ambas realidades? ¿Sé armonizarlas en mi vida? A nadie le gusta sufrir. Pero el sufrimiento viene sin que lo busquemos. Todos podemos hablar de nuestra cruz de cada día. También de la lucha diaria por seguir a Jesús en medio de una sociedad que piensa y vive lo contrario.
En este Evangelio de Mateo, Jesús nos anima a seguirlo, a poner nuestros pasos en sus huellas. Jesús nos invita a superar nuestro egoísmo, a tomar nuestra cruz y a dar la vida por su reino.
La recompensa será enorme: Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces dará a cada uno lo que merecen sus obras.
Y quien sigue a Cristo tiene que aceptar llevar su cruz. Lo dice Jesús, en seguida, para hacer comprender a sus discípulos que sería una ilusión pensar en seguirlo, pero sin llevar con Él la cruz: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.” ¿Después del pecado, es éste el único camino de salvación para los individuos y para la humanidad entera?
Pedro no entendía las cosas de Dios, del mismo modo, por no situarnos nosotros en el plan del Padre, se nos hace difícil entender sus obras, sus planes para con nosotros. Tenemos necesidad de despojarnos de los criterios del hombre, de nuestros quereres, preferencias y egoísmo y adoptar sólo y únicamente el de Jesucristo.
«No se trata de una cruz ornamental, o de una cruz ideológica, sino que es la cruz del propio deber, la cruz del sacrificarse por los demás con amor —por los padres, los hijos, la familia, los amigos, también por los enemigos—, la cruz de la disponibilidad para ser solidarios con los pobres, para comprometerse por la justicia y la paz. Asumiendo esta actitud, estas cruces, siempre se pierde algo. No debemos olvidar jamás que “quien perderá la propia vida [por Cristo], la salvará”. Es un perder para ganar.»
(Homilía de S.S. Francisco, 19 de junio de 2016).
Reflexión
Un sacerdote tuvo que realizar un viaje a Estados Unidos y en el avión coincidió con un empresario muy importante. Después de un rato de diálogo, el millonario le contó esta confidencia: Daría con gusto gran parte de mi dinero con tal de volver a tener la experiencia de Dios que viví hace muchos años.
La amistad con Cristo no se paga con dinero, es gratis. Por eso es tan difícil lograrla, porque no se vende en ningún establecimiento. No es una mercancía, pero es el bien más cotizado del mundo. Y por desgracia, también el más desconocido.
¿Cómo se logra esa amistad? En primer lugar, haciéndose como Cristo. Para eso hay que empezar a conocerlo; leer el Evangelio, acudir a los sacramentos, dedicar momentos diarios a la oración, etc. Es necesario «empaparse» de sus enseñanzas, que son divinas. Es entonces cuando damos un fundamento sólido a nuestra vida cristiana.
Jesús nos avisa que esa transformación en Él es costosa, como cargar con una cruz sobre los hombros. No hay que engañarse. Pero también es la manera más plena de vivir, despreocupándose de los propios intereses y tratando a los demás como Cristo lo haría. Es así como podremos experimentar su amistad y cercanía. Así «recobramos» nuestra alma para el Señor y ayudamos, con nuestro testimonio, a los otros.
Diálogo con Cristo
Es mejor si este diálogo se hace espontáneamente, de corazón a Corazón
Señor, no es fácil ser tu amigo en la cruz. La tentación a escapar o renegar de la realidad, cuando se presentan los problemas, fácilmente me domina. Gracias por esta meditación que me confirma que puedo confiar en que, con tu gracia, puedo perseverar hasta el final. No puedo esperar gozar de una eternidad gloriosa, llena de fiesta y de alegría, si no derramo, por amor a Ti y a mis hermanos, un poco de sangre, sudor y lágrimas en la tierra.
Fatua seriedad
Margarita Carrera
Se trata de ser solemne, riguroso, para ocultar desconsoladores sentimientos de inseguridad, de malestar, de angustia. Nada más adecuado, entonces, que tomar una pose aparentemente estoica, una indiferencia que raya en la pedantería.
La espontánea risa, la ruidosa carcajada, se va oyendo cada vez menos en una sociedad en donde todo el mundo trata de forjarse una imagen “decorosa”, de acuerdo con los postulados de una educación mezquina, de unos prejuicios que devoran implacables los más nobles sentimientos humanos.
Cuando vamos por la calle y oímos, de pronto, una sonora carcajada, no dejamos de volver a ver con asombro al ser que la emitió. Y pensamos con deleite, ¡todavía existe uno que otro ser humano en el universo que sabe reír! Esto nos consuela bastante: no se ha perdido del todo la humanidad.
La carcajada, así casi rotunda, es siempre grandiosa. Tiene una majestuosidad incomparable. El que tiene la capacidad de sentirla y expresarla es alguien muy especial, alguien que aún conserva los lejanos y primigenios rasgos de lo auténticamente humano. Ese alguien, sabe, además, bailar.
Aunque sólo desde adentro. Sus emociones le bailan y sus alegrías y su vida entera. Sabe, así, reír y bailar, sabe ser maravilloso y expectablemente humano. También sabrá llorar de manera desbordante y catártica.
Nietzsche, a quien siempre nos lo figuramos trágicamente serio bajo su penetrante mirada y enormes mostachos, predica el baile y la carcajada. Al hablarnos del superhombre nos está hablando del hombre auténtico, de aquel que no se deja dominar por una educación pedestre, del rebelde que se cuestiona y cuestiona, que no se conforma, que se lanza valientemente a ser él mismo, a costa de la infamante masa humana agobiada por el peso de una civilización en decadencia.
Gracias a su incapacidad de adaptación —que implica salud más que enfermedad—, hay ciertos seres que salvan la especie humana conservando sus atributos más preciosos: saber amar, saber reír a carcajadas, saber llorar, saber bailar, saber ir por el mundo diciendo lo que se siente, sin tapujos ni estudiadas poses robotizadas.
A menudo, cuando estamos en reuniones de índole diversa, nos sentimos como si nos halláramos en asfixiantes cárceles. Vemos a las personas que nos rodean actuar como autómatas, rebuscando palabras, frases, sonrisas forzadas. Y al hablar con ellas u oírlas hablar nos damos cuenta de que solo estamos emitiendo sonidos, palabras que al estar vacías de emoción han quedado también vacías de conceptos. La incomunicación es total. Nadie dice nada, sabe nada, siente nada. El lema para estas multitudes enajenadas es impactar en una u otra forma al prójimo, al que está enfrente, el cual sigue idéntico procedimiento convencional y equívoco, que le forja una imagen aceptable y cotizable, de acuerdo con el mercado de la compra y venta de personas.
Y tenemos la falsa idea de que los hombres célebres fueron serios, solemnes, incapaces de gozar la vida a borbotones.
Hesse, que como todo artista está más cerca de lo que es el hombre en verdad, se aproxima, en uno de sus sueños de El lobo estepario a la grandiosa figura de Goethe, a quien desmitifica, volviéndolo nada más y nada menos que un ser humano que no se toma tan en serio a sí mismo y sabe hacer bromas, carcajearse, bailar y disparatar.
Porque los escritores, como todos los artistas, son fundamentalmente humanos, inequívocamente hechos de carne y hueso deleznables. Seres que tiemblan, gritan, se carcajean, lloran, bailan, aman, sufren, gozan, se entregan a la vida en forma tan espontánea y verídica como se entregan a su obra.
El valor del arte es que nos acerca a nosotros mismos, a nuestra humanidad escondida, y nos la resucita, nos la saca de las casillas denigrantes en donde una sociedad hipócrita y temerosa nos la ha colocado.
