Romualdo, Santo
Memoria Facultativa, 19 de junio …
Hoy también se festeja a:
- • Deodato de Nevers, Santo
- • Miguelina Metelli, Beata
- • Gervasio y Protasio, Santos
- • Juliana Falconieri, Santa
- • Elena Aiello, Beata
Volvamos al Señor
Por: H. Alexis Montiel, L.C. | Fuente: www.somosrc.mx
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Limpia mi corazón, Señor, para que pueda custodiar y vivir con más celo tu palabra.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 6, 1-6.16-18
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres, para que los vean. De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial.
Por lo tanto, cuando des limosna, no lo anuncies con trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, para que los alaben los hombres. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. En cambio, cuando tú des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes hagan oración, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora ante tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como esos hipócritas que descuidan la apariencia de su rostro, para que la gente note que están ayunando. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que no sepa la gente que estas ayunando, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará”.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Volvamos al Señor.
Nos encontramos a los pies de Jesús, en la cima del monte, acompañados de muchos hermanos. Ayer, y estos últimos días, hemos escuchado muchas enseñanzas; puede que sea cansado, pero poco a poco nos encontramos con este Evangelio. Este pasaje nos llama hoy a vivir, de manera más profunda, cada cosa que vivimos, no de cara a los demás, sino de cara a Dios. Pensemos en los compromisos que hemos vivido en esta semana o durante estas últimas semanas, ¿cuántas veces hemos vivido nuestros compromisos de oración? Reflexionemos, ¿nuestros compromisos los saben los demás para que nos halaguen?, ¿lo pregonamos por las calles o lo hacemos con tristeza como los fariseos de los que habla el evangelio?
Siempre que hago este ejercicio de recordar, me dan ganas de regresar en el tiempo y corregir las cosas. Demos gracias a Dios que hoy nos invita a no quedarnos en el pasado, sino que nos regala un presente para que cambiemos nuestra actitud y, una vez más, volvamos al Señor.
«Siempre la verdad delante de Dios, siempre. Y esta verdad delante de Dios es la que hace espacio para que el Señor nos perdone; sin embargo, la hipocresía es exactamente lo contrario. Al principio esta gente sabe que es hipócrita, dice una cosa y no la hace: pero con la costumbre también ellos creen que son justos. Por ejemplo, pensemos en la oración de ese doctor de la ley delante del altar: “Te doy gracias, Señor, ¡muchas gracias!” Pero no añade: porque me has perdonado, sino que dice: porque no soy como los otros, yo hago todo lo que se debe hacer. Y, después gira la cabeza: “Ni tampoco soy como ese que ha hecho esto, esto, esto…”. Las personas hipócritas acusan siempre a los otros, pero no han aprendido la sabiduría de acusarse a sí mismos. Hay que pedir al Señor, con las palabras del salmo 31, la gracia de la verdad interior y de poder decir con verdad: “te he hecho conocer mi pecado, no lo he escondido, no he cubierto mi culpa”.»
(Homilía de S.S. Francisco, 20 de octubre de 2017, en santa Marta).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Renovar el propósito que más me ha costado o que no viví de cara a Dios en esta última semana.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
¿Cómo orar cuando he pecado gravemente contra Dios?
Por: Evaristo Sada, L.C. | Fuente: La-oracion.com
Cuando has pecado la mejor oración es un espíritu contrito, humillado y confiado a los pies de Cristo crucificado.
Señor, he pecado.
Con el corazón hecho pedazos vengo a pedirte perdón.
Sé que no hay maldad tan mala capaz de impedirte amarme.
Eleva al Señor esta oración cuando le has fallado
Me da vergüenza verte crucificado y encima pedirte favores,
pero, te necesito, Señor:
por tu inmensa compasión ¡borra mi culpa!
Mírame, soy débil, vulnerable, pecador.
Yo, miseria. Tú, misericordia.
Tú que puedes sacar bien del mal, levántame, Señor.
Sáname. Restáurame. Hazme un hombre nuevo.
Desde la altura del cielo nos viste sufrir
y con el estandarte del amor
viniste al encuentro del hombre que sufre.
Una y otra vez he comprobado que lo que atrae tu mirada misericordiosa sobre mí es mi estado de miseria.
No son mis méritos los que me hacen agradable a tus ojos, sino la omnipotencia de tu misericordia.
La incomprensible gratuidad de tu amor.
No debe haber pecado capaz de tenerme alejado de ti.
Por más vergüenza y dolor que sienta,
siento también la confianza de venir a pedirte perdón
con la certeza de que siempre, siempre, encontraré la mirada del Buen Pastor.
Tus ojos están puestos en los que esperan en tu misericordia (Sal 32)
Por eso estoy aquí, una vez más de rodillas ante ti, Cristo crucificado.
Vengo a declararme débil, miserable, pecador.
Vengo a pedirte perdón.
(Guarda silencio, escucha que te absuelve y que te dice: Te sigo amando igual. Déjate amar.)
Gracias, Jesús.
Cuando hago oración contemplándote en la cruz
te me revelas como Misericordia.
Tu amor crucificado es una invitación a la confianza.
Te lo suplico, Señor, que hoy y cuando tenga la desgracia de perder la gracia,
no olvide jamás que tú, Dios, moriste crucificado para salvarme;
que no pierda nunca la esperanza de tu misericordia.
Como el ladrón que paga sus culpas en el Calvario,
también yo te suplico: acuérdate de mí a la hora de mi muerte
y consérvame a tu lado para siempre.
Y luego, con el espíritu bien dispuesto, acudir al sacramento del perdón.
Una buena práctica que aprendí al entrar a la vida religiosa es el rezo del Salmo 50 todas las noches, de rodillas junto a la cama, ante Cristo crucificado, tratando de adoptar las actitudes del Rey David:
Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión, borra mi culpa,
lava del todo mi delito, limpia mi pecado.
Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado,
contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces.
En la sentencia tendrás razón, en el juicio resultarás inocente.
Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre.
Te gusta un corazón sincero, y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con hisopo: quedaré limpio, lávame, quedaré más blanco que la nieve.
Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa.
Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme,
no me arrojes de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso;
enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti.
Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios Salvador mío y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza.
Los sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.
Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén;
Entonces aceptarás los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos, sobre tu altar se inmolarán novillos.
