Leandro de Sevilla, Santo
Memoria litúrgica, 13 de noviembre…
Hoy también se festeja a:
- • Leandro de Sevilla, Santo
- • Nicolás I, Santo
- • Roberto Montserrat Beliart, Beato
- • Carl Lampert, Beato
- • Kamen Vitchev, Pavel Djidjov y Josaphat Chichkov, Beatos
De verdad somos pobres
Por: H. Alexis Federico Montiel Sánchez, L.C. | Fuente: missionkits.org
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Permíteme escuchar tu voz, Señor, esa voz que llama a la santidad auténtica.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 17, 7-10
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: «¿Quién de ustedes, si tiene un siervo que labra la tierra o pastorea los rebaños, le dice cuando éste regresa del campo: ‘Entra enseguida y ponte a comer’? ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame de comer y disponte a servirme, para que yo coma y beba; después comerás y beberás tú?’. ¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su obligación?
Así también ustedes, cuando hayan cumplido todo lo que se les mandó, digan: ‘No somos más que siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer’».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Cada vez que leemos esto nos podemos sentir un poco incómodos; no pensamos que al terminar el camino en la tierra aún nos tocará trabajar en el cielo. De hecho, la expresión de los niños cada vez que decía esto era: «¿Qué?, pero si ya tengo mucho con hacer las tareas como para que aún no tenga tiempo para descansar…». Pero es interesante que la gente que encuentra un trabajo en el que se siente acogido, en el que hace lo que más le gusta, en el que la gente con la que convive suele ser amigable… piensa que ése es un sitio maravilloso.
De todos modos -decía un niño- «es mucho trabajo, uno se siente cansado, fatigado…» Claro, la percepción del niño es totalmente cierta, nos fatigamos y decimos «basta.» Pero realmente en el cielo uno no se cansa, los santos son felices de seguir trabajando todo el tiempo por nosotros.
«¿Pero todo el tiempo? -pregunta otro niño que, para mi desgracia, estaba distraído- ¿qué no se cansan?» Sin embargo, esta pregunta me hizo reflexionar en ello. ¿Realmente no se cansan? Uno ve la piedad de la gente a tal o cual santo y, efectivamente, ellos trabajan intercediendo por nosotros; aunque algunas veces parece que no lo hacen. Es cuando vienen los antiguos Padres de la Iglesia que nos dicen: «son tres las razones por las que no alcanzamos gracia: no sabemos lo que nos conviene; no es el tiempo que conviene o no lo apreciaremos tanto como conviene». Es, pues, Dios quien da la gracia y el santo que intercede para alcanzarla; sólo seremos santos si sabemos llevar esa gracia a los demás.
El fundamento de nuestra esperanza descansa en la fe en el poder de nuestro Padre Celestial. Él, que nos convoca a la entrega generosa y a darlo todo, nos ofrece las fuerzas y la luz que necesitamos para salir adelante. En el corazón de este mundo sigue presente el Señor de la vida que nos ama tanto. Él no nos abandona, no nos deja solos, porque se ha unido definitivamente a nuestra tierra, y su amor siempre nos lleva a encontrar nuevos caminos. Alabado sea.
(Discurso de S.S. Francisco, 6 de julio de 2018).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Empeñarme en el trabajo de este día, sabiendo que del mismo modo en que llevo gracias, me llegarán gracias.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
¿Sabes cuál es el valor de una Misa?
Por: Redacción | Fuente: CatolicoDefiendeTuFe.org
Hace muchos años, en la ciudad de Luxemburgo, un capitán de la guardia forestal se entretenía en una animada conversación con un carnicero cuando una señora ya mayor entró a la carnicería. Ella le explicó al carnicero que necesitaba un pedazo de carne, pero que no tenía el dinero para pagarlo.
Mientras tanto, el capitán encontró la conversación entre los dos muy entretenida, «un pedazo de carne, pero ¿Cuánto me va a pagar por eso?» preguntó el carnicero. La señora le respondió, «perdóneme, no tengo nada de dinero, pero iré a Misa por usted y rezaré por sus intenciones». El carnicero y el capitán eran buenos hombres pero indiferentes a la religión y se empezaron a burlar de la respuesta de la mujer.
«Está bien» dijo el carnicero, «entonces usted va a ir a Misa por mí, y cuando regrese le daré tanta carne como pese la Misa». La mujer se fue a Misa y regresó. Cuando el carnicero la vio viniendo cogió un pedazo de papel y anotó la frase «ella fue a Misa por ti», y lo puso en unos de los platos de la balanza, y en el otro plato colocó un pequeño hueso. Nada sucedió e inmediatamente cambió el hueso por un pedazo de carne. El pedazo de papel pesó más.
Los dos hombres comenzaron a avergonzarse de lo sucedido, pero continuaron. Colocaron un gran pedazo de carne en unos de los platos de la balanza, pero el papel siguió pesando más.
Entrando en desesperación, el carnicero revisó la balanza, pero todo estaba en perfecto estado. «¿Qué es lo que quiere buena mujer, es necesario que le de una pierna entera de cerdo?», preguntó. Mientras hablaba, colocó una pierna entera de carne de cerdo en la balanza pero el papel seguía pesando más. Luego un pedazo más grande fue puesto en el plato, pero el papel siguió pesando más.
Fue tal la impresión que se llevó el carnicero que se convirtió en ese mismo instante y le prometió a la mujer que todos los días le daría carne sin costo alguno. El capitán dejó la carnicería completamente transformado y se convirtió en un fiel asistente de Misas todos los días. Dos de sus hijos se convertirían más tarde en sacerdotes, uno de ellos jesuitas y el otro del Sagrado Corazón. El capitán los educó de acuerdo a su propia experiencia de fe. Luego advirtió a sus dos hijos que «deberán celebrar Misa todos los días correctamente y que nunca deberán dejar el sacrificio de la Misa por algo personal».
El Padre Stanislao, quien fue el que me contó todos los hechos, acabó diciéndome: «Yo soy el sacerdote del Sagrado Corazón, y el capitán era mi padre».
