
Modesto de Tréveris, Santo
Obispo, 24 de febrero …
Hoy también se festeja a:
- • Tomás María Fusco, Beato
- • Ascensión del Corazón de Jesús (Florentina Nicol), Beata
- • Josefa Naval Girbés, Beata
- • Etelberto, Santo
- • Marco de Marconi, Beato
No he venido a ser servido sino a servir
Cuaresma y Semana Santa
Por: José Fernández de Mesa | Fuente: Catholic.net

Del santo Evangelio según san Mateo 20, 17-28
Cuando iba subiendo Jesús a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará. Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. El le dijo: «¿Qué quieres?» Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?» Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre. Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor,y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».
Oración introductoria
Jesús, permite que esta meditación me lleve a crecer en el amor, especialmente en este tiempo en que la Iglesia me invita a contemplar el gran sacrificio que implicó mi redención. Guía mi oración, ilumíname para que no sólo comprenda, sino que viva, en todo y con todos, la caridad.
Petición
Te suplico, Jesús, que nunca permitas que sea indiferente a tus innumerables muestras de amor.
Meditación del Papa Francisco
Jesús es el Siervo del Señor: su vida y su muerte, bajo la forma total del servicio, son la fuente de nuestra salvación y de la reconciliación de la humanidad con Dios. El kerigma, corazón del Evangelio, anuncia que las profecías del Siervo del Señor se han cumplido con su muerte y resurrección. La narración de san Marcos describe la escena de Jesús con los discípulos Santiago y Juan, los cuales –sostenidos por su madre– querían sentarse a su derecha y a su izquierda en el reino de Dios, reclamando puestos de honor, según su visión jerárquica del reino. El planteamiento con el que se mueven estaba todavía contaminado por sueños de realización terrena. Jesús entonces produce una primera “convulsión” en esas convicciones de los discípulos haciendo referencia a su camino en esta tierra: “El cáliz que yo voy a beber lo beberéis… pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado”. Con la imagen del cáliz, les da la posibilidad de asociarse completamente a su destino de sufrimiento, pero sin garantizarles los puestos de honor que ambicionaban. Su respuesta es una invitación a seguirlo por la vía del amor y el servicio, rechazando la tentación mundana de querer sobresalir y mandar sobre los demás.
Frente a los que luchan por alcanzar el poder y el éxito, para hacerse ver, frente a los que quieren ser reconocidos por sus propios méritos y trabajos, los discípulos están llamados a hacer lo contrario. Por eso les advierte: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor”. Con estas palabras señala que en la comunidad cristiana el modelo de autoridad es el servicio. (Homilía de S.S. Francisco, 18 de octubre de 2015).
Reflexión
Se acerca el momento de la pasión. Jesús está en Jerusalén con sus discípulos y pronuncia clarísimamente el tercer anuncio de su muerte. ¿Qué pensaban los discípulos en ese instante? ¿Se les encogía el corazón sólo de pensar en Jesús torturado, escarnecido, insultado, como decían los antiguos profetas?
Contrariamente a todo esto los apóstoles se enredan en una discusión egoísta sobre quién será el primero en el Reino de los Cielos. Si bien la discusión es originada por las palabras de la madre de Santiago y Juan, el pensamiento de quién de ellos estaría más cerca de Jesús en su Reino se albergaba en el corazón de cada uno de ellos. También en ocasiones nosotros, en el momento en que Cristo quiere decirnos algo importante o darnos una gracia especial, nos enredamos en nuestros pensamientos egoístas, y no escuchamos todo aquello que Jesús quiere decirnos.
El que quiera ser el primero, que sea el último. Jesús ama a los humildes, a los sencillos, a los que son como niños. El que es sencillo nunca desea el primer puesto para sí, sino para los demás. Vivamos estos días de preparación para la Semana Santa esta virtud de la sencillez y la humildad para que Cristo vea en nuestros corazones la ternura de un niño. Preparémonos de esta manera para la Pasión del Señor, y no como lo hacían los apóstoles movidos por sus pensamientos egoístas.
La soberbia: una lucha constante
Por: Pablo Augusto Perazzo | Fuente: CEC

10 noviembre, 2015
Con humildad debemos reconocernos pequeños y limitados, indignos y pecadores. Queriendo hacer el bien, queriendo una felicidad infinita, anhelando la inmortalidad, constatamos nuestra condición de miseria. Es realmente una paradoja. Lo explica muy bien el Apóstol San Pablo en su carta a los Romanos: «…no acabo de comprender mi conducta, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco» (Rom 7, 15).
Frente a esta realidad nos toca aceptar la condición real de indignos pecadores. «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no habita en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, Dios, que es justo y fiel, perdonará nuestros pecados y nos purificará e toda maldad» (1Jn 1, 8-9). Sólo entonces nos hacemos capaces de superar el pecado. «Te basta mi gracia, ya que la fuerza se pone de manifiesto en la debilidad. Gustosamente, pues, seguiré enorgulleciéndome de mis debilidades, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Y me complazco en soportar por Cristo debilidades, injurias, necesidades, persecuciones y angustias, porque cuando me siento débil, entonces es cuando soy fuerte» (2Co 12, 9-10).
Por lo tanto, no podemos ser autosuficientes. Tampoco creer que podemos resolver todos los problemas. Nosotros, si estamos solos, no somos capaces de superar nuestras limitaciones físicas, y menos aún nuestra debilidad moral. «¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo, que me lleva a la muerte? ¡Tendré que agradecérselo a Dios por medio de Jesucristo, nuestro Señor!» (Rom 7, 24-25). Si nos creemos capaces de resolver todo con nuestras propias fuerzas, entonces la ayuda de los demás y la ayuda de Dios no “tienen lugar”. No tienen razón de ser en nuestras vidas.
La autosuficiencia se manifiesta en cada uno de distintas formas, pero hay un denominador común: creer que se tiene todo manejado y controlado; que se está por encima de los demás. Es una aproximación totalmente inmadura, de alguien que no quiere reconocer sus limitaciones. Hay una idea de creerse “inmaculado” o “perfecto”. Nada más lejano a la realidad. Ya lo decía Shakespeare en Hamlet: “There are more things in heaven and earth, Horatio, than are dreamt of in your philosophy.”
Creerse perfecto, o mejor que los demás, –lo que es señal inequívoca de soberbia– es mirar solamente lo “demasiado bueno” que soy. Esa soberbia no permite que aceptemos y reconozcamos los problemas, defectos o pecados que podemos tener. Todos sabemos que es imposible ser perfectos, pero el soberbio cree que lo es, o por lo menos, está muy cerca de serlo.
La respuesta frente a la soberbia es el camino de la humildad. Empieza por la aceptación de quiénes realmente somos. Tener un problema no nos hace más ni menos. Nuestro valor no está en tener cualidades extraordinarias, o en tener menos problemas que los demás. La humildad nos lleva a reconocer dónde está nuestro valor. «Dijo Dios: “Hagamos el hombre a imagen nuestra, según nuestra semejanza, y dominen (…)» (Gen 1, 26). «En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. (…) recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: Abbá, Padre! El Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios (…)» (Rom 8, 14-17).
Hay una ironía en todo esto. El soberbio tiene la necesidad de demostrar, no sólo a los demás, sino incluso a sí mismo, que es alguien superior, a quien se le tiene que rendir culto, pues se cree digno de alabanzas y aplausos. En realidad, no necesitamos hacerlo. En realidad, cada uno tiene mucho valor y es muy importante – como se puede apreciar en el pasaje arriba ya mencionado. Pero la única manera cómo podemos descubrir eso es con Dios. Necesitamos de Dios. Mientras más autosuficientes y soberbios seamos, más nos alejamos de Dios. Y cuanto más lejos de Dios estamos, más perdemos de vista lo realmente importantes y valiosos que somos. Debemos reconocer nuestro origen divino. Que somos fruto del amor de Dios. No sólo somos creaturas e hijos de Dios en Cristo, sino que sabemos que Cristo murió en la Cruz por nosotros. Esa es la más grande demostración del valor que tenemos. Valemos el precio de la sangre de Dios. No nos debemos a nosotros mismos. Toda nuestra vida está en las manos de Dios. Él es quien nos sostiene en esta vida. Vivimos gracias a Él. Esto nos debería llevar a pensar que lo bueno que tenemos proviene del amor y bondad divina.
Por lo tanto, esforcémonos con la gracia de Dios, para luchar contra nuestra soberbia, y humildemente vivir la verdad. Ese es el único camino que nos permite descubrir el verdadero valor e importancia que tenemos para Dios y para los demás.