Agapito I, Santo
LVII Papa, 22 de abril…
Hoy también se festeja a:
Tanto amó Dios al mundo
Por: H. Francisco J. Posada, LC | Fuente: www.somosrc.mx
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Señor, que reconozca lo que Tú quieres de mí para que así te pueda ayudar en nuestra misión evangelizadora. Dame la gracia de abrirte mi corazón para que Tú me ayudes en mi día a día y pueda sentirte cercano.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Juan 3, 16-21
Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios.
La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Cuando nos sentimos amados verdaderamente es como si algo totalmente nuevo naciera en nosotros; considerar el amor que Dios nos tiene es una experiencia para recordar cuán grande es su amor, que no es superficial, sino que es una entrega incondicional por nosotros. Si pudiéramos recibir todo el amor de los hombres en la tierra, no se compararía al amor de Cristo que nos ama; aunque nosotros le fallemos y nos alejemos de Él, nunca se olvida de nosotros porque su amor lo ha llevado a sufrir hasta la muerte por nosotros. El amor humano es necesario en nuestras vidas, pero la base del amor que no se acaba es el amor de Dios hecho carne que abarca toda la historia de la humanidad. El ver a un par de enamorados nos ayuda meditar sobre cómo Dios nos demuestra su amor. En nuestra vida podemos encontrar signos en nuestra familia, en los amigos, personas a nuestro alrededor… y tal vez en gente con la que no nos hemos llevado bien pero que, de diversas formas, nos han ayudado; tomemos el tiempo para recordar a toda esta gente en nuestra oración.
El amor de Cristo es como la luz que nos ilumina en nuestro caminar y nos da calor ¡Qué imagen tan bella ahora en este tiempo de pascua! Contemplamos el cirio que representa a Cristo mismo, es su amor, su persona, que se consumen cada día por nosotros para darnos esa luz que necesitamos en los momentos oscuros y ese calor en los momentos fríos de nuestro existir. Como cristianos Cristo nos confía este amor para que lo comuniquemos a los demás; tomando un poco de luz del cirio pascual podemos llevarla a las personas que nos rodean y contarles las maravillas de amor de Cristo en nuestras vidas.
«No tengáis miedo de Cristo y de su Iglesia. En ellos se encuentra el tesoro que llena de alegría la vida. Os lo digo por experiencia: gracias a la fe he encontrado el fundamento de mis anhelos y la fuerza para realizarlos. He visto mucho sufrimiento, mucha pobreza, desfigurar el rostro de tantos hermanos y hermanas. Sin embargo, para quien está con Jesús, el mal es un estímulo para amar cada vez más. Por amor al Evangelio, muchos hombres y mujeres, y muchos jóvenes, se han entregado generosamente a sí mismos, a veces hasta el martirio, al servicio de los hermanos. De la cruz de Jesús aprendemos la lógica divina del ofrecimiento de nosotros mismos, como anuncio del Evangelio para la vida del mundo (cf. Jn 3,16). Estar inflamados por el amor de Cristo consume a quien arde y hace crecer, ilumina y vivifica a quien se ama. Siguiendo el ejemplo de los santos, que nos descubren los amplios horizontes de Dios, os invito a preguntaros en todo momento: “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”».
(Mensaje de S.S. Francisco, 20 de mayo de 2018).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Procuraré llevar un poco de luz a una persona que se encuentre triste en estos momentos por los problemas que está teniendo.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
La Luz de Pascua
Por: Monseñor José Ignacio Munilla Aguirre | Fuente: www.enticonfio.org
Es un hecho incuestionable que la felicitación navideña está mucho más extendida que la felicitación de la Pascua de Resurrección. Todo el mundo se felicita las Navidades, aunque muchos no sean capaces de dar razón de lo que esas palabras expresan. Por el contrario, son muy pocos los que felicitan la Pascua, aunque, posiblemente, lo hagan con mayor consciencia.
Y en referencia a la celebración popular de la Semana Santa, también cabe constatar la desproporción existente entre la representación de los misterios de la Pasión y los de la Resurrección. Los pasos del Cristo sufriente, superan con creces a los que representan a Cristo glorioso. En definitiva, todavía nos falta mucho camino hasta llegar a descubrir la centralidad de la fe en la Resurrección, representada en la luz del Cirio encendido, en la Vigilia Pascual.
La Historia de la Salvación es una historia de luz. Dios es la Luz, mientras que la impotencia y el sufrimiento humano se describen en la Biblia bajo la imagen de la tiniebla, hasta el punto de que el camino hacia nuestra plena felicidad se simboliza en el paso de la noche al día, de la oscuridad a la luz: “Trocaré delante de ellos la tiniebla en luz” (Is 42,16). Pues bien, ¡son cuatro las noches que, por la misericordia de Dios Padre, han iluminado nuestra existencia! Las describimos brevemente:
La Noche de la Creación: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas. Dijo Dios: «Que exista la luz», y la luz existió” (Gn 1,1-3).
La primera luz que el mundo ha recibido -y cada uno de nosotros en particular- ha sido la de nuestra existencia. ¿Por qué “el ser” y no “la nada”? Lo lógico hubiese sido la “oscuridad” de la nada. El texto bíblico afirma: “Vio Dios que la luz era buena y la separó de las tinieblas” (Gn 1, 4). En esas breves palabras se nos recuerda la inmensa misericordia que Dios ha derramado sobre nosotros, al crearnos: ¡¡Somos!! ¡¡Existimos!! ¡Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios! La verdad, la belleza y la bondad de la creación son un reflejo de la suma Verdad, Belleza y Bondad divinas. Nuestra existencia no es consecuencia del azar o de un ciego destino, sino que es fruto de la libre decisión de un Dios, Padre, que crea solamente por amor. ¡Nuestra existencia es un destello de la infinita luz de Dios!
La Nochebuena: Pero… el pecado hizo que el hombre rompiese su amistad con Dios. El Cielo se convierte para nosotros en algo inalcanzable y arcano. El hombre intenta conocer a Dios y relacionarse con Él, sin conseguirlo, ya que la religiosidad natural es incapaz de acceder a la intimidad de Dios.
La búsqueda de Dios, por parte del hombre, es ardua y estéril: una durísima noche. Pero, “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. A los que vivían en tierra de sombras, una luz les brilló” (Is 9, 2). La Revelación de Dios, que culmina con la Encarnación de Dios entre nosotros, se hace luz en la noche de nuestra búsqueda impotente.
El hecho de que la Nochebuena se celebre en el solsticio de invierno, es decir, en la noche más larga del año, encierra un simbolismo muy pedagógico: la llegada de Cristo da un vuelco a la historia, de forma que la luz comienza a ganarle terreno a la oscuridad de la noche.
La Noche Pascual: La noche de la Pascua fue para el pueblo judío el momento cumbre de su liberación. Aquella salida de Egipto, así como el paso del Mar Rojo camino de la Tierra Prometida, no eran sino imagen de la plena liberación que Cristo nos obtuvo por su muerte redentora.
Antes de la victoria pascual de Cristo, el hombre vivía condenado a la oscuridad del pecado y de la muerte, dos enemigos imbatibles que nos eclipsaban la luz de Dios. El plan divino de redención del mundo asumió nuestra noche, para transformarla en luz. Cristo “se hizo pecado” (2 Cor 5, 21), y padeció bajo el poder de la muerte, para vencer al enemigo en su propio terreno. La Resurrección de Cristo transformó la noche en día; la gracia vence al pecado y la vida derrota a la muerte. Así lo rezamos en el Pregón de la Vigilia Pascual:“Ésta es la noche en que la columna de fuego esclareció las tinieblas del pecado… Ésta es la noche de la que estaba escrito: «Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo»”.
La Noche de la Purificación: Pero todavía faltaba algo para culminar la Historia de la Salvación. Nos referimos a la necesidad de que cada uno de nosotros haga suyo –se apropie de él- ese tesoro de gracia. No basta con el anuncio de que la luz de Cristo vence a la tiniebla, sino que es necesario que ese acontecimiento tenga lugar en cada uno de nosotros, es decir, que lo personalicemos en nuestro interior.
San Juan de la Cruz describió ese proceso de purificación ascética y mística como la “noche oscura del sentido” y la “noche oscura del espíritu”. Es un proceso doloroso y gozoso al mismo tiempo, en el que el paso por la oscuridad es necesario para que se haga luz en el alma. Tras la muerte, el misterio del Purgatorio completa nuestra purificación, cuando no la hemos practicado suficientemente en nuestra etapa de peregrinos. Sólo de esta forma, veremos cumplida nuestra vocación a ser Hijos de la Luz: “Porque en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor” (Ef 5, 8).
La reflexión que hoy hacemos sobre estas cuatro noches, nos llena de esperanza ante las situaciones de oscuridad o soledad, que podamos atravesar a lo largo de nuestra vida. ¡Cristo ha resucitado! y, en consecuencia, tenemos sobradas razones para la confianza y la alegría. ¡Feliz Pascua de Resurrección!
