
Eusebio de Vercelli, Santo
Memoria Litúrgica, 2 de agosto …
- Hoy también se festeja a:
- • Alfreda, Santa
- • Leoncio Pérez Nebreda, Beato
- • Justino Russolillo, Beato
- • Francisco Calvo Burillo, Beato
- • Francisco Tomás Serer, Beato
Renuncia necesaria para alcanzar el Reino de los cielos
Santo Evangelio según san Mateo 13, 44-46. Miércoles XVII del Tiempo Ordinario
Por: Cristian Gutiérrez, LC | Fuente: somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Gracias, Señor, por darme de nuevo la oportunidad de estar contigo. Éste es el mejor momento que tengo y por ello te lo quiero dedicar por entero. Tú me conoces y sabes todo lo que necesito. Dame aquello que sea lo mejor para mí y que sea tu voluntad. Bien sabes cuánto te amo. Quisiera amarte más y por ello te pido que aumentes mi amor. Dame una fe que me permita descubrir tu presencia y tu acción en mi vida y jamás permitas que me separe de ti.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 13, 44-46
En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: «El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo. El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Hace poco que he meditado en este pasaje y de nuevo me lo presentas en la liturgia porque tu palabra siempre nos habla y puede decirnos cosas nuevas.
Me puedo detener esta vez a considerar el hecho de que la persona que encuentra el tesoro en el campo lo vuelve a esconder. Es extraño hacer esto, pues te arriesgas al peligro de que otro lo encuentre y se lo lleve. ¿No era más sencillo sacar el tesoro, llevárselo y luego comprar el campo?
Es que quieres hablarme de la importancia de la renuncia. Tú no quieres ser en mi vida un tesoro más de los que tengo. Tú quieres ser mi único tesoro. Hablas de volver a esconder porque poseerte implica todo un camino de trabajo, de esfuerzos y de luchas. No es fácil vender todo si no se ha encontrado el tesoro que abarque más que todo lo que tengo. Es necesario descubrirte, contemplar tu valor y ello me dará las fuerzas para renunciar a lo que sea, por ti.
Podría también pensar que ese campo es el cielo. Ese lugar que está esperándome y que me has ido a preparar. A lo mejor ya te he encontrado en mi vida y he contemplado tu belleza, tu riqueza, tu inmenso valor; pero sólo hasta que obtenga ese campo podré disfrutarte. Una cosa es ver la persona amada sólo en las fotos, en una video llamada o recibir sus cartas y regalos; otra muy distinta es estar junto a ella, tocarle, darle un abrazo, un beso, recibir una caricia. Eso es lo que me espera en el cielo. Pero, mientras tanto, ya que he vislumbrado el precio de este tesoro, de este campo, debo poner todo de mí para obtenerlo.
En este mismo ámbito de la renuncia veo al comerciante de perlas. Es obvio que habría de tener en su posesión muchas perlas. Ellas eran la materia prima de su trabajo. Pero al encontrar la perla más valiosa que había visto, vende todas las perlas, vende el negocio, vende las demás sucursales y compra la perla. Renuncia. No hace un préstamo o hipotecas para comprar la perla fina y conservar las demás. Vende todo cuanto tiene.
Ayúdame, Señor, a descubrir el gran valor que tienes en mi vida. O por lo menos a desear que seas Tú el único tesoro, la única perla por la que valga la pena toda renuncia, todo sacrificio. Sé que no es fácil una vez encontrado el tesoro vender todo para alcanzarlo, pero sé que con tu gracias todo lo puedo. Señor, que Tú seas mi tesoro, que Tú seas mi única perla.
«Para encontrarlo [a Jesús] hay que ir allí, donde Él está: es necesario reclinarse, abajarse, hacerse pequeño. El Niño que nace nos interpela: nos llama a dejar los engaños de lo efímero para ir a lo esencial, a renunciar a nuestras pretensiones insaciables, a abandonar las insatisfacciones permanentes y la tristeza ante cualquier cosa que siempre nos faltará. Nos hará bien dejar estas cosas para encontrar de nuevo en la sencillez del Niño Dios la paz, la alegría, el sentido luminoso de la vida».
(Homilía de S.S. Francisco, 24 de diciembre de 2016).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hoy buscaré renunciar a algo que me impida acercarme cada vez más a Dios.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Un tesoro escondido
No es fácil encontrar un tesoro que valga de verdad y pueda llenar nuestro corazón.
Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholioc.net

De niños nos gustaba buscar tesoros. De grandes nos gustaría encontrarlos, hacernos con ellos sin peligros y sin graves esfuerzos.
No es fácil encontrar un tesoro que valga de verdad. Para el cristiano, sin embargo, el tesoro ya está a nuestro alcance, es posible conseguirlo en cualquier lugar, en cualquier momento.
Aquel que más puede llenar nuestro corazón, que puede darnos la vida eterna, el único que puede hacernos felices y dichosos, vino a la Tierra, habitó entre nosotros, nos enseñó cómo nos ama el Padre, nos abrió el camino del cielo.
No todos, sin embargo, han llegado a descubrir este tesoro. Muchos se aferran a cisternas rotas (Jer 2,13). Creen que el agua de esta vida los puede saciar, piensan que es mejor un poco de dinero en el banco que no el sacrificio de buscar algo que no termine. Se abrazan a un rato de placer inmediato como si fuese eterno. Luego, todo lo terreno pasa, se esfuma, dejando quizá recuerdos más o menos alegres, mientras no se apaga una extraña inquietud que bulle dentro de nuestro espíritu vagabundo…
Otros, de niños, han oído hablar del tesoro. Les han enseñado la fe, aprendieron a rezar, iban a misa los domingos. Pero quizá algunos no llegaron a comprender todo el valor de lo que tenían en sus manos. Cuando llega un problema, cuando vivir como cristianos implica algún sacrificio, cuando arrecian las críticas o las incomprensiones, dejan de lado el tesoro, lo pierden, incluso, con el gesto más dramático, con la herida más profunda que puede dañar un corazón humano: el pecado. ¿Conocían de verdad el tesoro que llevaban en sus manos? ¿Lo amaban sinceramente?
Otros siguen en la búsqueda. Nada les ha llenado su hambre de lo eterno. Nada ha podido satisfacer sus corazones sedientos. Heridas y golpes, fracasos y desilusiones, les han hecho ver que todo aquí pasa, que la riqueza y el bienestar de un momento es algo frágil, que los cariños de hoy pueden ser sombras errantes del mañana.
El tesoro sigue escondido en el campo. Algunos lo han encontrado. Han visto que era aquello que buscaban. Una vez descubierto, llega el momento de tomar decisiones: dejarlo todo, vender el pasado, romper con vicios arraigados, luchar por conquistar virtudes y sosiego. La oración se convierte en una necesidad, y la abnegación, palabra extranjera en muchos hogares del planeta, se convierte en moneda preciosa, en medio para llegar a la conquista, en necesidad para que el tesoro no se pierda, para que la vida no nos aparte de la meta.
Hoy es un día para abrir el Evangelio y escuchar al Maestro. Para sentir su voz sencilla, su doctrina de amor y de esperanza. Para ver que nos mira y nos dice, desde lo profundo de su cariño por el hombre, una parábola: “El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo…” (Mt 13,44).