
Juan Nepomuceno, Santo
Presbítero y Mártir, 20 de marzo…
Hoy también se festeja a:
- • María Josefa del Corazón de Jesús Sancho de Guerra, Santa
- • Arquipo de Colosas, Santo
- • Daniel, Santo
- • Cutberto de Lindisfarne, Santo
- • Hipólito (Ippolito) Galantini, Beato
¿Quién eres tú?
Por: H. Rubén Tornero, L.C. | Fuente: missionkits.org

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Jesús, te doy las gracias por esta oportunidad que me das para poder encontrarme contigo en la intimidad de la oración. Has estado esperando ardientemente este momento, en que yo viniera a abrirte mi corazón. Tú ya sabes cuáles son mis dificultades, mis anhelos, mis sueños… pero te agrada escucharme, hacerme sentir que estás vivo y que quieres jugar un papel importante en mi vida, si yo te dejo.
Ayúdame, amado Jesús, a abrir el corazón para recibir con amor y atención lo que hoy quieres decirme. Dame la gracia de fundir mi voluntad con la tuya, y que toda mi vida no sea sino un acto de alabanza y de agradecimiento por todo lo que Tú has hecho por mí… pero sobre todo por ser quien eres. Amén.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Juan 8, 21-30
En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Yo me voy y ustedes me buscarán, pero morirán en su pecado. A donde yo voy, ustedes no pueden venir». Dijeron entonces los judíos: «¿Estará pensando en suicidarse y por eso nos dice: ‘A donde yo voy, ustedes no pueden venir’?». Pero Jesús añadió: «Ustedes son de aquí abajo y Yo soy de allá arriba; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo. Se lo acabo de decir: morirán en sus pecados, porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados».
Los judíos le preguntaron: «Entonces, ¿quién eres Tú?». Jesús les respondió: «Precisamente eso que les estoy diciendo. Mucho es lo que tengo que decir de ustedes y mucho que condenar. El que me ha enviado es veraz y lo que yo he oído decir a él es lo que digo al mundo». Ellos no comprendieron que hablaba del Padre.
Jesús prosiguió: «Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces conocerán que Yo Soy y que no hago nada por mi cuenta; lo que el Padre me enseñó, eso digo. El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que a él le agrada». Después de decir estas palabras, muchos creyeron en él.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Muy amada alma:
Hoy has visto que mis palabras hacia los judíos son muy duras y que ellos me preguntan: ¿Quién eres tú?
Sé que muchas veces, sobre todo en los momentos difíciles de la vida, esta misma pregunta ha brotado en tu alma. Quiero responderte.
Soy alguien que te ama, que solamente quiere tu felicidad. Soy alguien que sufre contigo y por ti. Soy aquél que también ríe cuando estás alegre, pero también soy aquél que te ama tanto que estoy dispuesto a sacarte de la esclavitud del pecado.
Muchas veces los que te aman son los que no te molestan, los que dejan que tu vida siga igual…No. Yo no soy de esos, pues esa actitud se llama indiferencia y no amor.
Porque te amo y sólo quiero tu bien, tu felicidad, soy capaz de dirigirte fuertes palabras como a los judíos…entiende que vale mil veces más el golpe de un amigo que te detiene para que no caigas al precipicio, que las palmadas en la espalda de quien es indiferente ante tu ruina.
¡TE AMO! Y lo hago tanto que estoy dispuesto a romper tu tranquilidad si ella te llevará a la ruina.
Escuchaste que les dije a los judíos: «A donde yo voy, ustedes no pueden venir.» ¿Sabes a dónde fui? A dar mi vida por cada uno de ellos… ¡a morir por ti! Ellos no podían venir porque solo mi amor por ti es tan grande que llega hasta el punto de dar mi vida por ti. Dentro de pocos días, volveré a morir por ti, se renovará el sacrificio que hice y hago por ti. A ti no te digo que no puedes venir, pues he arrancado tu vida del abismo para ponerla de nuevo en tus manos. Puedes venir, pero ¿quieres hacerlo?
¿Quieres experimentar el amor tan grande que te tengo? ¿Me permitirías compartir mi vida contigo?
Ése soy yo, el que te ama…quizá más de lo que tú mismo lo haces. ¿Me dejas amarte hasta el extremo?
Atte. Jesús
¿Quién eres tú para cerrar la puerta de tu corazón a un hombre, a una mujer que quiere mejorar, volver al pueblo de Dios, porque el Espíritu Santo ha tocado su corazón? Que la Cuaresma ayude a no cometer el error de quien desafió el amor de Jesús hacia el paralítico solo porque era contrario a la ley. Hay que pedir al Señor por nosotros y por toda la Iglesia una conversión a Jesús, una conversión a la misericordia de Jesús. Y así la ley será plenamente cumplida, porque la ley es amar a Dios y al prójimo, como a nosotros mismos.
(Homilía de S.S. Francisco, 17 de marzo de 2015, en santa Marta).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hoy intentaré hacer un acto de amor para hacer experimentar a los demás el amor que Cristo les tiene.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
6 cosas que los padres han de hacer si quieren poder comunicarse bien con sus hijos adolescentes
Por: n/a | Fuente: Religión en Libertad

José García Santandreu, director del colegio Highlands El Encinar en Madrid, después de 25 años de apostolado y trabajo con jóvenes y adolescentes publicó en 2014 su libro «Adolescentes, qué hacemos con ellos» (Ed. De Buena Tinta).
Uno de los temas clave que trata el tema es el de la comunicación de los padres con los adolescentes, precisamente en una edad en que los chicos tienden a cerrarse, rehuir a sus padres y aislarse en su mundo.
Pero comunicarse es necesario y los padres lo puden conseguir con estas 6 acciones, que recogemos aquí del libro.
1) Establecer una nueva alianza: ya no son niños
Es importante que los padres, cuando el hijo entra en la adolescencia, abandonen poco a poco ciertos rasgos del tipo de relación que se remonta a cuando el hijo era aún niño, y que establezcan una especie de nueva alianza, una relación fundada sobre bases nuevas y que se despliegue en nuevas expectativas, nuevos cometidos y nuevas responsabilidades recíprocas.
Será este cambio psicológico de actitud el que impulsará al muchacho al crecimiento hacia la madurez. Este cambio psicológico deberá adquirir poco a poco la forma de una enseñanza lo más lejana posible del tono de prédica o de sermón.
Es poco educativa, y poco eficaz, la continua exhortación pedagógica que a veces se manifiesta y expresa con suspiros, expresiones resignadas del rostro, miradas y movimientos de cabeza en señal de desaprobación. Se podría recurrir también a esto, sí, pero ante todo habría que preguntarse sobre el sentido y los rasgos de una comunicación auténtica.
2) Acoger al joven tal como es
Hay un modo de relacionarse que es de por sí satisfactorio, que hace sentirse bien; es el de acoger cordialmente a quien se tiene delante, tal como es.
A veces bastará con reforzar los puntos del lenguaje no verbal y el penetrante lenguaje de los gestos silenciosos y afectivos. Nunca es tan protagonista el cuerpo como en esta edad de la vida.
Según las ciencias psicológicas, el cuerpo es el vehículo principal de la manifestación no verbal de los sentimientos y afectos. En consecuencia el cuerpo se convierte en el medio más importante para recibirlos y codificarlos.
Es fácil deducir que, si el afecto hacia el hijo está inspirado en la paciente y aceptadora benevolencia de su gradual crecimiento y de su deseo de libertad, este sentimiento puede ser expresado con gestos silenciosos mucho más penetrantes y quizá más convincentes que mil palabras.
3) Aprender a observar al joven, estar atento
Siguiendo a una pedagoga reconocida: el padre de familia, y el educador en general, debe aprender a observar. Observar es mirar con atención, seguir atentamente.
Para poder observar es necesario «estar presentes»; es decir, garantizar una presencia discreta al hijo, en el sentido de que ya no puede ser el mismo tipo de presencia que cuando el hijo era un niño. Observar no es vigilarlo insistentemente, escudriñarlo, escrutarlo o juzgarlo para ponerle nervioso.
Observar no es buscar en seguida explicaciones o causas, para hacer diagnósticos y dar interpretaciones aceleradas.
Saber observar es difícil. Hay que saber prescindir en ocasiones de los propios puntos de vista que son, muchas veces, el origen de los prejuicios. Observar es intentar ver al hijo sin intenciones prefijadas y sin comparaciones. Es mirar desde la distancia emotiva justa, ni demasiado cerca (confluencia absorbente) ni demasiado lejos (indiferencia), aunque unas veces sea oportuno acercarse a las cosas y otras sea necesario distanciarse de ellas.
Observar es encontrarse con la mirada, establecer un contacto, hasta «tocarse» con los ojos. Observar es empezar a reparar en todas esas pequeñas y grandes señales que el muchacho envía a través de su cuerpo: la cara, los ojos, la voz, etc., y mediante ellos llegar a su alma. No es casualidad que muchos padres sean los últimos en saber ciertas cosas de su hijo. Buscan informarse, preguntan, espían… pero no observan.
4) Aprender a escuchar
El padre de familia debe saber escuchar. La verdadera escucha es profunda y difícil para los padres y para los hijos. Cuando un padre presta atención al hijo para después, como de costumbre, contradecirlo, corregirlo, hacerle notar sus fallos o decirle inmediatamente aquello que según él necesita, no lo está escuchando, sino que está librando su batalla particular.
El hijo que percibe que tiene un padre impenetrable, no se siente comprendido. Para una buena escucha es necesario crear un vacío interior y adoptar una posición de receptividad, bloquear el flujo de pensamientos internos que en seguida se infiltran mientras está hablando el otro.
La verdadera escucha la realiza un padre cuando presta atención a las palabras del hijo y a sus emociones, reconociéndolas por aquello que son en realidad, sin acentuarlas o disminuirlas, sin sobrevalorarlas o devaluarlas; o desdramatizando gratuitamente, ironizando, ridiculizando y generalizando.
Es necesario utilizar los ojos, introducirse en los ojos del hijo en lugar de mirar a otra parte mientras habla. Hay que escuchar con todo el cuerpo, con una postura y gestos que demuestren interés, aceptación, atención.
Escuchar los contenidos para captar la conformidad de estos con el tono de voz y con las expresiones del rostro; escuchar los silencios, las pausas, la respiración, escuchar incluso los rubores. Y hay que comprender que el muchacho vive una revolución interior, que le es difícil expresarse y darse a entender.
5) Buscar conocer al hijo… sin «psicologizar»
El padre debe buscar conocer al hijo. En la actualidad se ha introducido la tendencia «psicologizante» de querer interpretar todo, de querer encontrar a como dé lugar una explicación a todos los comportamientos, movimientos, a cada palabra.
Pero a menudo se interpreta mal por no tener suficientes datos objetivos; lo que lleva a tener una concepción errónea del hijo. Lógicamente esto empeora la relación, dado que interpretar en esta ocasión significa prejuzgar, «etiquetar».
En cambio el verdadero conocer es acercarse, acortar las distancias, para entrar en el área de la intimidad. La racionalización no es el camino idóneo para llegar al adolescente. Para conocer al propio hijo es necesario encontrar la clave justa que permita acceder a su intimidad.
El padre podrá conocer al hijo sólo si no le infunde miedo o temor reverencial, si sabe crear una relación sana y un vínculo en plena libertad. Para lograrlo es necesario una graduación de comportamientos: no invadir el territorio del hijo sin su permiso, sino esperar con paciencia a que solo, libremente, salga fuera de su madriguera de aislamiento y clausura.
El dinero, los regalos, los premios, no pueden comprar la amistad del hijo o su simpatía. La constricción, la fuerza, las amenazas, la seducción son inútiles. Se ha constatado, en cambio, que existen tres claves que son un salvoconducto capaz de abrir todas las puertas:
- la empatía, que es la capacidad de lograr hacer manifiestos los sentimientos y afectos del hijo;
- la autenticidad, que es la capacidad de manifestar con congruencia los propios sentimientos y afectos;
- y el respeto, que es la capacidad de aceptación incondicional del hijo, tal como es.
6) Aprender a actuar… y a no actuar
El padre debe aprender a actuar. Muchas veces los padres preguntan qué hacer, cómo comportarse con el hijo ante tal circunstancia, cómo no equivocarse en edad tan crítica.
En muchos casos el qué hacer es muy sencillo: «no hacer» o «dejar hacer». No hacer, aunque no lo parezca y pueda interpretarse como desinterés, es más difícil que hacer.
En efecto, resulta espontáneo intervenir, tratar de hacer algo, especialmente cuando se tiene la sensación de que el hijo está a punto de equivocarse o no está todavía maduro para afrontar aquella situación. En realidad cuanto más interviene el padre, menos iniciativa toma el hijo.
No hacer, en este sentido, no es tampoco no actuar por indecisión o por miedo, no es ignorar al hijo, sino resistir al impulso de intervenir por una mínima cosa, o sustituir al hijo en la toma de decisiones.
El no hacer puede realizarlo el padre en muchas ocasiones:
- en el resistir al impulso de regañar, amenazar o criticar continuamente al hijo privándole de tener confianza en sí mismo;
- en el reprimir la costumbre de decirle siempre sermones;
- en el frenarse cuando la propia tendencia es querer siempre ofrecer soluciones o sugerencias;
- en el evitar juzgar, inculpar, ridiculizar sistemáticamente al hijo;
- en el contener el ansia de interpretar, investigar, hacer siempre preguntas e interrogatorios;
- en el controlarse cuando instintivamente se querría desdramatizar o dramatizar demasiado, desviar, despistar («hablemos de otras cosas», «olvidemos este asunto», «te lo tomas demasiado a pecho», «esta vez te has pasado»).
No hacer es saber dejar que actúe el silencio y dar el tiempo justo para que el muchacho pueda llegar a una mayor conciencia y a una más profunda introspección con el objeto de interiorizar positivamente su experiencia.
Es necesario un hacer positivo, entre otras cosas: crear en la familia el ambiente propicio para la educación constante; ofrecer los medios convenientes para el crecimiento integral del muchacho (colegio adecuado, actividades extraescolares sanas, pasatiempos enriquecedores, etc.); dedicar el tiempo necesario para convivir y conversar con los hijos; y saber ofrecer todo esto adecuándose a la índole y a la personalidad de cada hijo, porque cada uno es un mundo y hay que actuar con cada uno de diversa forma.
Con frecuencia los padres dicen que hacen muchas cosas por los hijos. Pero no basta un hacer si éste no va acompañado por el aliento. El aliento es diferente de la alabanza. El aliento es preventivo, consiste en sostener al muchacho en sus esfuerzos antes de que él se disponga a hacerlos, sostenerlo por encima y aun a falta de resultados; es estima y respeto sin condiciones; es ver los aspectos positivos de su comportamiento en lugar de subrayar las equivocaciones.
La alabanza, en cambio, tiende muchas veces a obtener del hijo lo que el padre espera, es posterior a las acciones, lleva a la competitividad, le puede inducir a pensar que su comportamiento es aceptable a partir del aprecio de los otros.
El aliento, por el contrario, impulsa al hijo sin que él incurra en el error de actuar sólo de cara a las expectativas de los padres.