Martín de Tours, Santo
Memoria Litúrgica, 11 de noviembre …
Hoy también se festeja a:
- • José Alberich Lluch, Beato
- • Vicente Eugenio Bossilkov, Beato
- • Julio Alameda Camarero y compañeros, Beatos
- • Vicenta María (Luisa) Poloni, Beata
- • Marina Omura, Santa
Solo uno agradeció
Por: Javier Castellanos, LC | Fuente: www.somosrc.mx
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Gracias, Dios mío. Gracias por ser quien eres, por ser un Padre tan bueno. Gracias por llevarme por los caminos que más me convienen y por darme todo lo que necesito. Gracias por enviar a tu Hijo Jesucristo para salvarme. Bendito seas por ser tan bueno; ayúdame a reconocer y corresponder siempre a tu amor.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 17, 11-19
En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”.
Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.
Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Ese era un samaritano. Entonces dijo Jesús: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?”. Después le dijo al samaritano: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.
Dar las gracias es una clara señal de buena educación. Pero es más que sólo eso. La gratitud es un tesoro que sale del fondo del corazón y nos hace más humanos, también de cara a Dios.
Agradecer es reconocer el bien que se recibe. Alguien nos cede el paso, o nos ayuda con una carga pesada, y decimos gracias porque apreciamos ese acto bueno hacia nosotros. Al terminar los estudios en la universidad agradecemos a los profesores que nos han ayudado en la carrera. O bien, el día de la madre agradecemos con un regalo todo lo que nuestra mamá ha hecho por nosotros… Y con una palabra tan corta, o con un gesto muy sencillo, expresamos que nos dimos cuenta, que apreciamos la persona que nos hizo el favor, a nuestro profesor o a nuestros papás…
Si la gratitud es algo que vale tanto entre nosotros, con mucha más razón debe valer con Dios. ¡Cuántas cosas buenas nos ha dado el Señor! De Él hemos recibido la vida, la salud, la comida, un mundo tan maravilloso en el que vivimos, la fe, una llamada personal en la fe y una misión en la Iglesia…
Cada día recibimos tanto, sólo hace falta un poco de atención para darnos cuenta, como el leproso que quedó curado, de que Alguien nos dio un regalo… Y cuando agradecemos, abrimos el corazón para recibir algo mucho más grande: la salvación.
«La gente seguía a Jesús por conveniencia, sin demasiada pureza en el corazón, quizá por el querer ser más buenos. En dos mil años el escenario no ha cambiado mucho. También hoy muchos escuchan a Jesús como esos nueve leprosos del Evangelio que, felices con su sanación, se olvidan que de Jesús les había devuelto la salud».
(Cf Homilía de S.S. Francisco, 23 de septiembre de 2014, en Santa Marta).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Antes de comer, daré las gracias con mi familia por todas las cosas buenas recibidas de Dios.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
¿Qué me promete Dios?
Por: Juan Luis Vázquez Díaz |
A muchas personas se les hace dolorosa su soledad. Pero el Señor no deja flecos sueltos. «Dios tiene un plan para cada uno», y «todos podemos vivir una vida fecunda», afirma el padre Juan de Dios Larrú, Decano de la sección española del Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el Matrimonio y la Familia:
¿Dios puede llamar a algunos a permanecer solteros?
Existe la vocación al amor. Todos estamos llamados al amor. Evidentemente, esta vocación al amor se declina para cada uno en una modalidad concreta: el matrimonio o la virginidad. En sentido estricto, no hay una vocación a la soltería.
Sin embargo, hay personas que, por circunstancias de la vida, pueden quedar solteras. Entonces nos podemos preguntar: ¿Se puede realizar la vocación al amor en esta coyuntura? Yo pienso que sí, desde luego. Hay muchas formas de vivir la vida que permiten a esas personas realizar su vocación. Porque Dios tiene un plan para cada uno; nadie está aquí por casualidad, y la llamada a amar está en la raíz de nuestra existencia. Toda nuestra vida es una historia de amor entre Dios y nosotros; esto también vale para los solteros. Todos somos hijos, por lo que la experiencia filial es nuestra primera y principal vocación. Los solteros pueden vivir esta llamada al amor desde su filiación.
Pero muchos chicos sí querrían casarse y formar una familia…
Está claro que el deseo de comunión es universal. Benedicto XVI decía que todo hombre tiene el deseo de una casa, de un hogar. El propio Sínodo habla de un deseo de familia. ¿Qué ocurre? Este deseo hay que concretarlo. Hoy vivimos una gran crisis de la promesa y de la temporalidad. Los jóvenes encuentran gran dificultad para entrar en las relaciones, en los vínculos fuertes y estables. No basta proyectarse en las personas o en relaciones ideales; hay que desmitificar la figura del príncipe azul: no existe, hay personas concretas, con cualidades y defectos. No hay que idealizar a nadie, sino aprender a prometer.
¿Qué decir entonces a una persona que sufre por estar soltera?
Lo primero que les diría es que ya están viviendo su vocación filial. Es comprensible el sufrimiento de aquellos que ven cómo van pasando los años y no concretan la promesa esponsal de su vocación. Dios nos promete a cada uno un amor pleno, al que vamos gradualmente respondiendo, sin angustias ni temores.
Este plan no está preestablecido desde el principio de los tiempos, para que se cumpla sí o sí. No, Dios nos ama primero, y en la trama de la vida se va entretejiendo esa respuesta, en diálogo con el Señor y con los demás. Por eso hay que estar atento, para reconocer Su presencia en las mediaciones humanas y poder realizar la promesa del amor para siempre.
Sobre este tema de la vocación hay dos peligros: el primero es interpretar el amor como una intensa atracción emotiva hacia otra persona; y el segundo es entender la vocación como un oficio, una función que Dios nos encomienda y que debemos cumplir.
¿Pueden tener, en cualquier caso, una vida fecunda?
Por supuesto que sí. La experiencia originaria humana a la que nos ha llamado Dios es la de ser hijos. Desde ella se aspira a ser esposos y ser padres.
La fecundidad es la sobreabundancia de un amor pleno, y ellos también pueden vivir esta plenitud. El amor verdadero siempre es fecundo. Una persona soltera puede cuidar a sus padres, a sus abuelos, a sus sobrinos…, o ayudar en la catequesis de la parroquia, o en una ONG como voluntario, ser un gran profesional… Así se puede vivir plenamente el amor filial y tener una vida fecunda muy concreta. Los matrimonios descubren que en la continencia hay también una misteriosa fecundidad; los sacerdotes en el celibato, los religiosos en la virginidad. La fecundidad tiene su origen en el Espíritu Santo y encuentra en el misterio doloroso de la Cruz y en el glorioso de la Resurrección su fuente primera.
¿Qué puede hacer la Iglesia?
Es muy conveniente promover encuentros con personas concretas. No se puede decir: Tengo vocación al matrimonio pero aún no he encontrado a la persona adecuada. Esa persona no es un detalle menor, sino que es la esencia de la vocación al amor: ¿A quién me voy a entregar? En este sentido, hay un buen trabajo que hacer con los jóvenes en la llamada preparación próxima, promoviendo también encuentros verdaderos entre ellos. Es una oportunidad preciosa dentro de la Iglesia, para integrar la pastoral juvenil con la pastoral matrimonial y familiar.
¿Y cómo pueden ayudar los matrimonios?
Los cónyuges son, sobre todo, testigos de un amor grande y hermoso: el amor de Cristo a su Iglesia. Los matrimonios que viven del amor que reciben de Dios y lo comunican se convierten en testimonio vivo y creíble. Eso tiene un gran poder de atracción. Ese testimonio es importantísimo para que otros puedan recorrer su propio camino vocacional, para que puedan decir: Yo quiero vivir así.
