Vicente de Paúl, Santo
Memoria Litúrgica, 27 de septiembre …
Hoy también se festeja a:
- • Francisca Javier de Rafelbuñol, Beata
- • Elzeario de Sabran, Santo
- • Lorenzo de Ripafratta, Beato
- • Terencio y Fidencio de Todi, Santos
- • Vicente de Paúl, Santo
He venido a salvar a los hombres
Tiempo Ordinario
Por: P . Clemente González | Fuente: Catholic.net

Del santo Evangelio según san Lucas 9, 51-56
Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma? Pero volviéndose, les reprendió y dijo: No sabéis de qué espíritu sois. Porque el Hijo del Hombre no ha venido a perder a los hombres, sino a salvarlos. Y se fueron a otro pueblo.
Oración Introductoria
Padre bueno, que fácilmente juzgo a los demás en vez de estar más alerta sobre mi propio comportamiento, por eso yo si quiero recibirte hoy en mi corazón, sé que tu presencia en mi vida logrará cambiar las actitudes negativas que me alejan de la santidad.
Petición
¡Ven Señor Jesús! Transforma mi debilidad en fuerza de amor.
Meditación del Papa
Cada uno de ustedes es un regalo de Dios para México y para el mundo. Su familia, la Iglesia, la escuela y quienes tienen responsabilidad en la sociedad han de trabajar unidos para que ustedes puedan recibir como herencia un mundo mejor, sin envidias ni divisiones. Por ello, deseo elevar mi voz invitando a todos a proteger y cuidar a los niños, para que nunca se apague su sonrisa, puedan vivir en paz y mirar al futuro con confianza. Ustedes, mis pequeños amigos, no están solos. Cuentan con la ayuda de Cristo y de su Iglesia para llevar un estilo de vida cristiano. Participen en la Misa del domingo, en la catequesis, en algún grupo de apostolado, buscando lugares de oración, fraternidad y caridad. Eso mismo vivieron los beatos Cristóbal, Antonio y Juan, los niños mártires de Tlaxcala, que conociendo a Jesús, en tiempos de la primera evangelización de México, descubrieron que no había tesoro más grande que él. Eran niños como ustedes, y de ellos podemos aprender que no hay edad para amar y servir.Benedicto XVI, 25 de marzo de 2012.
Reflexión
Podemos llamar a este pasaje “el evangelio del perdón sincero”. Cristo manda a sus apóstoles a prepararle el camino, para avisar a la gente de ese pueblo que iba a parar allí.
Pero esas personas de Samaría, en lugar de descubrir a Cristo entre el grupo de viajeros, sólo se fijaron en que “tenían intención de ir a Jerusalén”. En ese tiempo los samaritanos no se hablaban con los demás judíos que bajaban a Jerusalén. ¡Qué ofensa para Cristo! Por eso los apóstoles le preguntan si quiere que pidan que les caiga fuego del cielo. Esta propuesta de los apóstoles molestó más a Cristo que la ofensa recibida por el pueblo. ¿No vino Cristo a predicar el perdón? ¿No vino Cristo a morir por amor a toda la gente de ayer, de hoy y de siempre, para salvarnos y llevarnos al cielo? ¿Cómo, pues, iba a permitir que una pequeña ofensa mereciera un castigo así de grande? No. Y dice el Evangelio que Cristo les reprendió enérgicamente.
Por tanto, aprendamos de Cristo a perdonar. Pero a perdonar de corazón. Sí, nos cuesta, pero si pedimos ayuda a Cristo, nuestro corazón se liberará de un peso enorme, respirará paz, la paz que sólo Cristo da a los que se la piden y luchan por conseguirla y mantenerla.
Propósito
Perdonemos hoy a aquel que nos ofenda, a ejemplo de Cristo, que murió en esa Cruz y se ofreció como víctima al Padre tanto por los que le iban a amar como por los que le iban a crucificar.
Diálogo con Cristo
Jesucristo, quiero recibirte en mi interior con sencillez, apertura y humildad. Me pongo de rodillas ante Ti y te digo que acepto tu Reino. Quiero configurar toda mi vida con tu Evangelio. Quiero cambiar mis criterios, mis reacciones altaneras, para que todo lo haga por amor. Quiero saber agradecer y valorar a tantas personas santas que has puesto en mi camino. Dame tu gracia para que todo esto sea posible.
Conflictos y rivalidades en la Iglesia
Cristiano de hoy
Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

Tensiones, conflictos, envidias, zancadillas, se dan con frecuencia en casi todos los ámbitos de la vida humana: en la familia, en la escuela, en el trabajo, en el grupo de amigos, en el partido político, en el cuartel, en los hospitales.
Por desgracia, también se dan en la Iglesia. En el mismo Evangelio podemos leer cómo Cristo tuvo que intervenir varias veces cuando se producían fricciones o envidias entre los primeros discípulos. Una vez, porque discutieron sobre quién era el mayor (cf. Lc 9,46-48). Otra vez, porque diez de ellos se irritaron contra la pretensión de Santiago y Juan de ocupar los primeros lugares en el Reino (cf. Mt 20,24-28). Incluso en la Última Cena volvió a encenderse entre los apóstoles el debate sobre quién sería el primero (cf. Lc 22,24-27), como si todavía no hubieran aprendido el modo de actuar de su Maestro.
Tras la muerte de Cristo no faltaron momentos de tensión y de conflicto. A veces por motivos que parecían justos, como cuando hubo quejas entre los creyentes helenistas contra los hebreos, porque veían que sus viudas no eran tratadas de modo correcto (cf. Hch 6,1). Entre Pablo y Bernabé estalló un fuerte debate que les llevó a separarse, porque no estaban de acuerdo sobre si llevar o no a Juan Marcos a una nueva misión (cf. Hch 15,36-40). San Pablo se lamentaba de las divisiones que se produjeron en algunas comunidades, en las que unos decían “yo soy de Pablo” mientras otros repetían “yo soy de Apolo” (cf. 1Co 3,3-6).
La historia podría mostrarnos miles de ejemplos y situaciones parecidas, o incluso más graves, algunas de las cuales desembocaron, dramáticamente, en actos de violencia entre los que eran de un grupo contra los del otro grupo.
Puesto que siguen en pie las consecuencias del pecado original, y dado que las pasiones desordenadas nos llevan al individualismo, a la envidia, a la soberbia, al rencor, también hoy existen y se producen conflictos entre católicos que dañan enormemente la vida de la Iglesia.
En la parroquia o en un oratorio, dentro de una orden monástica o entre los sacerdotes de una diócesis, entre los miembros de un grupo de laicos comprometidos, entre los nacidos en un lugar y los nacidos en otro, en ocasiones, ojalá fueran pocas, se producen esos momentos de fricción que desgastan, que encienden los ánimos, que dividen, que llevan a sucumbir a pecados con la mente, con la lengua, con las acciones.
Cristo dejó bien claro cuál es el antídoto ante este peligro en los textos que citamos antes: el que quiere ser grande ha de convertirse en servidor de los otros. O, como decía san Pablo, basta con recordar que somos edificación de Dios, construidos sobre la única piedra angular que permite que todo encaje perfectamente: Cristo (cf. Ef 2,19-22).
Existirán, ciertamente, momentos de tensión, pequeños conflictos, malentendidos, errores humanos, incluso acciones claramente culpables. Ello no quita que podamos perdonar, que podamos tolerar con paciencia un defecto, que busquemos maneras concretas para restablecer la unidad y reparar los daños que se hayan podido producir.
Lo importante es tener siempre ante nuestros ojos lo que es esencial, y saber soportarnos los unos a los otros con espíritu auténtico de caridad fraterna.
En ese sentido, ayuda mucho recordar estas palabras de san Pablo: “Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos” (Ef 4,1-6).
Ello no quita que exista una legítima pluralidad, un dinamismo que permite a cada bautizado ofrecer sus propios dones a sus hermanos. Pero esa legítima pluralidad no debe convertirse en fuente de conflictos o divisiones, sino que vale en tanto en cuanto preserva y promueve la unidad y el amor entre los hermanos.
Dios está presente allí donde reina el amor fraterno (cf. 1Jn 4,7-21). Ese amor crea unidad y paz entre las comunidades, y permite vivir en la Tierra con esa dicha profunda y esa armonía íntima que esperamos alcanzar, para siempre, en el cielo.
