Mártires, 16 de junio …
Hoy también se festeja a:
- • Clemente Vismara, Beato
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La verdadera recompensa
Tiempo Ordinario
Por: Benjamín Meza Reyes | Fuente: Catholic.net

Del santo Evangelio según san Mateo 6, 1-6. 16 – 18
Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo. Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Les aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Oración introductoria
Señor Jesús, ¡qué valioso es un corazón sincero! A ti te gustan los corazones sinceros, desinteresados. La recompensa que Tú das a los que obran con recta intención es muy grande. Tú que puedes ver el fondo de mi corazón, purifícalo desde dentro.
Petición
Jesús, abre mi alma, hazla más grande. Que no se quede en cosas egoístas, raquíticas, mezquinas. Enséñame a practicar el bien por amor a ti, y no para que me vean.
Meditación del Papa Francisco
En el pasaje de Mateo, Jesús relee las tres obras de piedad previstas en la ley mosaica: la limosna, la oración y el ayuno. Y distingue el hecho externo del hecho interno, de ese llanto del corazón. A lo largo del tiempo estas prescripciones habían sido corroídas por la herrumbre del formalismo exterior o, incluso, se habían transformado en un signo de superioridad social. Jesús pone de relieve una tentación común en estas tres obras, que se puede resumir precisamente en la hipocresía (la nombra tres veces): “Cuiden de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos… Cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante como hacen los hipócritas… Cuando recen, no sean como los hipócritas a quienes les gusta rezar de pie para que los vea la gente… Y cuando ayunen, no pongan cara triste, como los hipócritas”. Sepan, hermanos, que los hipócritas no saben llorar, se han olvidado de cómo se llora, no piden el don de lágrimas.
Cuando se hace algo bueno, casi instintivamente nace en nosotros el deseo de ser estimados y admirados por esta buena acción, para tener una satisfacción. Jesús nos invita a hacer estas obras sin ninguna ostentación, y a confiar únicamente en la recompensa del Padre “que ve en lo secreto”. (Homilía de S.S. Francisco, 23 de febrero de 2014).
Reflexión
No puedo hacer el bien sólo para que me vean. Necesito buscar la gloria de Dios cuando haga las cosas, ésta es la verdadera recompensa. Jesucristo lo dice bien claro: «no practiquéis la justicia delante de los hombres». La sinceridad de vida exige la pureza de intención. Ésta se consigue en la «intimidad con el Padre», es decir en la oración. Cuando realice actos, sea cuales sean, no puedo quedarme tan sólo con el premio de un buen pensamiento de parte de los demás; eso es actuar por vanidad. Sin embargo, cuando mi objetivo es glorificar a Dios con mi vida, mis obras recibirán «un premio en el cielo». Porque Él sí ve lo que los demás no ven: los sacrificios ocultos, el sufrimiento secreto, los trabajos que nadie -ni mis padres, ni mis hermanos, ni mis hijos- ve. Estos son los actos que Dios premiará en la otra vida. De ahí brota la urgencia de vivir delante de Dios y no de los demás.
Propósito
En la siguiente actividad que haga, voy a decirle a Dios: “Señor, esto lo hago por amor a ti, no para que me vean”.
Diálogo con Cristo
¡Qué fácil busco mi propia gloria, Señor! Me preocupo por si los demás han notado mi esfuerzo, por lo que piensan de mí cuando hago las cosas. Señor, no quiero perder la recompensa que Tú dices. Quiero que Tú, que ves el interior de mi corazón, seas el que me premie, y no la opinión de los demás.
Jamás será pobre una casa caritativa. (Santo Cura de Ars, Sermón sobre la limosna)
En el silencio escuché a Dios
Todo empezó en el silencio de un oratorio.
Aprendí a querer a Jesús desde niño. Estudié en un colegio franciscano. Las dulces monjas nos relataban anécdotas de san Francisco. Y hacían vibrar mi corazón infantil con deseos de santidad.
Frente a mi casa las Siervas de María tenían una capilla. Solía visitarla, por las mañanas antes de ir al colegio. Era la gran ilusión de mi vida. Estar con Jesús.
Al crecer estos sueños de santidad se enfriaron. Me han dicho que cuando te alejas de la luz todo lo que te queda es la oscuridad. Y yo andaba en esa oscuridad, buscando respuestas a mis inquietudes.
Me ocurrió como a san Agustín. Buscaba la verdad cuando la llevaba conmigo.
Una mañana, cansado de buscar me senté en la banca de un parque y le dije:
«Bueno, aquí estoy. Haz de mí lo que quieras. A partir de hoy mi vida es tuya. Ya no quiero más que lo que tú quieras».
Estaba extenuado.
Me sentía como Elías en el Sinaí, cuando cansado le dice a Dios que ya no puede más.
A partir de ese instante sucedieron una cantidad impresionante de hechos. Eran tantos y tan maravillosos que no pude dejar de pensar: «Una vez, es casualidad, dos veces es casualidad, veinte veces seguidas, es Dios».
Y me decidí a escribir sobre mis vivencias con Dios. Contaba con sencillez las experiencias cotidianas de un papá de 4 hijos, casado, expuesto a las vicisitudes del mundo
¿QUÉ QUIERES DE MÍ?
Sabía que Dios buscaba algo de mí, como busca algo de ti.
Había leído la vida de Sor María Romero, una santa que se acercó al Sagrario y le preguntó a Jesús: «´¿Quién soy yo?» y escuchó una voz salida del Sagrario que le respondió: «Tú eres la predilecta de mi Madre y la consentida de mi Padre». Y de ti, quién soy? «¡Mi amada…!»
Se me ocurrió hacer lo mismo. Fui a verlo y le pregunté: «¿Qué quieres de mí?». En medio del silencio escuché una voz interior, dulce, maravillosa, que respondía:
«Escribe. Deben saber que los amo».
Aquella experiencia me dejó marcado, pero al tiempo la olvidé, dejando que otras prioridades movieran mi vida y mis anhelos. Las experiencias con la gracia y la Providencia se multiplicaron. Era como Dios quisiera llamar mi atención. Es un Dios celoso, de nuestro amor.
Ocurrió una tarde que fui a un supermercado a buscar a mi esposa Vida. Me telefoneó que la pasara a recoger. Le había dicho a Dios: «Si quieres que escriba me lo tienes que decir directamente». Vaya que a veces nos comportamos como unos perfectos tontos.
Llegué algo cansado por el trabajo. Me bajé del auto y frente a mí una señora que no conocía me preguntó: «¿Usted es Claudio de Castro?» Sonreí amablemente y añadió: «¿Qué ocurre? ¿Po qué no está escribiendo? Escriba». Aquello me sorprendió. «No puede ser», me decía. Entré al supermercado. Aún me veo caminando por sus pasillos cuando otra señora se me acerca. «¿Usted es el que escribe en Panorama Católico?… ¿Por qué no escribe? Debe escribir». A esta altura mis dudas se habían disipado. Me quedó claro lo que debía hacer. Me acerqué a mi esposa que conversaba con una prima y ésta al verme me dijo: «Tengo algo importante que decirte». «Mensaje recibido», exclamé riendo. «Me vas a decir que escriba». Ella me miró asombrada y preguntó: «¿Cómo lo sabes?» Entonces le conté.
Esa tarde regresé a mi casa y me senté a escribir. Desde entonces no me he detenido.
No pasa un día sin que tenga una experiencia maravillosa con Dios.
Una vez un amigo me preguntó: «´¿Acaso te crees especial?» «Por supuesto», le respondí. «Como tú, soy hijo de Dios, y eso nos hace especiales a todos».
Un amigo dijo estas palabras en un programa de radio: «En mi corazón hay un sello y ese sello dice: Jesús». Me pasó igual. Jesús selló mi alma con su infinito Amor. Encontré un tesoro interminable y ahora no lo cambio por nada.
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