Fernando lll, Santo
Memoria Litúrgica, 30 de mayo…
Hoy también se festeja a:
- • Lucas Kirby, Santo, y 3 compañeros beatos
- • Otón Neururer, Beato
- • José Marello, Santo
- • Dimpna (o Difna), Santa
- • Marta Wiecka, Beata
La felicidad está en el servicio
Por: H. Rogelio Suárez, L.C. | Fuente: missionkits.org
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Señor Jesús, aumenta en mí el deseo de ser santo dándome a Ti en el servicio a los demás. Renueva en mí cada día mi amor por Ti, y si mi amor se ha desviado condúcelo de nuevo a Ti.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Marcos 10, 32-45
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos iban camino subiendo a Jerusalén y Jesús se les iba adelantando. Los discípulos estaban sorprendidos y la gente que lo seguía tenía miedo. Él se llevó aparte otra vez a los Doce y se puso a decirles lo que le iba a suceder: «Ya ven que estamos subiendo a Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; van a condenarlo a muerte y a entregarlo a los paganos; se van a burlar de él, van a escupirlo, a azotarlo y a matarlo; pero al tercer día resucitará».
Entonces se acercaron a Jesús Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte». Él les dijo: «¿Qué es lo que desean?» Le respondieron: ‘Concede que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria». Jesús les replicó: «No saben lo que piden. ¿Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con que seré bautizado?» Le respondieron: «Sí podemos». Y Jesús les dijo: «Ciertamente pasarán la prueba que yo voy a pasar y recibirán el bautismo con que yo seré bautizado; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; eso es para quienes está reservado».
Cuando los otros diez apóstoles oyeron esto, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús reunió entonces a los Doce y les dijo: «Ya saben que los jefes de las naciones las gobiernan como si fueran sus dueños y los poderosos las oprimen. Pero no debe ser así entre ustedes. Al contrario: el que quiera ser grande entre ustedes que sea su servidor, y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos, así como el Hijo del hombre, que no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y a dar su vida por la redención de todos».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Hoy en día se cree que los más grandes son aquellos que tiene a los demás bajo su poder, bajo su dominio. En verdad es todo lo contrario, es el que sirve a los demás el que es más grande. El verdadero amor implica donación, implica darse por completo al amado. Si amamos a Dios, amamos a los que nos rodean. Al servir a los demás, servimos a Dios. Que nuestra vida sea un constante servicio, una constante donación al prójimo.
El servir implica salir de uno mismo, que a todos nos cuesta, pues es hacer algo que en sí no queremos. Lo más natural es dejar que los demás hagan y sirvan. Pero en la entrega es en donde encontramos la verdadera felicidad.
Rabindranath Tagore, un poeta filósofo, dijo: «Soñé que la vida era alegría. Me desperté y vi que la vida era servicio. Serví y comprendí que el servicio era alegría.». Él pudo entender que en el servicio se encuentra la felicidad, en el darse a uno mismo a los demás. Nosotros, como católicos, estamos llamados a encontrar esa felicidad en el servicio a nuestro prójimo. Si la felicidad está en el servicio, para ser feliz tengo que servir a los demás con amor, nunca servir por servir.
Jesús camina con decisión hacia Jerusalén. Sabe bien lo que allí le aguarda y ha hablado ya de ello muchas veces a sus discípulos. Pero entre el corazón de Jesús y el corazón de los discípulos hay una distancia, que sólo el Espíritu Santo podrá colmar. Jesús lo sabe; por esto tiene paciencia con ellos, habla con sinceridad y sobre todo les precede, camina delante de ellos. A lo largo del camino, los discípulos están distraídos por intereses que no son coherentes con la «dirección» de Jesús, con su voluntad, que es una con la voluntad del Padre. Así como -hemos escuchado- los dos hermanos Santiago y Juan piensan en lo hermoso que sería sentarse uno a la derecha y el otro a la izquierda del rey de Israel. No miran la realidad. Creen que ven pero no ven, que saben pero no saben, que entienden mejor que los otros pero no entienden. […]
A través de la intercesión de la Virgen María, invocamos con fe el Espíritu Santo, para que reduzca toda distancia entre nuestro corazón y el corazón de Cristo, y toda nuestra vida sea un servicio a Dios y a los hermanos.
(Homilía de S.S. Francisco, 28 de junio de 2017).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Buscaré un tiempo para estar con Jesús Eucaristía y haré un acto de servicio a mi prójimo por amor a Dios.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Juana de Arco: el detalle que se escapó
Por: Gonzalo Abadie | Fuente: Religión en Libertad
Fue juzgada por un poder extranjero en su propia patria, hace casi seiscientos años. Inglaterra decidió que no debía quedar el menor vestigio de su cuerpo, y que aun su memoria fuera destruida. Por eso, una vez que la muchacha cayó cautiva en sus manos, los ingleses desistieron de ejecutarla de inmediato, porque —pensaban—, eso podía volverse como un búmeran en su contra, pues no haría sino catapultarla a las alturas y ensalzar su fama de heroína a las glorias del martirio.
En su lugar, y a pesar del miedo que les producía la posibilidad de que la legendaria prisionera se les pudiese escapar, prefirieron simular un proceso inquisitorial en el que su condena estuviera asegurada antes de comenzar el juicio, y al cabo del cual Juana de Arco fuera desenmascarada como hereje mentirosa digna del suplicio. Una bruja, una hechicera, una embaucadora que había engañado a los franceses pretextando escuchar voces procedentes del Cielo, cuando en realidad —a esta conclusión debían arribar— no se había tratado sino de influencias demoníacas.
En realidad, el asunto religioso en sí les importaba un rábano. Inglaterra necesitaba matar a Juana para saciar su deseo de venganza por una parte, y por otra, por motivos políticos. El odio contra ella era tremendo, pues aquella jovencita los había desairado dejándolos en ridículo con tan solo 17 años. Una aldeana analfabeta que en su vida había salido de su pueblito de apenas cuarenta casas, se había convertido de la noche a la mañana en jefa del ejército francés. Ni siquiera una mujer. Apenas una jovencita vestida como varón que se movía a sus anchas por el campo de batalla montada en su caballo blanco, portando un gran estandarte, venerada por capitanes y soldados, obedecida por todos, audaz y resuelta, distinguida por un singular genio militar que dejaba patitiesos a los experimentados jefes franceses cada vez que daba a conocer su estrategia, la cual resultaba desconcertante por la osadía o extrema peligrosidad que representaba.
Como sucedió en Orleans, cuando los jefes franceses, perplejos al escuchar el plan de la recién llegada, resistieron sus órdenes por lo descabelladas que les resultaban, y recibieron una terminante respuesta, tal como era su estilo de pocas palabras, pero palabras de acero: «Ustedes han tenido su consejo, yo tengo el mío; y crean que el consejo de mi Señor se cumplirá y triunfará y que el vuestro fracasará».
Eran momentos dramáticos, pues, tras la ciudad, caería el reino de Francia, que se encontraba sin rey, y postrado, derrotado militar, política y moralmente. Venía arrastrando una larga y penosa contienda —la Guerra de los Cien Años—, machacados una y otra vez por Inglaterra, que pretendía apoderarse de la corona francesa que reclamaba para sí, y que creía ya tener casi en su puño. Por si fuera poco, los franceses se habían enfrascado en una guerra civil, y alguna región, como la de los borgoñones, había hecho alianza con los ingleses. Cansados de tanta lucha, de perder tanto y durante tanto tiempo, malquistados unos con otros, habían bajado la cabeza, y habían aceptado el yugo del ejército invasor. El caos político auspiciaba el pillaje y favorecía la suerte de los bandidos. París estaba con los ingleses, y la famosa Universidad de la Sorbona se había involucrado hasta los tuétanos en el Tratado de Troyes, pocos años antes, por el que se había declarado herederos del trono de Francia al rey inglés y a sus sucesores.
De este modo, el destino del errante, debilitado y cobardón delfín (así se llama al príncipe heredero francés) se presentaba más que negro. Para poder despejarles todavía más el camino a los ingleses, su propia madre lo tachó de bastardo, y de esta manera, lo dejaba fuera de toda aspiración a convertirse en rey de los franceses. Reducido casi a la nada, zangoloteado por tantas calamidades, el delfín (futuro Carlos VII) deambulaba de aquí para allá con la breve esperanza de diferir al menos el golpe fatal, moviéndose sigiloso de un punto a otro para no caer en la ratonera, mortificado por la duda de si gozaba siquiera de los derechos legítimos sobre la corona. No solo no tenía certezas de adónde ir, sino, tampoco, de dónde venía. El que creía su padre había muerto desquiciado por la locura; la que creía su madre lo traicionaba.
Solo Orleans, que desde hacía siete meses libraba solitaria una resistencia feroz y desesperada, mantenía la llama encendida de quienes aún aguardaban la milagrosa liberación del reino. Fue en esta hora precisa y sonada que se cruzó en el camino del delfín una campesina que decía estar asistida por la voz de Dios que le ordenaba liberar a Francia y coronar como rey al desanimado delfín. Y este detalle trastornará el plan que los enemigos de Francia —Inglaterra, la Sorbona y los borgoñones— creían ya consumado. Y estos mismos enemigos la llevarán a la hoguera. No solo para perder su cuerpo, sino también su crédito. Pues desopinar a Juana era quitarse de encima a Carlos VII, cuyo acceso al trono se fundaba en la voluntad de Dios, quien, contrariando la calumnia materna, defendía la legitimidad del delfín.
