
Juan I, Santo
Memoria Litúrgica, 18 de mayo …
- Hoy también se festeja a:
- • Burcardo de Beinwil, Beato
- • Martín Oprzadek, Beato
- • Estanislao Kubski, Beato
- • Guillermo de Toulouse, Beato
- • Erik IX de Suecia, Santo
Cristo hizo oración por mí
Santo Evangelio según san Juan 17, 1-11. Martes VII de Pascua
Por: Javier Castellanos, LC | Fuente: www.somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
La vida eterna es conocerte a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Permíteme, Señor, conocerte y conocer a tu Hijo en esta oración. Concédeme crecer en esta vida eterna, vivir de acuerdo con lo que conozco y transmitir tu Palabra a mis hermanos. Así sea.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Juan 17, 1-11
En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: «Padre ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo también te glorifique, y por el poder que le diste sobre toda la humanidad, dé la vida eterna a cuantos le has confiado. La vida eterna consiste en que te conozca a ti, único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú has enviado.
Yo te he glorificado sobre la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora Padre, glorifícame en ti con la gloria que tenía antes de que el mundo existiera.
He manifestado tu nombre a los hombres que tú tomaste del mundo y me diste. Eran tuyos y Tú me los diste. Ellos han cumplido tu palabra y ahora conocen que todo lo que me has dado viene de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste; ellos las han recibido y ahora reconocen que yo salí de ti y creen que tú me has enviado.
Te pido por ellos; no te pido por el mundo, sino por éstos, que tú me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío. Yo he sido glorificado en ellos. Ya no estaré más en el mundo, pues voy a ti; pero ellos se quedan en el mundo».
Palabra de Dios.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Jesús, antes de comenzar su pasión rezó a su Padre por mí: «Te ruego por ellos…por éstos que tú me diste, y son tuyos…» Él había terminado su obra en la tierra. ¡Aún quedaba tanto por hacer! Y por eso piensa en mí, para que continúe los proyectos de su corazón.
El gran proyecto de Cristo estaba enfocado en un solo ideal: anunciar el amor de Dios. Quiere que todos los hombres y mujeres conozcan el nombre del verdadero Dios, que es Padre, un Padre bueno que nos ama y que no duda en darlo todo por sus hijos. Cristo mismo encarnó este mensaje para hacerlo visible; no dudó en darlo todo, morir en una cruz por amor, para salvarnos. Generación tras generación, éste es el mensaje central de la Iglesia: «Dios es amor».
Cristo me ama tanto que piensa en mí. Y no sólo para encomendarme al Padre, sino que, cuando piensa en su proyecto, piensa en mí también como su apóstol. Él deja el mundo, pero nosotros seguimos en el mundo. Nos toca a nosotros, a ti y a mí, anunciar el nombre de Dios en el mundo, de palabra y con obras.
«Conocer a Dios no consiste en primer lugar en un ejercicio teórico de la razón humana sino en un deseo inextinguible inscrito en el corazón de cada persona. Es un conocimiento que procede del amor, porque hemos encontrado al Hijo de Dios en nuestro camino. Jesús de Nazaret camina con nosotros para introducirnos con su palabra y con sus signos en el misterio profundo del amor del Padre. Este conocimiento se afianza, día tras día, con la certeza de la fe de sentirse amados y, por eso, formando parte de un designio lleno de sentido. Quien ama busca conocer aún más a la persona amada para descubrir la riqueza que lleva en sí y que cada día se presenta como una realidad totalmente nueva».
(Discurso de S.S. Francisco, 11 de octubre de 2017).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hoy buscaré un gesto concreto de atención a alguien, como signo del amor cristiano.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Tres malentendidos sobre el misterio de María
Cristo es el centro y María ocupa un papel importante.
Por: Ismael González, LC | Fuente: Catholic.net

Hace unos cinco años, en Caracas, conversaba sobre la Virgen María con una señora catequista. Ella se lamentaba de que María fuera un gran obstáculo para el diálogo entre los católicos y los protestantes. Cierto, yo no podía negar esta dificultad. Cuántas acusaciones de este estilo: los católicos son unos idólatras de la Virgen, se olvidan de la centralidad de Jesucristo, han inventado cosas que no están en la Biblia… Y lo peor es que a veces algunos católicos se acomplejan y en aras de un falso diálogo minusvaloran la devoción a nuestra Madre santísima.
La dificultad existe y por eso vamos a reflexionar para despejar algunos posibles malentendidos sobre el misterio de María en el conjunto de nuestra fe.
Siempre me han parecido contundentes las siguientes palabras del Papa san Pablo VI: «Si queremos ser cristianos, debemos ser marianos, es decir, debemos reconocer la relación esencial, vital y providencial que une a la Virgen con Jesús y que nos abre la vía que conduce a Él» (Homilía del 24 de abril de 1970 en la Misa en el Santuario de Bonaria, Cagliari).
El mismo Papa Pablo VI escribió en 1974 la exhortación apostólica Marialis cultus, sobre la recta ordenación y desarrollo del culto a la Santísima Virgen María. En ella aclaraba diversos aspectos sin dejar de afirmar con claridad que «la piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano» (Maralis cultus, n. 56).
Estas afirmaciones en absoluto menoscaban la centralidad de Cristo. Sí, Cristo es el centro de nuestra fe y junto a Él su Madre ocupa un papel muy importante. De manera que una auténtica piedad cristiana no puede ignorar ni menospreciar el culto mariano. Expliquemos algo más esta cuestión afrontando tres de las objeciones más comunes.
1. Veneramos a María, no la adoramos
Los católicos adoramos única y exclusivamente a Dios. Profesamos esta verdad fundamental desde las primeras palabras del Credo («Creo en un solo Dios») y la asumimos como el primero de los mandamientos en el que todos se resumen («Amarás a Dios sobre todas las cosas»).
A María la veneramos, es decir, la honramos de manera especial. Venerar es «respetar en sumo grado a alguien por su santidad, dignidad o grandes virtudes, o a algo por lo que representa o recuerda» (RAE, Diccionario de la lengua española). Esto es lo que hacemos cuando en el ámbito familiar o civil recordamos con estima a algunos de nuestros antepasados o personajes de la patria.
Solo a Dios tributamos un culto de adoración. En cambio, a los ángeles y santos les tributamos un culto de veneración, pues su ejemplo nos estimula y su intercesión nos ayuda para amar más a Dios y adorarlo mejor; muy por encima de todos ellos sobresale el ejemplo de María –ella no es santa, es santísima– y por eso la veneramos todavía más. En la teología estos tipos de culto reciben el nombre respectivo de culto de latría, culto de dulía y culto de hiperdulía.
2. A Jesús por María
Este adagio es también conocido por su formulación en latín: Ad Iesum per Mariam. Se ha difundido gracias a san Luis María Grignon de Monfort (1673-1716), un sacerdote francés que a inicios del siglo XVIII escribió el Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen. En este tratado san Luis María propone la consagración a Jesús por medio de María y llega a decir que esta devoción es «el camino más fácil, corto, seguro y perfecto para llegar a Jesucristo».
Todo esto está en sintonía con la tradición de la Iglesia y deriva de la honda compenetración entre Jesús y María. La auténtica espiritualidad cristiana nunca ha visto a María como un fin en sí misma. El fin es Cristo y María es un medio privilegiado. Las dudas al respecto son legítimas y el mismo san Juan Pablo II las albergó en su juventud:
«A mí personalmente, en los años de mi juventud, me ayudó mucho la lectura de este libro, en el que “encontré la respuesta a mis dudas”, debidas al temor de que el culto a María, “si se hace excesivo, acaba por comprometer la supremacía del culto debido a Cristo” (Don y misterio, BAC 1996, p. 43). Bajo la guía sabia de san Luis María comprendí que, si se vive el misterio de María en Cristo, ese peligro no existe» (Carta de Juan Pablo II a la familia monfortana, 8 de diciembre de 2003).
De hecho, el Catecismo de la Iglesia Católica expresa muy bien que «lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo» (n. 487) Todo el misterio de la Virgen María dimana de Cristo y hacia Él tiende. Y también es verdad que quien encuentra a Jesucristo tal como es, Dios encarnado, «nacido de mujer» (cf. Carta a los Gálatas 4, 4), no puede dejar de considerar a esa mujer predilecta y escogida por Dios.
3. Presencia de María en la Biblia
En la Sagrada Escritura sí hay unas cuantas referencias a María, pocas pero sustanciales. El Magisterio de la Iglesia reconoce con claridad el sentido mariológico de los siguientes dos pasajes del Antiguo Testamento:
«El Señor Dios dijo a la serpiente: “Por haber hecho eso, maldita tú entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón”» (Génesis 3, 14-15).
«Pues el Señor, por su cuenta, os dará un signo. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel» (Isaías 7, 14).
Estos pasajes son dos profecías muy importantes de la historia de la salvación. En ambos hoy se reconoce tanto el sentido mesiánico como el mariológico. Ya en la preparación remota de nuestra redención se atisba el ligamen profundo entre Cristo y María.
En el Nuevo Testamento son diversos los pasajes donde se habla de la Virgen María. Son muy significativas, entre otras, las narraciones del nacimiento e infancia de Jesús (cf. Mateo 1-2, Lucas 1-2), la presencia de María al pie de la cruz (cf. Juan 19, 25-27) o su apoyo orante a la primera comunidad de la Iglesia (cf. Hechos de los Apóstoles 1, 14).
Resalta de modo singular el episodio de la anunciación del arcángel Gabriel y la encarnación del Verbo en el seno de María (cf. Lucas 1, 26-38). Aquí se basan nuestras oraciones marianas tan arraigadas (avemaría, ángelus y rosario), devociones que por supuesto sí son bíblicas.
Conclusión
Es mucho más lo que se podría decir de la Santísima Virgen María. Con razón decía san Bernardo (1090-1153) que «de María nunca se hablará suficiente» (de Maria nunquam satis). Dejo estas pistas con la finalidad de ayudar a apreciar un poco mejor uno de los misterios más dulces y consoladores de nuestra fe católica.