
Ildefonso, Santo
Memoria Litúrgica, 23 de enero…
Hoy también se festeja a:
¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?
Por: H. David Mauricio Sánchez Mejía, L.C. | Fuente: missionkits.org

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Señor, hoy vengo ante Ti a pedir tu ayuda. Aumenta mi fe para creer en tus promesas. Aumenta mi esperanza para poner en tus manos todas mis necesidades. Aumenta mi amor para ser un testimonio de tu bondad. Sin Ti no soy nada; contigo lo puedo todo.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Marcos 3, 31-35
En aquel tiempo, llegaron a donde estaba Jesús, su madre y sus parientes; se quedaron fuera y lo mandaron llamar. En torno a Él estaba sentada una multitud, cuando le dijeron: «Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan».
Él les respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Jesús no quiere que le conozcamos simplemente como una figura histórica que vivió hace dos mil años, ni como a un personaje olvidado en un papel que cobra vida si, y sólo si, leemos el libro. ¡No!, Jesús es real, todo el tiempo, real. Es tan real que nos dice cómo llegar a formar parte de su familia. Si Jesús es realmente el hijo de Dios, ¿a quién no le gustaría formar parte de esa familia divina?
Jesús nos dice: «El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.» Suena fácil, pero sabemos por experiencia que no lo es porque, ¿cómo podemos saber que estamos haciendo la voluntad de Dios?
Tenemos los mandamientos y las enseñanzas de la Iglesia, aun así, podemos ir más profundo y discernir la voluntad de Dios para nuestras vidas:
- Dios tiene un plan para cada uno de nosotros y no se contradice. No va cambiando de parecer porque se haya levantado con el pie izquierdo. Nos podemos preguntar: ¿hacia dónde me ha dirigido Dios a lo largo de mi vida?, ¿qué me ha pedido?
- Dios no nos ha creado islas. Quiere que reconozcamos nuestras limitaciones y pidamos ayuda. Como nadie es buen juez de sí mismo, es necesario que nos acerquemos a personas buenas, de oración, que nos puedan aconsejar a lo largo del camino. El confesor y el director espiritual tienen un papel relevante porque Dios les ha confiado a ellos la dirección de nuestra alma.
- Jesús mismo nos dice en el Evangelio: «por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,16). Si lo que hacemos nos deja llenos de paz, gozo, plenitud, quiere decir que vamos por buen camino. Si, por el contrario, tenemos sólo inquietud, tal vez se nos ha escapado algo y debemos regresar sobre nuestros pasos y pedir luz al Señor para ver con claridad.
Jesús ya ha puesto todo de sí para que formásemos parte de su familia, ahora, ¿qué pienso poner yo?
[María] siguió a Jesús, escuchando cada palabra que salía de su boca; conservó todo en su corazón y se convirtió en memoria viva de los signos realizados por el Hijo de Dios para suscitar nuestra fe. Sin embargo, no basta sólo escuchar. Esto es sin duda el primer paso, pero después lo que se ha escuchado es necesario traducirlo en acciones concretas. El discípulo, en efecto, entrega su vida al servicio del Evangelio.
(Homilía de S.S. Francisco, 8 de octubre de 2016).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Me confesaré esta semana.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
¿Se puede seguir todavía creyendo en la Iglesia?
Por: Mons. Sergio Osvaldo Buenanueva | Fuente: AICA.org

En una nueva columna para el periódico “La Voz de San Justo”, el obispo de San Francisco, monseñor Sergio Osvaldo Buenanueva, reflexionó sobre la última parte del Credo, que reza “Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica…”. Al respecto, el prelado se preguntó: “¿Se puede seguir todavía creyendo en la Iglesia? ¿Cómo se puede calificar de ‘santa’ a una institución que carga con el peso de tantas miserias?”.
“¿Se puede seguir todavía creyendo en la Iglesia? ¿Cómo se puede calificar de ‘santa’ a una institución que carga con el peso de tantas miserias?”, se preguntó esta semana el obispo de San Francisco, monseñor Sergio Osvaldo Buenanueva, al reflexionar sobre la frase del Credo que afirma la fe en “la santa Iglesia católica”.
Como ejemplo, tomó lo vivido en la visita del papa Francisco a Chile: “La Iglesia católica tiene hoy un bajo nivel de confianza en ese país”, advirtió, y lo atribuyó a diversas razones: desde “profundos cambios culturales (más espíritu crítico y distancia de las instituciones) hasta el drama de los abusos sexuales del clero”. Argentina, aún con diferencias, vive procesos parecidos, reconoció el prelado.
“La conclusión, a la que muchos arriban, parece clara: Dios sí, Iglesia no. Hoy muchos creen en Dios sin sentir la necesidad de pertenecer a la Iglesia. Creer sin pertenecer”, explicó, y aclaró, en primer lugar, que “los cristianos no creemos en la Iglesia de la misma manera en que creemos en Dios”, sino que en realidad, “el acto de fe solo se puede realizar de cara a Dios. Solo Él, Verdad que no miente, es digno de fe. Solo a Él podemos decirle ‘amén’ con todo nuestro ser”.
Monseñor Buenanueva recordó que “la fe cristiana es mucho más que aceptar la existencia de Dios. Es reconocer que Él nos ha dirigido su Palabra, pues ha querido comunicarse con nosotros. Dios se ha hecho oír, convocando a un pueblo y confiándole la misión de ser signo visible de su amor por toda la humanidad”. En ese sentido, explicó que “la palabra ‘Iglesia’ quiere decir precisamente eso: convocación, llamada y reunión de hombres y mujeres para escuchar la Palabra de Dios, recibir su Espíritu y caminar en su presencia”.
“Creemos en Dios que ha creado la Iglesia como la reunión de todos los que creen. Esa es también una de las definiciones más bellas de la Iglesia: ‘congregatio fidelium’ (la reunión de todos los que escuchan, acogen y creen en la Palabra). Así, la Iglesia entra en el campo de la fe como obra de Dios para nosotros”, continuó.
“Donde Dios hace oír su Palabra, allí el Espíritu reúne una comunidad unida por la fe”, sostuvo el obispo, y afirmó que, para los cristianos, “esto acontece en torno a la persona de Jesús. Él es la Palabra que escuchamos cuando leemos las Escrituras. Es su Espíritu el que nos une en comunión fraterna, rescatándonos de la soledad y el aislamiento”.
“Todo lo que en la comunidad cristiana es visible (palabras y gestos, culto y normas, personas e instituciones, carismas y ministerios) está al servicio de la invisible: el Espíritu que santifica a la familia de Cristo”, insistió, y destacó que “el rostro humano de la Iglesia, con todos sus límites, está llamado a ser expresión de la misericordia de Dios manifestada en Jesucristo”.
Tomada de los hermanos protestantes, la fórmula que los católicos adoptamos en el Concilio Vaticano II, relata monseñor Buenanueva, es “la Iglesia está siempre en reforma”, porque “sus miembros somos imperfectos y el Evangelio siempre nos queda grande. Parafraseando al Papa Francisco: somos un pueblo de pecadores amados y perdonados”, añadió.
“Siempre ha sido una tentación creer que la Iglesia solo se forma con la gente pura, perfecta y santa. No. La Iglesia abraza a todos: santos y pecadores. Es santa en su cabeza, Cristo resucitado, y en sus miembros más insignes: María y los santos. Es santa porque a través de su humanidad el Espíritu sigue actuando en el mundo, ofreciéndonos la luz de la Palabra y la fuerza de los sacramentos. Pero esa santidad que viene de Dios es para que la vivamos hombres y mujeres imperfectos”, concluyó, completando el artículo del Credo de esta manera: “Creo en el Espíritu Santo que anima, inspira y constantemente provoca a la Iglesia a ser fiel al Evangelio, a imitar a Cristo pobre, manso y humilde”.