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¿Cómo hacen en sábado lo que no está permitido?
Tiempo Ordinario
Por: José de Jesús González | Fuente: Catholic.net

Del santo Evangelio según san Marcos 2, 23-28
Caminando Él a través de las mieses en día de sábado, sus discípulos, mientras iban, comenzaron a arrancar espigas. Los fariseos le dijeron: Mira, ¿cómo hacen en sábado lo que no está permitido? Y les dijo: ¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando tuvo necesidad y sintió hambre él y los suyos? ¿Cómo entró en la casa de Dios, bajo el pontificado de Abiatar, y comió de los panes de la proposición, que no es lícito comer sino a los sacerdotes, y los dio asimismo y a los suyos? Y añadió: El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Y dueño del sábado es el Hijo del hombre.
Oración introductoria
Jesucristo, dame el don de poder encontrarme contigo en esta oración. Muchas veces me dejo influenciar por el qué dirán, por la rutina, la apatía… perdiendo así la verdadera esencia que debe caracterizar mis actos, por eso te pido que renueves mi fe y acrecientes mi esperanza para salir de esta meditación con un amor renovado, sincero, total.
Petición
Jesús, ayúdame a ser un fiel seguidor tuyo, a ser radical en tu seguimiento, a vivir con coherencia de vida y con caridad para con todos.
Meditación del Papa Francisco
Y la Iglesia está llamada a vivir su misión en la caridad que no señala con el dedo para juzgar a los demás, sino que –fiel a su naturaleza como madre – se siente en el deber de buscar y curar a las parejas heridas con el aceite de la acogida y de la misericordia; de ser «hospital de campo”, con las puertas abiertas para acoger a quien llama pidiendo ayuda y apoyo; aún más, de salir del propio recinto hacia los demás con amor verdadero, para caminar con la humanidad herida, para incluirla y conducirla a la fuente de salvación.
Una Iglesia que enseña y defiende los valores fundamentales, sin olvidar que «el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado»; y que Jesús también dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar justos, sino pecadores”. Una Iglesia que educa al amor auténtico, capaz de alejar de la soledad, sin olvidar su misión de buen samaritano de la humanidad herida.
Recuerdo a san Juan Pablo II cuando decía: «El error y el mal deben ser condenados y combatidos constantemente; pero el hombre que cae o se equivoca debe ser comprendido y amado […] Nosotros debemos amar nuestro tiempo y ayudar al hombre de nuestro tiempo.». Y la Iglesia debe buscarlo, acogerlo y acompañarlo, porque una Iglesia con las puertas cerradas se traiciona a sí misma y a su misión, y en vez de ser puente se convierte en barrera: «El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos» (Homilía de S.S. Francisco, 4 de octubre de 2015).
Reflexión
Cuentan que en un reino no muy lejano, había un rey, famoso por su grande amor y misericordia a su pueblo. Tan grande era este amor, que un buen día decidió establecer un día de descanso (sabbat) para todos sus súbditos. Pero no sólo eso, sino que quería estar con ellos y que gozaran de su presencia y de su grande amor. Por ello, tuvo la feliz idea de que no sólo fuera un día de descanso en el que el pueblo no trabajara, sino que sería un día dedicado a convivir y compartir con su rey. Ofreció pues un gran banquete a diversas horas del día, pues tal era la cantidad de su súbditos y la grandeza de su amor por ellos. Y en cada uno de estos banquetes, el rey estaba presente para escuchar atentamente a sus súbditos y satisfacer sus necesidades, para animarles y fortalecerlos.
Pues bien, ¿qué ha hecho por nosotros el Rey de reyes, para cada uno de sus fieles del Reino de los cielos? Algo parecido, pero infinitamente más grande. Desde la creación, instituyó el «día de descanso» en el que admiró la bondad y la belleza de su creación. Y como Él es «dueño del sábado» (esto es, del descanso o día del descanso), lo ha querido compartir con nosotros para darnos el verdadero descanso, la paz del alma. Es por ello que de manera especial, el domingo (el «Día del Señor» -Dominus-), se nos ofrece en alimento en el Gran Banquete Eucarístico, y dispone a sus sacerdotes para otorgar a quienes lo necesiten su perdón y la reconciliación para poder participar de su Mesa Sagrada.
Este es el gran significado y realidad del «Día del Señor»: vivir en Cristo y alegrarnos en Él por la paz y la salvación que nos ha venido a traer. ¿Puede hacer algo más por nosotros nuestro gran Rey?
Propósito
Revisar y, si es necesario, rectificar cuál es mi actitud ante los mandamientos. ¿Son un deber o medios para crecer en el amor?
Diálogo con Cristo
Hazme, Jesús, un hombre coherente que no tema a las dificultades, que no deserte de su misión, que no trate de ocultar su egoísmo o sensualidad en posturas aparentemente coherentes pero faltas de compromiso y de auténtica virtud. Ayúdame, Señor, a ser sincero en tu seguimiento.Cuántas veces el respeto humano me puede hacer callar mi condición de cristiano; por eso he de mantenerme cerca de Ti, para tener las fuerzas de vivir de cara a Ti, sin temer ir contra corriente.
El lado positivo de los límites
Por: Joaquín Viquiera | Fuente: Catholic.net

Querría comenzar esta reflexión con una imagen: las vías del tren y el tren. Las vías limitan en algún punto el andar del tren no permitiéndole que circule en cualquier dirección ni que vaya “campo atraviesa”. Sin embargo, son esas mismas vías las que permiten que el tren avance y cumpla con su función: la de transportar gente o mercadería. Los límites son a nuestros hijos, como las vías al tren. Ciertamente que en algún punto los límites limitan, pero saliendo de lo inmediato se observa que favorecen cosas más importantes en orden al desarrollo pleno de nuestros hijos.
Un buen ejercicio espiritual y moral es preguntarse ante diversas situaciones de la vida, qué haría Jesús en ese momento, ante esa circunstancia. Jesús no fue padre y no tuvo hijos de sangre pero sí los tuvo espirituales: los discípulos o apóstoles. Fueron sus mejores amigos y aquellos a quienes debió formar para la desafiante tarea de continuar con su misión. Son varias las citas en donde Jesús aparece reprendiendo y corrigiendo a sus discípulos dentro de su rol de maestro. Tal vez una de las más significativas es cuando Pedro no quiere aceptar el anuncio de la Pasión y Jesús lo reprende – a Pedro el primer Papa! – diciéndole: ¡Retírate, ve detrás de mi, Satanás! (…) tus pensamientos no son los de Dios…” (Mt 16, 22 – 23). En esta cita vemos a Jesús diciéndole que no a uno de los apóstoles de mayor confianza. Ellos eran discípulos y Él como maestro algunas veces tiene que decirles que no. Nosotros como padres y madres, somos educadores y maestros, y también en ciertas ocasiones tenemos que asumir ese lado poco amable y simpático de la paternidad: decir que no, poner límites.
Los límites están íntimamente relacionados con dos dimensiones muy importantes de la educación: la formación de la conciencia y la educación de la voluntad. Respecto de lo primero podemos decir que todo hombre nace con una ley inscripta en el corazón: hay que hacer el bien y evitar el mal. La formación de la conciencia tiene que ver precisamente con esto, y consiste en nuestra preocupación como padres por guiar a nuestros hijos en la búsqueda de aquello que es bueno y verdadero. Preocupación por enseñarles en lo cotidiano cómo se termina concretando ese gran principio de la moral llamado sindéresis. Cuando la conciencia no está animada por esta búsqueda permanente se va entenebreciendo su luz y con el paso del tiempo va perdiendo claridad para distinguir el bien del mal. En segundo lugar los límites tienen relación con la educación de la voluntad que es fundamental especialmente en lo que se refiere a la virtud de la fortaleza. Esta virtud nos permite padecer con cierta integridad los sufrimientos propios de la vida y por otro lado nos impulsa al combate contra los obstáculos que irremediablemente aparecen en la práctica del bien y de nuestros proyectos de vida.
¿Qué son los límites? Son sanciones que la autoridad (en este caso el papá o la mamá) pone cuando no se da cumplimiento a una norma, o bien se realiza una acción incorrecta. A su vez las normas están relacionadas con valores y virtudes que queremos forjar en nuestros hijos. Es una interesante tarea para la reflexión del matrimonio pensar este recorrido en camino inverso: ¿qué valores queremos trabajar este año en nuestro hijo de acuerdo a su etapa evolutiva y a su personalidad única e irrepetible? ¿Qué normas de convivencia se siguen de esos valores? Este es el sentido profundo de los límites en cuanto se relacionan con normas y acciones, las cuales a su vez se vinculan a la educación en valores que tanto pregonamos. Poner límites correctamente es educar en valores, formar ciudadanos, enseñar a vivir con otros.
El encargado de poner los límites dentro de la dinámica familiar es la autoridad, en este caso los padres. Es una tarea indelegable. Sin lugar a dudas que el tipo de límites y el modo de transmitirlos va cambiando conforme a la edad de los hijos. Nunca se deja de ser padre, pero el modo de transmitir los límites cambia. Se me ocurre la siguiente caracterización. Para la etapa de la niñez los límites suelen aparecer bajo la forma de orden y se espera del hijo que obedezca. En la adolescencia, de acuerdo a la temática, situación y gravedad del asunto conviven las posibilidades de la orden con la del consejo. Y finalmente con hijos adultos el límite cede al consejo, que no sería estrictamente hablando un límite.
¿Por qué nos cuesta tanto poner límites? Puede haber varios motivos. El primero que surge de la experiencia es el de la comodidad. Es más cómo decir sí que decir no. Poner límites nos genera un mal momento, una discusión, a veces un distanciamiento. Es la faceta poco simpática pero necesaria de la paternidad. En segundo lugar muchas veces los hijos con sus gestos y palabras “nos compran”. Con una “monigoteada” pueden hacernos reir logrando que olvidemos o bien dejemos pasar la corrección que queríamos hacerles. En tercer lugar suele suceder que pensamos que decirles no, es no quererlos. En una vida de amor filial, no todo es color de rosas. Ciertamente que deben primar los sí a los no, los momentos de gozo y alegría a los de discusión o enfrentamiento. Pero todo esto forma parte de las dinámicas de las relaciones humanas sanas, y la relación padre – hijo no es la excepción en este punto. En cuarto lugar, no podemos dejar de mencionar el peso que tiene la cultura contemporánea sobre nuestra perspectiva de la educación. La cultura actual (light en materia de valores y relativista en materia de moral) no favorece la presencia de fuertes convicciones y valores de los que se desprenden conductas más o menos apropiadas. Esta cultura también tiende a asociar con frecuencia cualquier tipo de límite y autoridad con represión y autoritarismo.
Preguntas para reflexionar en el matrimonio
1.- ¿Qué valores queremos trabajar este año en nuestro hijo de acuerdo a su etapa evolutiva y a su personalidad única e irrepetible? ¿Qué normas de convivencia se siguen de esos valores?
2.-¿ Qué ideas de la charla iluminan mi rol de padre?
TIPS CONCRETOS PARA PONER EN PRÁCTICA LA CHARLA:
1. No des a tu hijo todo lo que te pida, aún cuando puedas dárselo
2. Cuando haga cosas graciosas pero que no corresponden, no festejarlas.
3. Corregirlo cuando se equivoca
4. No recoger lo que deja tirado y acostumbrarlo al orden: cada cosa en su lugar
5. Acostumbrarlo a cumplir con sus obligaciones
6. Seleccionar y si fuera necesario restringir lo que mira en TV o Internet.
7. No satisfacer todos sus deseos y caprichos.
8. No darle la razón a priori cuando critica o habla en contra de otro adulto, por ejemplo un docente.
9. Estar en sintonía padre y madre para transmitir un mensaje coherente
