
Regina, Santa
Mártir, 7 de septiembre …
- Hoy también se festeja a:
- • Luis Victorio (Eusebio Angulo Ayala), Beato
- • Junián Alberto (Alberto J. Larzábal Michelena), Beato
- • Melchor Grodziecki, Santo
- • Esteban (István) Pongracz. Santo
- • Marco Crisino (Krizevcanin), Santo
Discípulo y apóstol soy
Santo Evangelio según san Lucas 6, 12-19. Martes XXIII del Tiempo Ordinario
Por: Javier Castellanos, LC | Fuente: somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Tú me llamas por mi nombre, Señor, y me escoges para colaborar en tu misión. Tú me llamas amigo y me haces partícipe de tu propia vida. Habla a mi corazón, te pido; permíteme escuchar tus enseñanzas y comprender tu mensaje. Así, con tu ayuda y la fuerza del Espíritu Santo, podré ser un apóstol de tu Reino en este día. Así sea.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 6, 12-19
En aquel tiempo, subió Jesús a la montaña a orar, y se pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, y les dio el nombre de apóstoles, eligió a doce de entre ellos y les dio el nombre de apóstoles. Eran Simón, a quien llamó Pedro, y su hermano Andrés; Felipe y Bartolomé; Mateo y Tomás; Santiago, el hijo de Alfeo, y Simón, llamado el Fanático; Judas, el hijo de Santiago, y Judas Iscariote, que fue el traidor.
Al bajar del monte con sus discípulos y sus apóstoles, se detuvo en un llano. Allí se encontraba mucha gente, que había venido tanto de Judea y Jerusalén, como de la costa de Tiro y de Sidón. Habían venido a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; y los que eran atormentados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarlo, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Cristo transformó a doce hombres. Cuando lo conocieron, eran unos simples «discípulos», personas que escuchaban la doctrina de Jesús y aprendían cosas nuevas sobre el Reino de los cielos. Poco tiempo después, Cristo los miró a los ojos, los escogió de entre el grupo y los nombró «apóstoles». Y esto es más que un simple cambio de palabras.
Apóstol significa caminar por el mundo en nombre de Jesús. Las doce personas que Cristo seleccionó estaban marcadas por una misión especial. Sabían que en cualquier momento les tocaría su parte en el proyecto, y tenían que prepararse bien para arrimar el hombro cuando hiciera falta. Lo que vieron hacer a Cristo ese día tenía ya un tono de luz distinto: ahora era un campo de acción, consistía en abrir los ojos anta situaciones y problemas reales para colaborar en afrontarlos. Como discípulos eran sólo un «club de fans»; pero como apóstoles se convertían en aprendices de una tarea crucial en la sociedad: anunciar el Evangelio con obras. Pedro, Santiago y los otros diez debieron sentirse honrados de ser parte de algo tan grande pero, al mismo tiempo, habrán sentido el peso de lo que se les venía encima. Tarde o temprano ellos mismos enseñarán a las gentes, expulsarán demonios, curarán enfermedades y consolarán a tanta gente en necesidad.
Yo también soy cristiano. Yo también llevo en la sangre una porción de discípulo, pero también una porción grande de apóstol. Cristo hoy me mira y me escoge, llamándome por nombre y apellido; me llama a ayudarle en medio de mi comunidad, parroquia, equipo de trabajo y grupo de amigos.
Mi fe no es teoría de libro o curiosidad de revista; debe ser fuego que me empuja a una misión muy concreta. Ser cristiano significa aprender de Cristo a abrir los ojos ante las necesidades del mundo, para poder colaborar en la misión que Jesús me comparte: dar gloria al Padre y extender su Reino, sirviendo a los hombres y mujeres que encuentro en mi camino.
«Instituyó, pues, a los Doce, y los nombra uno tras otro. Jesús, entre tanta gente que lo seguía —nos dice el evangelio—“llamó a sí a los que quería”. Hay una elección: Jesús eligió a los que él quería, instituyó a Doce. Que llamó apóstoles. Había otros: estaban los discípulos, y el evangelio habla de setenta y dos, en una ocasión. Pero estos eran otra cosa. Los Doce son instituidos para que estén con él y para mandarlos a predicar con el poder de expulsar los demonios. Es el grupo más importante que Jesús eligió, para que estuvieran con él, más cercanos, y para mandarlos a predicar el Evangelio. Y con el poder de expulsar los demonios, también añade Marcos. Los Doce son los primeros obispos, el primer grupo de obispos».
(Homilía de S.S. Francisco. 29 de enero de 2016, en santa Marta).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hoy me informaré de la situación de mi parroquia o diócesis, para poder rezar por ella o colaborar en lo que haga falta.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Si rezas, ¿por qué rezas?
Si Dios te dijera: Pídeme lo que quieras, ¿qué le pedirías?
Por: P. Evaristo Sada, L.C. | Fuente: la-oracion.com

Para vivir hay que respirar, respirar aire puro, oxigenado. Si no, te ahogas, te asfixias.
Una orquesta sinfónica, aún cuando tenga en programa una función todos los días, comienza siempre por afinar los instrumentos. Uno podría preguntarse: pero ¿para qué? Si son instrumentos pulidos, valiosos y cuidados con esmero, ¿realmente es necesario afinarlos todos los días, cada vez que se van a tocar? Es así. Si queremos vivir bien nuestra vida espiritual, necesitamos afinar el amor y respirar aire nuevo, el aire puro del Espíritu, todos los días.
Jesucristo no podía vivir sin orar, como nosotros no podemos vivir sin respirar.
¿Que era la oración para Jesús?
Para Jesucristo la oración era una necesidad. Buscaba la soledad para encontrar a su Padre (Lc 9,18 y Mt 14,23), se iba al desierto o a la montaña para hablar con su Él (Mt 4,1 y Mc 6,46 ), oraba de noche cuando nadie pudiera interrumpirle y cuando todo favorecía el clima de intimidad (Mc 1, 35).
Para Jesucristo la oración era una prioridad. Oró en los momentos más difíciles de su vida, en Getsemaní y en el Calvario. Oró antes de tomar decisiones importantes, como antes de elegir a los doce apóstoles (cf Lc 6,12). Oró agradeciendo al Padre la revelación bondadosa de su Rostro a los más pequeños (Mt 11,25). Elevó al cielo su espíritu y sus palabras seguro de ser siempre escuchado antes de resucitar a Lázaro y de realizar otros muchos milagros. (Jn 11,42)
Oró en momentos de especial trascendencia en su vida, como al transfigurarse en el Monte Tabor (Lc 9, 29), antes de manifestarse como Hijo de Dios (Lc 9,18), antes de enseñar el Padre nuestro (Lc 11,1) y en la Última Cena (Jn 17). Aunque todos le buscaran (Mc 1,37), él oraba. Lo dijo y lo cumplió el primero: es preciso orar en todo tiempo y no desfallecer (Lc 18,1). Al final de su corta vida se dedicó particularmente a la oración: “Ya no andaba en público entre los judíos” (Jn 11)
Verle orar despertaba en sus discípulos el deseo de hacer lo mismo (Lc 11,1)
Quienes convivieron con él aprendieron bien la lección: la primera comunidad cristiana fue una comunidad orante (Hechos 2,42). Este hecho deja ver cuánto les habrá insistido Jesucristo sobre la importancia y la necesidad de la oración. “Sabemos bien que la oración no se debe dar por descontada: hace falta aprender a orar, casi adquiriendo siempre de nuevo este arte; incluso quienes van muy adelantados en la vida espiritual sienten siempre la necesidad de entrar en la escuela de Jesús para aprender a orar con autenticidad.” (Benedicto XVI, 4 de mayo de 2011)
¿Por qué oraba Jesús?
Porque tenía una profunda conciencia de su condición de hijo. Jesús nos enseña que la oración, el trato con el Padre, es el acto más propio de nuestra condición de hijos de Dios. No es por conveniencia que reza, ni por cumplir un compromiso, ni porque algo le falta, reza porque es hijo y un hijo trata con su padre, lo necesita. Ni Jesucristo, siendo Dios, dio la oración por descontada. Mucho menos nosotros:
“El Hijo de Dios hecho Hijo de la Virgen aprendió a orar conforme a su corazón de hombre. Y lo hizo de su madre que conservaba todas las “maravillas” del Todopoderoso y las meditaba en su corazón (cf Lc 1, 49;2, 19; 2, 51). Lo aprende en las palabras y en los ritmos de la oración de su pueblo, en la sinagoga de Nazaret y en el Templo. Pero su oración brota de una fuente secreta distinta, como lo deja presentir a la edad de los doce años: “Yo debo estar en las cosas de mi Padre” (Lc 2, 49). Aquí comienza a revelarse la novedad de la oración en la plenitud de los tiempos: la oración filial, que el Padre esperaba de sus hijos va a ser vivida por fin en el propio Hijo único en su Humanidad, con los hombres y en favor de ellos”. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2599)
La vida de oración es cuestión de identidad, proviene de nuestra condición de hijos de Dios. Va mucho más allá que la necesidad o el problema del momento.
Si Dios nos dijera: Pídeme lo que quieras y te lo concederé. Aquí hay algo de mucho valor que podemos pedirle. Además, es algo que a Él le gustará que le pidamos: aviva en mí el espíritu filial, como el de tu Hijo Jesucristo.
Si rezas, ¿por qué rezas?
Si no rezas, ¿por qué no rezas?
Es misterioso ver cómo teniendo el Padre más maravilloso, tantas veces nos empeñamos en vivir como huérfanos….