Gabriel de la Dolorosa, Santo
Religioso Pasionista, 27 de febrero…
Hoy también se festeja a:
- • Guillermo Richardson, Beato
- • Roger Filcock, Beato
- • Lucas de Mesina, Santo
- • Basilio de Constantinopla y Procopio Decapolita, Santos
- • Besa de Alejandría, Santo
Aprender a ver y buscar lo que une, no lo que divide
Por: H. Hans Candell, L.C. | Fuente: www.somosrc.mx
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Señor Jesús, gracias por este nuevo día. Gracias por que permites que pueda estar hoy ante Ti. Quiero estar atento a escuchar lo que quieres de mí. Ayúdame, Madre mía, a cumplir aquello que Dios me quiera pedir hoy.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Marcos 9, 38-40
En aquel tiempo, Juan el bautista le dijo a Jesús: «Hemos visto a uno que expulsaba a los demonios en tu nombre, y como no es de los nuestros, se lo prohibimos». Pero Jesús le respondió: «No se lo prohíban, porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre que luego sea capaz de hablar mal de mí. Todo aquel que no está contra nosotros, está a nuestro favor».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Dos peligrosos extremismos afectan a menudo nuestra religiosidad: unos la conciben como un círculo cerrado, casi inaccesible y reservado para unos pocos afortunados; otros, por el contrario, haciendo de cada hierba un fardo, llegan a pensar y decir que todas las religiones son iguales, siempre que conduzcan al Dios único, cayendo así en un verdadero y propio sincretismo.
Al principio, ni siquiera los apóstoles tenían ideas claras: se ponían a la defensiva viendo a algunos que expulsaban a los demonios; pero no estaban en su grupo. Siempre existe el riesgo de creer que ciertos privilegios son monopolio de unos pocos y que no pueden pertenecer a otros. Jesús dicta un sano criterio de discernimiento al decir: «Quien no está en contra de nosotros, está a favor de nosotros». Quiere decirnos que el verdadero bien puede venir de cualquier persona con un corazón justo y sincero, y que lo busque en el único Dios, que distribuye sus dones con absoluta libertad y liberalidad. Este principio nos abre a un ecumenismo sano, que, sin despreciar las verdades de nuestra fe, sin proponernos renunciar a ninguna de las verdades reveladas, nos impulsa a ser capaces de ver todas las diferentes fuentes de bien, dispersas incluso donde no hay plenitud de verdad y certeza de revelación.
Esta misma visión nos ilumina también en nuestras relaciones interpersonales cotidianas; aprendamos a mirar al mundo y al prójimo con respeto y con un optimismo sereno y motivado. También aprendamos a no canalizar en estrechos arroyos los misteriosos caminos de Dios, que por su infinita grandeza, se extienden en su infinita libertad. Es la miopía espiritual que degenera en extremismo la que quisiera implicar el nombre de Dios en la violencia y la venganza de los hombres. ¡Esto es un sacrilegio! Un santo y sabio Pontífice, san Juan XXIII, nos invitó a los cristianos a buscar todo lo que nos une sin resaltar mucho lo que nos divide.
«Cuando la política se traduce, concretamente, en un estímulo de los jóvenes talentos y de las vocaciones que quieren realizarse, la paz se propaga en las conciencias y sobre los rostros. Se llega a una confianza dinámica, que significa “yo confío en ti y creo contigo” en la posibilidad de trabajar juntos por el bien común. La política favorece la paz si se realiza, por lo tanto, reconociendo los carismas y las capacidades de cada persona. “¿Hay acaso algo más bello que una mano tendida? Esta ha sido querida por Dios para dar y recibir. Dios no la ha querido para que mate o haga sufrir, sino para que cuide y ayude a vivir. Junto con el corazón y la mente, también la mano puede hacerse un instrumento de diálogo”. Cada uno puede aportar su propia piedra para la construcción de la casa común. La auténtica vida política, fundada en el derecho y en un diálogo leal entre los protagonistas, se renueva con la convicción de que cada mujer, cada hombre y cada generación encierran en sí mismos una promesa que puede liberar nuevas energías relacionales, intelectuales, culturales y espirituales.»
(Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, de S.S. Francisco, 1 de enero de 2019).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Estaré muy atento a ver el bien que Dios quiere revelarme, especialmente en aquellas situaciones o personas en las que me parece que no puede haber nada bueno.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristianos que viven sin aspirar a la santidad
Por: Redacción | Fuente: ACI Prensa
El Papa Francisco llamó la atención sobre la incoherencia de aquellos cristianos que viven sin aspirar a la santidad, reconociéndose cristianos, pero actuando como si no lo fueran.
“Dios es santo, pero si nosotros, si nuestra vida no es santa se produce una gran incoherencia. La santidad de Dios debe reflejarse en nuestras acciones, en nuestra vida. ‘Yo soy cristiano, Dios es Santo, pero yo hago muchas cosas malas’. No, esto no sirve, esto hace mal, esto escandaliza y no ayuda”, señaló el Santo Padre durante la Audiencia General de este miércoles 27 de febrero.
Durante su catequesis, el Pontífice continuó “el camino de redescubrimiento de la oración del Padre Nuestro”, “hoy profundizaremos en la primera de sus siete invocaciones, esto es, ‘sea santificado tu nombre’”.
Recordó que “las peticiones del Padre Nuestro son siete, fácilmente divisibles en dos subgrupos. Las primeras tienen al centro el ‘Tú’ de Dios Padre; las otras cuatro tienen en el centro el ‘nosotros’ y nuestras necesidades humanas”.
En la primera parte, “Jesús nos hace entrar en sus deseos, todos dirigidos al Padre: ‘sea santificado tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad’; en la segunda es Él el que entra en nosotros y se hace intérprete de nuestras necesidades: el pan de cada día, el perdón de los pecados, la ayuda en las tentaciones y la liberación del mal”.
“Aquí se encuentra la matriz de toda oración cristiana, diría que de toda oración humana, que siempre está hecha de, por una parte, contemplación de Dios, de su misterio, de su belleza y bondad, y, de otra, de sincera y valiente búsqueda de aquello que sirve para vivir, y vivir bien”.
De ese modo, “en su simplicidad y esencialidad, el Padre Nuestro educa a quien lo reza a no multiplicar palabras vanas”.
“Cuando hablamos con Dios, no lo hacemos para revelarle aquello que tenemos en el corazón: Él lo conoce mucho mejor que nosotros mismos. Si Dios es un misterio para nosotros, nosotros, en cambio, no somos un enigma a sus ojos. Dios es como esas madres a las que les basta una simple mirada para comprenderlo todo de sus hijos: si están contentos o tristes, si son sinceros o si esconden alguna cosa”.
Señaló Francisco que “el primer paso de la oración cristiana es, por lo tanto, confiarnos nosotros mismos a Dios, a su providencia”. “Las peticiones del cristiano expresan la confianza en el Padre, y es precisamente esta confianza la que nos hace pedir aquello de lo que tenemos necesidad sin ansia ni agitación”.
Por este motivo, “rezamos diciendo: ‘Santificado sea tu nombre’. En esta petición, la primera, se experimenta toda la admiración de Jesús por la belleza y la grandeza del Padre, y el deseo de que todos lo reconozcan y la amen como aquello que verdaderamente es. Y, al mismo tiempo, está la petición de que su nombre se santifique en nosotros, en nuestra familia, en nuestra comunidad, en el mundo entero”.
“Es Dios quien santifica, quien nos transforma con su amor, pero, al mismo tiempo, también somos nosotros los que, con nuestro testimonio, manifestamos la santidad de Dios en el mundo, haciendo presente su nombre”, concluyó el Papa su catequesis.
