Daniel Comboni, Santo
Obispo y Fundador, 10 de octubre…
Hoy también se festeja a:
- • Paulino de York, Santo
- • Cerbonio Obispo de Populonia, Santo
- • Juan Thwing de Bridlington, Santo
- • Daniel Comboni, Santo
- • Angela María Truszkowska, Beata
Cuando oren, digan
Por: H. David Mauricio Sánchez Mejía, L.C. | Fuente: missionkits.org
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Gracias, Señor, por el don de la fe, ayúdame a creer en Ti. Gracias por el don de la esperanza, ayúdame a abandonarme en tus manos. Gracias por el don de la caridad, ayúdame a amarte y a desgastarme en servicio de mis hermanos.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 11, 1-4
Un día, Jesús estaba orando y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».
Entonces Jesús les dijo: «Cuando oren, digan: «Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas, puesto que también nosotros perdonamos a todo aquel que nos ofende, y no nos dejes caer en tentación».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
¡Señor, enséñanos a orar!. Éste es el grito que brota de los labios de los apóstoles y que resuena en nuestros corazones. ¿El motivo? No sabemos cómo pedir a Dios, no sabemos cómo hablarle. Jesús nos enseña en el Padrenuestro que Dios se interesa totalmente por nuestro bienestar y por exactamente lo mismo que a nosotros nos preocupa: Nuestras necesidades materiales, nuestras relaciones con los demás y nuestra relación con Dios.
Cuando decimos danos hoy nuestro pan de cada día, no sólo le estamos pidiendo literalmente por algo que poner en la mesa, le estamos pidiendo que nos de aquello que necesitamos. Por eso, no debemos avergonzar de hablar con Él de las cosas más sencillas, como el hecho de querer un nuevo refrigerador o de haber comprado una mascota; y ni qué se diga de hablarle de cosas importantes, pues Él es un padre que se interesa por cada uno de sus hijos.
Cuando pedimos el perdón de nuestros pecados- como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden- le estamos básicamente hablando de cómo es nuestro trato con los demás y le estamos pidiendo que nos mida con la misma medida que nosotros les aplicamos a ellos.
Cuando pedimos que no nos deje caer en tentación le pedimos que no permita que nos separemos de Él por el pecado, reconocemos que somos débiles y que sin su ayuda no podemos nada.
Así pues, el Padrenuestro es la oración perfecta porque nos enseña con sencillez a orar como Jesús: con la confianza de un hijo que sabe que su Padre le escucha. ¿Ya he aprendido a orar así?
En la oración del Padre Nuestro Jesús ha querido alojar la misma enseñanza de esta parábola. Ha puesto en relación directa el perdón que pedimos a Dios con el perdón que debemos conceder a nuestros hermanos: «y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores». El perdón de Dios es la seña de su desbordante amor por cada uno de nosotros; es el amor que nos deja libres de alejarnos, como el hijo pródigo, pero que espera cada día nuestro retorno; es el amor audaz del pastor por la oveja perdida; es la ternura que acoge a cada pecador que llama a su puerta. El Padre celestial -nuestro Padre- está lleno, está lleno de amor que quiere ofrecernos, pero no puede hacerlo si cerramos nuestro corazón al amor por los otros.
(Homilía de S.S. Francisco, 17 de septiembre de 2017).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Voy a hacer una visita a Cristo Eucaristía, rezaré un Padrenuestro meditando en lo que estoy diciendo y pidiendo.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
¿Qué es la felicidad?
Por: Marcelino de Andrés | Fuente: Catholic.net
Imaginemos que estamos emprendiendo juntos una expedición. Antes de ponernos a dialogar sobre el por dónde vamos a ir, hemos de estar de acuerdo sobre el a dónde vamos a ir. Antes de aventurarnos por los caminos que conducen a la felicidad, nos conviene ver con claridad en qué consiste la felicidad a la que nos dirigimos. Elemental.
Por eso indagaremos brevemente qué es la felicidad. Así, conoceremos el objetivo al que nos dirigimos y nos resultará mucho más sencillo elegir con acierto el camino que nos guiará hasta él.
Vamos hacia la felicidad
Hay un montón de definiciones sobre la felicidad. Seguro que cada uno tiene la suya propia. Y más en los días que corren. Parece que hoy todos gozan del derecho de pensar y opinar sobre lo que quieran y como les venga en gana. ¡Qué bueno! No puedo decir que esté mal.
Pero, oye, esta libertad de pensamiento o de opinión podría precipitarnos en un subjetivismo tal, que asfixie cualquier comunicación y estrangule todo diálogo interpersonal. ¿No crees?
Si tú entiendes por felicidad una cosa y yo otra muy diversa, jamás lograremos comunicarnos ni entendernos sobre ese tema. Sería como tratar de dialogar con alguien en un idioma que no entiende. De aquí que gaste ahora un puñado de párrafos en precisar lo que es la felicidad.
Si logramos, por lo menos, estar de acuerdo en esa definición, nada nos impedirá continuar nuestra conversación. Estaremos hablando el mismo idioma.
Definir en base a la experiencia
Supongamos que a ti y a mí nos encanta practicar el esquí de montaña. Un día decidimos sentarnos a escribir la definición de `esquiar´. Nunca antes lo habíamos hecho. Se nos presentan varias opciones. Podemos echar mano de un diccionario o enciclopedia, copiar su significado y basta. Cabría incluso preguntar al profesor de Lengua o a algún compañero considerado suficientemente `empollón´ y tomar nota de sus sabias palabras (reconociendo, quizá, que ninguno de los dos jamás ha puesto su pie sobre un esquí).
Bien, pero disponemos también de nuestra experiencia personal fraguada durante horas y horas de esquí. Esa experiencia tan nuestra nos ofrece elementos de sobra para construir una definición de `esquiar´. Y seguro que esa definición será tan exacta y real como la de cualquier enciclopedia. Es más, me atrevería a decir que quizá mucho más rica, concreta y atractiva.
Te invito, entonces, a recurrir a nuestra experiencia. A ver qué sacamos en claro…
Nuestra experiencia
Seguro que tanto tú como yo hemos disfrutado de muchos momentos dichosos en nuestra vida.
La felicidad se ha posado en nosotros al conseguir algo que deseábamos con ansias; al desarrollar una actividad de nuestro agrado; al amar y recibir amor de otra persona.
La dicha se ha dignado tocar las puertas de nuestro corazón y visitarnos después de aprobar un examen difícil, al sostener en alto una copa de campeones, al obtener, por fin, un puesto de trabajo…
El gozo ha dejado su huella en nuestro interior al estrechar la mano amiga de aquel con el que hemos compartido experiencias inolvidables, al entregar algo de nosotros mismos a los demás, al dar gracias a Dios de rodillas por su perdón infinito después de una buena confesión.
En cada una de esas circunstancias (y en otras muchas parecidas) hemos sido realmente dichosos. Hemos hecho la experiencia de la felicidad. Pues de esa experiencia sacaremos nuestra definición.
Felicidad es…
Todas esas situaciones felices encierran un denominador común. Han hecho brotar en nosotros un gozo o placer, una fruición, quietud o satisfacción que irrumpe en nuestro interior una vez que obtenemos y amamos algún bien deseado.
Y mira por dónde; con esta simple reflexión ya tenemos lo que estábamos indagando: la definición de `felicidad´. En una apretada síntesis -fruto, como has visto, de nuestra experiencia- rezaría así: la felicidad es el gozo (o placer) en la posesión y amor de un bien deseado.
Fíjate: nos ha bastado husmear un poco en las alforjas de nuestra memoria y descubrir algo común en unos cuantos recuerdos personales. Ya hemos sacado a relucir una pasable definición de felicidad.
Ese sumergirse en el gozo o placer que experimentamos interiormente al culminar una acción estimada y ansiada, ese suspenderse en la fruición o deleite que nos invade y se apodera de nosotros cuando adquirimos y amamos aquello que tanto anhelábamos. Eso es la felicidad.
Pero dejemos que la elocuencia de los hechos se manifieste y se confirme por sí misma con un ejemplo. Imagina que un buen día, pasando ante el escaparate de una tienda, tu vista tropieza con una moto deslumbrante. El último grito de tu marca preferida. Te has quedado extasiado contemplando ese aparato fenomenal. Experimentas una atracción irresistible ante tal preciosidad… Mana espontáneamente en ti un deseo incontenible de llegar un día a hacerte con esa moto que has llegado a querer de verdad. Supongamos, por un instante, que tiempo después tu sueño se hace realidad: te has comprado la moto. Sólo entonces, cuando te has montado en la que ahora ya es tu moto, se aplaca tu deseo. Únicamente ese día vives dentro de ti la felicidad de poseer y amar el bien que tanto anhelabas.
Y esto que nos sucede con una moto, se aplica igualmente a otras cosas mucho más sublimes e importantes en la vida.
Elementos de la felicidad
Como has podido notar, al definir la felicidad en base a la experiencia, hemos barajado unos cuantos elementos esenciales o constitutivos. Sin ellos simplemente la dicha no sería posible. Con enumerarlos concisamente será suficiente.
El primero es el bien con el que nos encontramos (una moto, un vestido, o cualquier bien…). Posteriormente está la atracción que surge en nosotros hacia ese objeto o persona, ya que se trata de un bien que nos apetece. Luego se despierta en nuestro interior el deseo de llegar a poseerlo. Y finalmente, alcanzado el bien querido, lo amamos y como consecuencia de ese amor brota el gozo o placer que nos invade por dentro empapando toda nuestra persona.
Consten ahí los componentes de nuestra definición de felicidad. Ahora no hay por qué dar más vueltas a este asunto. Si estamos de acuerdo con esa definición, nada nos impide proseguir nuestro coloquio con la certeza de entendernos recíprocamente.
