Leandro de Sevilla, Santo
Memoria litúrgica, 13 de noviembre…
Hoy también se festeja a:
- • Leandro de Sevilla, Santo
- • Nicolás I, Santo
- • Roberto Montserrat Beliart, Beato
- • Carl Lampert, Beato
- • Kamen Vitchev, Pavel Djidjov y Josaphat Chichkov, Beatos
Lo que Jesús ve
Por: H. José Alberto Rincón, LC | Fuente: www.somosrc.mx
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria(para ponerme en presencia de Dios)
Señor, ayúdame a ver mi realidad con tu mirada.
Evangelio del día(para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 17, 11-19
En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”.
Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.
Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Ese era un samaritano. Entonces dijo Jesús: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?” Después le dijo al samaritano: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Cuando leemos este pasaje, lo más habitual es que nos veamos como los leprosos. Después de todo, somos más o menos conscientes de la lepra del pecado que carcome nuestro interior. Si nos sentimos particularmente bendecidos, tal vez lleguemos a identificarnos con el leproso que regresó a agradecer. Sin embargo, adentrémonos en esta ocasión desde una óptica diversa. Adoptemos los ojos de Cristo.
¿Qué es lo que Él ve? Un grupo de hombres que, sabedores de su desgracia, no se atreven a acercarse demasiado a su persona. Al mismo tiempo, no obstante, esto no les impide elevar su súplica hasta sus oídos. Les han hablado de los milagros que Jesús hace, y algo muy dentro de su corazón les impulsa a confiar que quizás puede suceder también con ellos.
Jesús siente misericordia; se conmueve. Lo llaman ‘maestro’, es cierto. Todavía no lo reconocen como ‘Señor’. Pero de todos modos Él es magnánimo: desea curarles. Da una indicación sencilla, la de presentarse ante las autoridades del templo. Es una invitación a dar un paso más, aunque aún no está claro. Ellos, no sin cierto asombro, obedecen. Y de camino quedan curados.
Jesús aguarda ansioso que regresen, pero sus ojos distinguen a sólo uno de los diez. ¿Se entristece? Quizás, mas no porque no hayan actuado como esperaba, sino porque se han perdido del verdadero milagro, que es el paso de la fe. Ahora todo está claro. Por eso, al llegar este leproso curado a sus brazos, Jesús lo acogió y lo envío, asegurándole que era su fe la que le había salvado.
La caridad de Cristo brota desde su Corazón todos los días para ir a encontrarse con nuestros corazones, siempre y cuando estén rebosantes de esperanza. De ese encuentro brota la fe, que nos da la certeza, y el amor de que la persona en quien confiamos es verdaderamente nuestro Dios y Señor. ¿Qué nos toca hacer, entonces? ¡Asegurarnos que nada nos quite la esperanza!
«Es hermoso ver que ese hombre sanado, que era un samaritano, expresa la alegría con todo su ser: alaba a Dios a grandes gritos, se postra, agradece. El culmen del camino de fe es vivir dando gracias. Podemos preguntarnos: nosotros, que tenemos fe, ¿vivimos la jornada como un peso a soportar o como una alabanza para ofrecer? ¿Permanecemos centrados en nosotros mismos a la espera de pedir la próxima gracia o encontramos nuestra alegría en la acción de gracias? Cuando agradecemos, el Padre se conmueve y derrama sobre nosotros el Espíritu Santo. Agradecer no es cuestión de cortesía, de buenos modales, es cuestión de fe. Un corazón que agradece se mantiene joven. Decir: “Gracias, Señor” al despertarnos, durante el día, antes de irnos a descansar es el antídoto al envejecimiento del corazón, porque el corazón envejece y se malacostumbra. Así también en la familia, entre los esposos: acordarse de decir gracias. Gracias es la palabra más sencilla y beneficiosa».
(Homilía de S.S. Francisco, 13 de octubre de 2019).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
No dejaré que las preocupaciones de mi jornada me causen desánimo. Antes bien, cuando sienta que desfallezco, repetiré en mi corazón: ¡Jesús, en ti confío!
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Por: P. Enrique Cases | Fuente: Catholic.net
Entre los milagros que llevaron a muchos a creer y que mueven a Nicodemo a hablar con Jesús está la curación del leproso. Los evangelistas no señalan expresamente que fue en aquellos días, y lo sitúan de un modo inconcreto en una ciudad, pero parece muy probable que sea el Simón leproso el mismo que invitará a Jesús a comer unos días antes de la tercera pascua en Betania. Debía ser un personaje más o menos importante. La proximidad pudo conmover más a Nicodemo que procura enterarse del mensaje de Jesús y de su misma persona.
«Y vino hacia Él un leproso que, rogándole de rodillas, le decía: Si quieres, puedes limpiarme. Y compadecido, extendió la mano, le tocó y le dijo: Quiero, queda limpio. Y al momento, desapareció de él la lepra y quedó limpio. Le conminó y enseguida lo despidió, diciéndole: Mira, no digas nada a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio. Sin embargo, una vez que se fue, comenzó a proclamar y a divulgar la noticia, hasta el punto de que ya no podía entrar abiertamente en ciudad alguna, sino que se quedaba fuera, en lugares apartados. Pero acudían a Él de todas partes» (Mc).
Verificar la curación
La lepra es una enfermedad especialmente grave, pues junto a las llagas que deforman el cuerpo y que llevan lentamente a la muerte, se cría que era contagiosa y, por ello el leproso está sometido a prohibiciones como el acercarse a los sanos bajo pena de lapidación. Si se producía una curación tenía que se verificada por los sacerdotes. Era fácil ver en esta enfermedad la triste condición del pecador.
Acto de fe
El leproso acude a Jesús, con riesgo de su vida, con una petición humilde y dolorida: «si quieres, puedes limpiarme» Es un acto de fe, pues afirma que puede curarle, que está en su poder, y desea que esté también en su querer. Jesús no investiga su fe, la ve. Y accede rápidamente, lo toca con todo lo que esto llevaba de contaminarse legal y físicamente, dice «quiero, sé limpio», y se cura. La inmediata petición de discreción sorprende, pues muchos otros milagros son hechos para que crean los presentes; aquí hay silencio, quizá porque, en este caso, la lepra no era aún publica, o por otra razón que los evangelistas callan. Sí se le pide que vaya a los sacerdotes. No dice si siguió como discípulo; pero todo parece indicar que no sólo lo fue, sino que se cuenta entre el grupo de incondicionales, o amigos, si se quiere expresar así. Jesús quiere discreción para que no se malogren el crecimiento de sus primeras acciones en Judea.
