
Anacleto (Cleto), Santo
III Papa, 26 de abril …
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- • Domingo y Gregorio de Aragón, Beatos
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Hay que nacer de nuevo
Santo Evangelio según san Juan 3, 5. 7-15. Martes II de Pascua
Por: Camilo Palomino, LC | Fuente: somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Señor, en este día me pongo en tu presencia y te pido la gracia de experimentar una vez más tu gran amor por mí. Aumenta mi fe, Señor, para que pueda vivir y anunciar con alegría tu resurrección; fortalece mi esperanza para que, al contemplar tu triunfo sobre la muerte y el pecado, pueda corresponder a tu voluntad, y al experimentar tu amor, ayúdame a transmitirlo a los demás.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Juan 3, 5. 7-15
En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios». El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así pasa con quien ha nacido del Espíritu».
Nicodemo le preguntó entonces: «¿Cómo puede ser esto?». Jesús le respondió: «Tú eres maestro de Israel, ¿y no sabes esto? Yo te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio. Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán si les hablo de las celestiales? Nadie ha subido al cielo sino el Hijo del hombre, que bajó del cielo y está en el cielo. Así como levantó Moisés la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
En su diálogo con Nicodemo, Jesús habla de la necesidad de nacer de nuevo, de nacer en el espíritu. Estas palabras sorprenden a Nicodemo que no entiende exactamente a lo que Jesús se refiere. Nicodemo, un gran conocedor de las tradiciones judías y de la ley, pensaba que podía entender con claridad las cosas de Dios. Sin embargo, al encontrarse con Cristo y al escuchar su palabra, un deseo de conocer más y de entender mejor brota en su corazón. Este deseo lo lleva a acercarse a Cristo y preguntarle; y al oír su respuesta, se da cuenta que, para seguirlo y para poder entender su mensaje, es necesaria una profunda conversión, una conversión que requiere nacer de nuevo. Este nacer de nuevo del que se habla no implica un nacimiento biológico como al inicio pensó Nicodemo, sino un nacimiento en el espíritu.
De la misma forma, Jesús nos invita a nosotros a nacer de nuevo para poder entrar en su reino. Este nacer implica dejar atrás todo lo que nos aleja de Dios, nuestro egoísmo, nuestra soberbia, nuestra vanidad. Ciertamente éste no es un proceso fácil, pero es posible, ya que por este motivo el Hijo del hombre fue elevado en la cruz para redimirnos y transformarnos con su gracia.
Jesús, con su vida muerte y resurrección, nos invita a nacer de nuevo, a nacer en el espíritu. Esto implica dejar atrás nuestras seguridades, nuestras ideas y nuestra forma de ver y hacer las cosas para acoger lo que Dios nos pide y nos presente, y así Él pueda ser nuestra única seguridad y nuestro modelo.
Aunque por el bautismo ya nacemos en el espíritu y nos hacemos hijos de Dios, es necesario renovar esa gracia bautismal para poder vivir en plenitud las gracias que Dios nos concede a diario. De esta forma, al renacer en el espíritu con nuestra renovación y constante transformación, podremos irradiar con mayor intensidad el amor de Dios por la humanidad y convertirnos, así, en instrumentos de su misericordia.
«El único, el único que nos justifica; el único que hace renacer de nuevo es Jesucristo. Nadie más. Y por esto no se debe pagar nada, porque la justificación —el hacerse justo— es gratuita. Y esta es la grandeza del amor de Jesús: da la vida gratuitamente para hacernos santos, para renovarnos, para perdonarnos. Y este es el núcleo propio de este Triduo pascual. En el Triduo pascual la memoria de este advenimiento fundamental se hace celebración llena de reconocimiento y, al mismo tiempo, renueva en los bautizados el sentimiento de su nueva condición, que el apóstol Pablo expresa siempre así: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba […] Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra.” Mirar arriba, mirar el horizonte, ampliar los horizontes: esta es nuestra fe, esta es nuestra justificación, ¡este es el estado de gracia! Por el bautismo, de hecho, resucitamos con Jesús y morimos para las cosas y la lógica del mundo; renacemos como criaturas nuevas: una realidad que pide convertirse en existencia concreta día a día. Un cristiano, si verdaderamente se deja lavar por Cristo, si verdaderamente se deja despojar por Él del hombre viejo para caminar en una vida nueva, incluso permaneciendo pecador —porque todos lo somos— ya no puede ser corrupto, la justificación de Jesús nos salva de la corrupción, somos pecadores, pero no corruptos; ya no puede vivir con la muerte en el alma y tampoco ser causa de muerte».
(Homilía de S.S. Francisco, 28 de marzo de 2018).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Buscaré estar muy atento a la voz del Espíritu Santo e invocaré su ayuda y su presencia con mayor intensidad.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
¿Eres un buen cristiano?
5 preguntas que puedes hacerte si te crees muy buenoParece fácil ser cristiano; no matarás, no mentirás, no robarás y tienes el cielo ganado.
Por: Kristina Hjelkrem | Fuente: http://catholic-link.com

Parece fácil ser cristiano; no matarás, no mentirás, no robarás y tienes el cielo ganado.
Los 10 mandamientos nos los enseñan desde que somos pequeños (¿al preparar la primera comunión?), y desde entonces intentamos cumplir con ellos para ser las buenas personas que queremos ser. La verdad es que querer ser buena persona es un gran comienzo, y querer cumplir con los mandamientos aún más.
Recordando el pasaje del joven rico, cuando este va al encuentro del Señor y le pregunta: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”, Jesús le responde “Tú sabes los mandamientos: ‘no mates, no cometas adulterio, no hurtes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre”». A primera vista parece que lo estamos haciendo bien.
Traduciendo ese pasaje a nuestra vida, no solo se trata de atender a los 10 mandamientos –que a veces pueden sonar un poco arcaicos– («no codiciarás a la mujer de tu prójimo»), sino que se trata de cumplir con los deberes de tu estado (tu situación cotidiana actual). Por ejemplo, si soy estudiante de la universidad y contextualizo dichos mandamientos a mi día a día: voy a misa los domingos, separo un espacio para mi oración, hablo con mis padres regularmente y nunca les alzo la voz; intento (al menos intento), no hablar mal de nadie y hago mis deberes de forma diligente.
Ahora bien, ¿y si siempre he sido responsable y virtuosa?, ¿si como el joven rico todo esto lo he cumplido bien? ¿Ahora qué?, ¿ya soy buena? No debemos olvidar que a la pregunta del joven el Señor también le responde: «¿Por qué Me llamas bueno? Nadie es bueno, sino solo uno, Dios».
La mayor tentación de un cristiano comprometido con su fe está en que podemos llegar a creernos buenos. Creer que hemos hecho suficiente. Entender la vida cristiana como un catálogo de reglas que tenemos que cumplir para «ser bueno» es un error que conlleva una profunda tristeza. Quien se gana el cielo y quien vive con esa alegría en la tierra, no es la persona que concibe la vida como un continuo poner vistos en una to-do-list. Claro está que cumplir con los mandamientos es necesario (no me malinterpreten) pero esto no es suficiente para ser llenar el corazón del hombre.
Entonces, ¿cómo se es santo y se gana el cielo?
El joven rico se pregunta lo mismo y le dice al Señor : «Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud” a lo que Jesús responde “Una cosa te falta: ve y vende cuanto tienes y da a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; entonces vienes y Me sigues».
¿Cómo entender estas palabras tan exigentes del Señor en nuestra día a día? Estas 5 preguntas te pueden ayudar:
1. ¿Me he puesto hoy al servicio de los demás?
El Señor nos invita a vivir nuestra vida desde una perspectiva distinta, la de dejar todo a los demás por Él, por amor.
Ese «vende todo lo que tienes» hoy en día es una forma de vaciar el corazón de prejuicios contra los demás, de dar demasiada importancia a las apariencias, de preocuparse excesivamente de uno mismo; y de darle la oportunidad de llenarse de Cristo.
Un amor que «da a los pobres» es aquel que se entrega por completo a los demás para vivir con una apertura radical a los demás. Ya lo decía San Agustín «Ama y haz lo que quieras», ¡y no se equivoca! El amor es el auténtico fin del hombre y lo único que puede colmar su corazón con anhelos de eternidad.
2. ¿He buscado hoy ser instrumento de Dios para que los demás le conozcan?
Como hemos dicho arriba, no se trata solo de ser buenos. El«nuevo» mandamiento del amor renueva la vivencia de las enseñanzas que Dios nos ha dejado (cumplir con los mandamientos) de manera que engrandece la vida del hombre al no dejarla circunscrita a la constatación de «buenas obras», a conformarse con «ser bueno», sino que lo lleva a ilusionarse con «ser perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mateo 5:48), perfectos en el amor. Y este amor, para que sea perfecto, es expansivo, busca siempre transmitirse a los demás.
3. ¿He procurado cuidar algún momento de oración hoy para poder encontrarme con Dios?
Sin oración no somos nada. Para subir un poco más arriba del escalón de «ser buenos», necesitamos de la gracia. Nadie puede ser santo por sus propios medios.
«Siempre que sentimos en nuestro corazón deseos de mejorar, de responder más generosamente al Señor, y buscamos una guía, un norte claro para nuestra existencia, el Espíritu Santo trae a nuestra memoria las palabras del Evangelio: “conviene orar perseverantemente y no desfallecer”. La oración es el fundamento de toda labor sobrenatural; con la oración somos omnipotentes y, si prescindiésemos de este recurso, no lograríamos nada» (San José María Escrivá).
4. ¿He sido agradecido hoy con Dios por todo lo que me ha regalado?
Una de las condiciones más importantes para la santidad es el agradecimiento. Todo lo bueno que tenemos proviene de Dios y es a Él a quien primero debemos agradecer. Vivir en un constante agradecimiento nos ayuda a crecer en la humildad y la alegría.
«El saber agradecer a los hermanos es signo de que se tiene un corazón agradecido para con Dios nuestro Señor y un corazón agradecido es siempre fuente de gracia» (Papa Francisco).
5. ¿He sabido hoy apreciar lo que los demás han hecho por mí?
No solo se trata de ser agradecidos con Dios, es bueno tambien serlo con los demás. Ir más allá de «ser buenos» implica ese ponernos siempre en disposición, en apertura hacia los otros, y esto no se trata solo de servirlos, se trata también de buscar valorar al otro por quién es, aprender a ver en cada persona una oportunidad para vivir el encuentro, la alegría y el agradecimiento