ACLARACIÓN ⚠️
Estimad@s herman@s de la Comunidad Virgen del Camino y amig@s en general:
Debido a un mensaje que está circulando en distintas redes sociales y que el mismo se ha viralizado, sobre que se solicita sangre para el Padre Francisco González Pedraz, y a su vez ante la amabilidad de muchas personas que nos han escrito, llamado y preguntado sobre la salud del Padre, y que se hace difícil contestar y explicar a cada uno como merecen, escribimos el presente mensaje para aclarar:
1. SI es cierto el mensaje, se necesita sangre de cualquier tipo para el Padre Pedraz y por favor si les es posible donar en el Hospital Herrera Llerandi.
2. El Padre NO está hospitalizado, está mejorando gracias a la misericordia de Dios en su casa.
3. Al Padre Pedraz se le realizó una transfusión de sangre en la comodidad de su hogar por recomendación de su Médico tratante, con el objetivo de subirle los niveles de hemoglobina que estaban bajos y ciertamente va a necesitar otras transfusiones muy pronto para que siga progresando en su salud, por lo que se necesitan donadores como se menciona.
* Les rogamos donar sangre de «cυalqυιer тιpo» desde ya en el Hospital Herrera Llerandi zona 10, indicando que es para el Padre Francisco González Pedraz, Médico Tratante Dr. Manuel Lago Muñiz.
Muchas gracias a tod@s por estar pendientes de la salud de nuestro amado Padre Francisco González Pedraz, Dios se los multiplique y agradecemos sus valiosas oraciones ante Nuestro Señor, al igual que solicitamos su donación de sangre para el Padre, como hemos comentado.
Que El Niño Dios recién nacido quede con Uds. y nuestra Virgen María interceda y nos guarde con su bondad de Madre Buena 🙏 🛐

Fiesta Litúrgica, 26 de diciembre…
Hoy también se festeja a:
- • Segundo Pollo, Beato
- • Dionisio, Santo
- • Inés Phila, Lucía Khambang y compañeras, Beatas
- • Zósimo, Santo
- • Vicenta María López y Vicuña, Santa
Perseverar en el amor
Por: H. José Alberto Rincón Cárdenas, L.C. | Fuente: missionkits.org
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Señor, que en medio de la dificultad no aparte mi mirada de tu rostro.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 10, 17-22
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: «Cuídense de la gente, porque los llevarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas y los harán comparecer ante gobernadores y reyes, por mi causa; así darán testimonio de mí ante ellos y ante los paganos. Pero, cuando los entreguen, no se preocupen de lo que van a decir o por la forma de decirlo, porque, en su momento se les inspirará lo que han de decir. Pues no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre el que hablará por ustedes.
El hermano entregará a su hermano a la muerte y el padre, a su hijo; los hijos se levantarán contra sus padres, y los matarán; todos los odiarán a ustedes por mi causa, pero el que persevere hasta el final se salvará».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
En cualquier lugar al que dirijamos nuestros ojos encontraremos dificultad. El mal y el bien cohabitan en el corazón del hombre caído, pero no puede ser así en el corazón del hombre redimido por Cristo. Es decir, si de verdad creo que Él ha venido al mundo no sólo para salvarlo, sino para salvarme –a mí, con mi nombre y mi historia– no puedo dejarme vencer por el mal.
Por eso los mártires, testigos del amor doliente de Cristo, no agachan la cabeza ante la adversidad. Aprendamos de su ejemplo. Es probable que a nosotros jamás nos toque enfrentarnos al riesgo de perder nuestra vida a causa de nuestra fe. Esto debe lanzarnos una pregunta obligada: ¿qué hago yo cuando el mundo me presenta algo distinto de lo que mi fe me propone?
Muchas veces caemos en el error de pensar que ser cristiano es tan sólo cumplir un número de preceptos que la Iglesia indica. Nada de eso. Quien actúa así, se comporta como un fariseo moderno, de ésos a los que Jesús acusaba de hipocresía. Ser cristiano es algo mucho más grande, porque ha costado la sangre del Hijo de Dios. Precisamente, ser cristiano es reconocerme como hijo del Padre Celestial y, en calidad de tal, cumplir por amor lo que su voluntad me invita a seguir.
Eso es lo que nos muestra san Esteban, quien no hizo más que proclamar públicamente su fe en que Cristo era el Mesías. Por esto lo condujeron fuera de la ciudad, para apedrearlo. Él no desistió de su fe. Por su perseverancia hasta el final, Dios le concedió ver los cielos abiertos y al Hijo del Hombre en toda su gloria. ¿Qué habrá experimentado Esteban al sentir la mirada de su Señor resucitado sobre él mientras se disponía a entregar su vida?
Por eso, cuando nos encontremos en medio de las olas que golpean nuestra pequeña barca –esas preocupaciones y problemas de cada día– recordemos que allá arriba tenemos alguien que ya ha surcado los mares traicioneros, y los ha conquistado para que nosotros no perezcamos. En esos momentos, basta sólo con alzar los ojos a Él, ofrecerle la prueba a la que nos vemos sometidos, y confiar que jamás nos abandonará.
A mí me conmueve tanto ver cómo Esteban hace ese largo recorrido para defenderse de los que le acusaban: no escuchaban y, al mismo tiempo, elegían las piedras para lapidarlo. Para ellos era más importante lapidar a Esteban que escuchar la verdad. Este es el drama de la avaricia humana: que también la avaricia es débil, porque este rey tiene ganas de muchas cosas, pero es un débil, y cuando ve que no puede va a la cama. Es aquí donde está la crueldad de quien habla al oído y le dice qué debe hacer: destruir. Y así hemos visto a muchas personas destruidas por una comunicación malvada como esta que hizo la reina Jezabel: muchas personas, muchos países destruidos por dictaduras malvadas y calumniosas: pensemos, por ejemplo, en las dictaduras del siglo pasado.
(Homilía de S.S. Francisco, 18 de junio de 2018, en santa Marta).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Ofreceré un pequeño sacrificio espiritual en favor de mis hermanos perseguidos por creer en Cristo.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
¿Por qué no dejamos de pecar?
Por: Daniel Alberto Robles Macías | Fuente: ConMasGracia.org
Cuando hemos ofendido o lastimado a alguien que queremos, al ser conscientes del daño que ocasionamos, seguramente que no nos quedarán ganas de volverlo a hacer. Incluso, hasta buscamos la forma de reparar el daño y así demostrar cuánto es que nos pesó cometer tal acción. Así también, debería ser nuestra actitud cada que acudimos al sacramento de la confesión y, el sacerdote, al darnos la absolución, nos impone una penitencia.
De hecho, después de que nos hemos confesado, decimos el acto de contrición que dice así: “Dios mío, me arrepiento de todo corazón de todo lo malo que he hecho y de lo bueno que he dejado de hacer; porque pecando te he ofendido a ti, que eres el sumo bien y digno de ser amado sobre todas las cosas. Propongo firmemente, con tu gracia, cumplir la penitencia, nunca más pecar y evitar las ocasiones de pecado. Amén”.
Dentro de esa oración me llama la atención cuando decimos: Propongo firmemente, […] nunca más pecar y evitar las ocasiones de pecado”. ¿Es posible dejar de pecar? Y, si no, entonces ¿Por qué lo decimos?
En definitiva, por nuestra debilidad humana es imposible dejar de pecar. Sabemos que volveremos a hacerlo y todo por consecuencia del pecado original y por nuestra fragilidad. San Pablo era consciente de esto, cuando dijo: “Sabemos que la Ley es espiritual, pero yo soy hombre de carne y vendido al pecado. No entiendo mis propios actos: no hago lo que quiero y hago las cosas que detesto” (Rm 7, 14-15).
Por más que lo queramos, no dejaremos de pecar, pues siempre volveremos a caer, aunque esto no deberá ser una excusa para no luchar ni esforzarnos por ser mejores. Por lo tanto, cuando expresamos en el acto de contrición “nunca más pecar”, no damos por hecho que así pasará, pues nadie puede tener esa certeza, ya que, como seres humanos, somos débiles y presa fácil del pecado.
Pero cuidado, no por ser propensos al pecado significa que debamos decir: “Para qué me esfuerzo en no pecar, si al fin y al cabo, seguiré cayendo más veces”. No caigamos en ese extremo, ya que esa actitud de indiferencia sólo nos aleja del verdadero arrepentimiento y del dolor por haber pecado; es como si nos anestesiaran y no sentimos nada por haber pecado. Y es muy triste saber que hay muchos católicos que piensan así y que no se acercan a la confesión.
Cuando hemos pecado, debería pasarnos como cuando hemos ofendido a un ser querido. A quien nos duele ver sufrir por nuestra ofensa, y por ello, nos esforzamos lo más posible para no volverlo a hacer. Así también, con el pecado debemos desear no volverlo a cometer, porque nos duele saber el daño que cometimos.
Hay que estar decididos a no volver a pecar, aún a sabiendas de que podemos cometerlo otra vez. Y para lograrlo debemos evitar las ocasiones que sabes que te pueden hacer caer en el pecado. Algunos de los medios concretos con los que contamos para alejarnos del pecado son: la oración sincera a Dios, fortalecer nuestra voluntad y, por último, como dice aquella frase: “evita la ocasión y evitarás el pecado”.
El Santo Cura de Ars decía: “Piensan que no tiene sentido recibir la absolución hoy, sabiendo que mañana cometerán nuevamente los mismos pecados. Pero Dios mismo olvida en ese momento los pecados de mañana, para darles su gracia hoy”.
