
Macrina la Joven, Santa
Virgen, 19 de julio …
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La sencillez de la vida cristiana
Santo Evangelio según san Mateo 11, 25-27. Miércoles XV del Tiempo Ordinario
Por: Hiram Samir Galán Jaime, LC | Fuente: somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey Nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Padre, abre mi corazón, abre mis labios, abre mi mente a tu amor, porque son muchas las preocupaciones que me impiden descansar en ti, necesito tu abrazo paternal que me hace sentirme seguro.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 11, 25-27
En aquel tiempo, Jesús exclamó: «¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien. El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Hace poco, escuchaba con atención y sorpresa a mi sobrina de 7 años, pues parecía que algo la hacía sufrir fuertemente. Después descubrí que todo se debía a que un par de días atrás había visitado el zoológico y en él había visto cuán hermosas eran las pequeñas crías de las focas; pero después de su visita algún compañero les mostró un video en el cual se veía como hombres comunes las cazaban despiadadamente, para quedarse con su piel.
No podía comprender cómo para algunas personas era más importante el dinero que la vida… Esta reflexión, quizás un poco ingenua, me hizo comprender que sólo quien tiene aún el alma de niño es capaz de compadecerse del sufrimiento ajeno. Y no sólo el de los animales, también es verdad que un niño es capaz de llorar sólo por el hecho de ver que le están pegando a su hermanito o hermanita. Esto muestra la capacidad de sufrir con el otro. De dolerse verdaderamente del dolor ajeno… Cuán diverso sería el mundo si fuésemos capaces de sufrir con nuestros hermanos que sufren.
Jesús, enséñanos esa bondad y esa misericordia de corazón que tu Padre Eterno reserva y preserva para las almas sencillas que saben abrir humildemente su corazón y su mente a tu Palabra.
Madre de la Misericordia, enséñanos a salir de nuestro egoísmo. Tú, que al pie de la cruz no pensaste en tu dolor, ya estabas pensando en todos tus hijos que te habían sido encomendados por tu divino hijo, Jesús.
«Conocer y reconocer a Jesús, adorarle, seguirle: sólo así el Señor estará verdaderamente en el centro de nuestra vida. Y para hacer esto existen algunos pequeños gestos al alcance de todos: tener siempre consigo una edición de bolsillo del Evangelio para poderlo leer fácilmente cada día, junto a la oración de breves oraciones de adoración como el Gloria, pero estando bien atentos a no repetir las palabras como papagallos. Estas son las coordinadas de la sencillez de la vida cristiana efectivamente no se necesita recurrir a cosas extrañas o difíciles».
(Homilía del Papa Francisco, 13 de enero de 2017, en santa Marta).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración. Disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hoy ayudaré en algo a aquellas personas que se encuentran más cercanas a mí y que están sufriendo.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Feliz o egoísta, ¿tú cuál eres?
Dónde no está la felicidad y las razones que llevan al egoísmo y la soberbia.
Por: Alfonso Aguiló | Fuente: Yoinfluyo.com

Dónde no está la felicidad
Es curioso cómo muchas personas piensan que la felicidad es algo reservado para otros, y muy difícil en sus propias circunstancias. A lo mejor el pobre, si oye hablar de felicidad, piensa que es cosa que se está diciendo para los ricos, que sólo los ricos son felices. Y los ricos, poderosos y afamados, tal vez de su propia grandeza prisioneros, pensarán que se refiere a la gente sencilla, a los que ellos, inexplicablemente, ven tantas veces disfrutar y reír con cosas a las que su condición les impide acceder.
Corremos el peligro de pensar que la felicidad es como una ensoñación, que no tiene que ver con el vivir ordinario y concreto. La relacionamos con grandes acontecimientos, con poder disponer de una gran cantidad de dinero, o tener un triunfo profesional o afectivo deslumbrante, o protagonizar hazañas enormes… y no suele lograrse con eso.
La prueba es que la gente más rica, poderosa o que mejor juega al fútbol… no coincide con la gente más feliz… como si para ser feliz hubiera que ser pobre, miserable y desafortunado…
No he dicho eso. Ni una cosa ni la otra. De entre los pobres, miserables y desafortunados, unos son felices y otros no. Y entre los ricos y poderosos, los hay también felices e infelices. Eso demuestra que la felicidad y la infelicidad provienen de otras cosas, de cosas que están más en el interior de la persona.
Son cuestiones íntimas, y si investigamos, llegamos a descubrir que están causadas por nosotros mismos. Muchas de las quejas que tenemos contra la vida, si nos examinamos con sinceridad y valentía, nos damos cuenta de que provienen de nuestro estado interior, de congojas por las cosas secundarias que nos apartan del proyecto principal de nuestra vida, del egoísmo. Pueden venir por acostumbrarse a ver con demasiado dramatismo pequeñas derrotas; derrotas, además, que con el paso del tiempo, y vistas en el conjunto de la vida, pueden resultar victorias.
Por egoísmo o por soberbia
Cuántas veces pasamos penas grandes por contratiempos mínimos. Cuántas veces un seguidor de fútbol es un hombre que está triste, que está desanimado y que tiene una tristeza y un desaliento que duran, a lo mejor, varios días porque su equipo que parecía imbatible ha perdido —o a lo mejor simplemente empatado— en su campo con uno de los colistas. O los pequeños contratiempos de la oficina, del trabajo, de la clase; o esos disgustos familiares que, por separado, se ve que no son cosas que tengan gravedad para producir en el corazón del hombre tanta pena o tanto disgusto.
El egoísmo y la soberbia son los grandes enemigos de la felicidad. El egoísta vive ensimismado, emborrachado en su propia contemplación. Vivir en egoísmo es como vivir en un calabozo: oímos sólo nuestra propia voz, hablamos sólo de nosotros mismos, sólo escuchamos los lamentos de nuestro propio dolor, únicamente captamos la gloria de nuestra propia victoria personal. Cualquier otro interés está mediatizado por el interés propio. Ser egoísta es una desgracia. La generosidad y la felicidad están indefectiblemente ligadas, tanto como el egoísmo y la amargura.
Todos, con nuestra capacidad de hacer el bien a quienes nos rodean, tenemos un tesoro que repartir, y si no lo entregamos se pierde para nosotros y para los demás. Por eso, buscar la felicidad de los demás es uno de los caminos más directos para lograr la propia.
Deberíamos preguntarnos con frecuencia si reparamos en los sufrimientos de los demás, porque es ése uno de los grandes secretos de la felicidad: trascender de uno mismo, descubrir al prójimo, darse cuenta de que hay a nuestro alrededor hombres que sufren, siquiera un poco, pero a los que podemos ayudar mucho.
Pensar en los demás, no en uno mismo
Cualquiera de nosotros que no encontrase en su camino hombres que sufren, debiera pensar si no será un egoísta encerrado en sí mismo. La vida está llena de gente falta de compañía, de afecto, de verdad; de gente herida por la traición, por su propio difícil corazón. A nuestro alrededor hay personas que necesitan alivio, y sería interesante que cada uno de nosotros viese si no se ha acostumbrado tanto a disculparse, a estar atento sólo a sus propias heridas, que tiene tan arraigado ya el hábito de dar un rodeo y pasar de largo, que le parece que a su alrededor no hay nadie necesitado.
Hay que aprender a no vivir centrado en uno mismo, a procurar interesarse sinceramente por lo ajeno… Y si no sientes un interés sincero, ¡no te vas a poner a hacer el hipócrita!, ¿no?
Ser educado o pensar en los demás no es ser hipócrita. Si uno se habitúa a preocuparse por los demás y a procurar ser agradable, y desarrolla su vida en esas coordenadas, le saldrá natural ser así. Ése es el objetivo.
Debemos esforzarnos por ser afables. Es triste que tantos hombres y mujeres hagan grandes sacrificios para poder lucir un coche o un traje un poco mejor, o adelgazar unos kilos, y sin embargo, apenas se esfuercen por ser agradables, que es gratis y de mucho mejor efecto ante los demás.
Salir de uno mismo
Para ser agradable es preciso salir de uno mismo y ser un buen observador de los demás. Todos tenemos en la cabeza la imagen de hombres o mujeres, quizá de apariencia modesta y de cualidades corrientes, pero perseverantes en la amistad, leales, que contagian a su alrededor alegría y serenidad. Su vida aparece como una luz, como una claridad, como un estímulo. Todos aseguraríamos que ellos sí que son felices. Y si intentamos encontrar un algo común a todos ellos, quizás descubrimos que su secreto es que no están centrados en sí mismos.
Algo parecido a lo que sucedía con Momo, la pequeña protagonista de ese libro de Michael Ende. Una niña surgida un buen día en la vida de unas personas sencillas. Nadie sabe quién es, ni de dónde viene, ni nada. Vive en unas ruinas de un antiguo teatro griego o romano. Pero todo el mundo quiere a la chiquilla. La gente se ha dado cuenta de que han tenido mucha suerte por haber conocido a Momo. Se vuelve alguien imprescindible. ¿Cómo han podido antes vivir sin ella? A su lado cualquiera está a gusto.
A la hora de hacer balance de su atractivo no es fácil decir qué cualidad especial le adorna. No es que sea lista. No. Tampoco pronuncia frases sabias. No se puede afirmar que sepa cantar, bailar o hacer acrobacias. ¿Qué tiene entonces? La pequeña Momo sabe escuchar, algo que no es tan frecuente como a veces se cree.
Momo sabe escuchar con atención y simpatía. Ante ella, la gente tonta tiene ideas inteligentes. Ante ella, el indeciso sabe de inmediato lo que quiere. El tímido se siente, de súbito, libre y valeroso. El desgraciado y agobiado se vuelve confiado y alegre. El más infeliz descubre que es importante para alguien en este mundo. Y es que Momo sabe escuchar.