Leonardo de Noblac (o de Limoges), Santo
Ermitaño, 6 de noviembre …
Hoy también se festeja a:
- • Demetrio de Chipre, Santo
- • Pablo de Constantinopla, Santo
- • Cristina de Stommeln, Beata
- • Leonardo de Noblac (o de Limoges), Santo
- • Severo, Santo
La insistencia de Dios
Por: H. Adrián Olvera, L.C. | Fuente: missionkits.org
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Señor, abre los ojos de mi corazón para descubrir lo extraordinario de tu amor en lo ordinario de mi vida.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según Lucas 14, 15-24
En aquel tiempo, uno de los que estaban sentados a la mesa con Jesús le dijo: «Dichoso aquel que participe en el banquete del Reino de Dios».
Entonces Jesús le dijo: «Un hombre preparó un gran banquete y convidó a muchas personas. Cuando llegó la hora del banquete, mandó un criado suyo a avisarles a los invitados que vinieran, porque ya todo estaba listo. Pero todos, sin excepción, comenzaron a disculparse. Uno le dijo: ‘Compré un terreno y necesito ir a verlo; te ruego que me disculpes’. Otro le dijo: ‘Compré cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego que me disculpes’. Y otro más le dijo: ‘Acabo de casarme y por eso no puedo ir’.
Volvió el criado y le contó todo al amo. Entonces el señor se enojó y le dijo al criado: ‘Sal corriendo a las plazas y a las calles de la ciudad y trae a mi casa a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos’.
Cuando regresó el criado, le dijo: ‘Señor, hice lo que ordenaste, y todavía hay lugar’. Entonces el amo respondió: ‘Sal a los caminos y a las veredas; insísteles a todos para que vengan y se llene mi casa. Yo les aseguro que ninguno de los primeros invitados participará de mi banquete’.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Creo que a todos, de alguna manera, nos gusta sentirnos queridos, amados…, que haya alguien que se interese, que se preocupe por nosotros…, en fin, nos gusta que nos tengan en cuenta.
No sé si llegamos a ser conscientes de que a pesar que parezca que no hay nadie que se tome un momento para pensar en nosotros -o incluso habiendo alguien que lo haga por lo menos una vez- siempre hay alguien que lo hace constantemente. El punto clave aquí es que ese alguien no es cualquier «alguien» sino que es el mismo Dios.
«Sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa» -dice el Señor a su criado. El Señor nos revela esa parte de su corazón que busca, que quiere, que se emociona. Nos desvela su insistencia, la insistencia de alguien que quiere al amigo y que quiere estar a su lado. La insistencia de alguien que sabe que la fiesta sorpresa sólo tiene sentido si el amigo para quien fue preparada asiste a ella.
Es cuestión de que pongamos un poco más de atención en nuestros días, pues, esta invitación siempre está, siempre se renueva. Sin embargo, muchas veces por las mil y un actividades que se presentan no nos damos cuenta que es Dios mismo el que nos grita: «Venid, que ya está preparado». No nos damos cuenta que el banquete es para nosotros.
El hecho es que no entiende la gratuidad de la salvación, piensa que la salvación es el fruto del «yo pago y tú me salvas»: yo pago con esto, con esto y con esto. No, la salvación es gratuita. Si tú no entras en esta dinámica de la gratuidad, no entiendes nada. La salvación es un regalo de Dios al cual se responde con otro regalo, el regalo de mi corazón. Hay quien tiene otros intereses, cuando escuchan hablar de regalos: «Sí, es cierto, sí, pero se debe hacer regalos». E inmediatamente piensan: «He aquí, yo haré este regalo y él mañana y pasado mañana, en otra ocasión, me hará otro», siempre un intercambio. El Señor no pide nada a cambio: solo amor, fidelidad, como Él es amor y Él es fiel. La salvación no se compra, simplemente se entra en el banquete: «Bienaventurado quien coma en el reino de Dios». Y esta es la salvación.
(Homilía de S.S. Francisco, 7 de noviembre de 2017).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Poner especial atención a los detalles de amor de Dios en este día y agradecerlos.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
¿Confiesas tus pecados de omisión?
Por: n/a | Fuente: Catholicidad.com
Las convicciones que ocultamos por el miedo a que nos tachen de anticuados…
La blasfemia o el chiste irrespetuoso que complacientemente escuchamos, temerosos del qué dirán si protestamos…
Los silencios cómplices al no manifestar y defender la Verdad y el Bien, por el miedo a la opinión de terceros…
Las herejías que toleramos al cura modernista para no incomodarnos por el qué dirán los demás fieles o el propio cura…
Las preces omitidas que incidieron en almas que no cambiaron de vida y se condenaron porque no hubo quien orase por ellas, haciendo caso omiso a lo que pidió y advirtió la Virgen en Fátima…
Las misas que no mandamos decir y las oraciones que no hicimos por nuestros parientes y por las almas del purgatorio, en general, para que alcanzaran pronto la bienaventuranza eterna…
Las tolerancias al mal comportamiento de nuestros hijos para evitarnos problemas…
Las correcciones que debimos hacer y que por comodidad callamos…
Las almas que, pudiendo, no engendramos para Dios, pero que nuestro egoísmo disfrazó de «paternidad responsable», acallando nuestro deber de fecundidad…
La lágrima que vimos rodar en el rostro de quien camina a nuestro lado y por no querernos involucrar, no la enjugamos…
El suéter que no quisimos quitarnos para darlo aquel mendigo que tiritaba de frío, pues nos costó mucho dinero…
El pedazo de pan que no compartimos, porque nadie nos lo regaló, y que justificamos diciendo que por nuestro propio esfuerzo lo obtuvimos…
La riña que no quisimos evitar, para no meternos en problemas que no son nuestros…
La herida que no quisimos curar, porque no fuimos nosotros quien la hicimos…
La palabra de aliento o el buen consejo que nunca regalamos a quien encontramos afligido o necesitado, porque «no tenemos tiempo» para ello…
La paciencia que no mostramos ante los defectos del prójimo…
El tiempo que negamos para escuchar a alguien que necesitaba hablar, diciéndonos que no podíamos perderlo…
Los conocimientos que pudimos compartir y que egoístamente nos reservamos…
La limosna que no ofrecimos, porque -sin tener verdadero fundamento- pretextamos que no queremos contribuir a la mendicidad y ociosidad…
La sonrisa que no regalamos a aquel que encontramos en el camino, porque no tiene nada que ver conmigo…
El perdón que no ofrecimos…
La disculpa que nuestro orgullo silenció…
La carta que alguien esperó y nunca escribimos…
La visita que no hacíamos a nuestros padres o parientes solos o ancianos…
La formación religiosa deficiente para nuestros hijos (o apenas para la Primera Comunión) y los sacramentos diferidos (deben ser: Bautismo, en peligro de muerte o antes del mes de nacido; Confesión -primero- y Primera Comunión -después-, al llegar al uso de razón, etc.)…
El adoctrinamiento religioso que no impartimos a nuestros sirvientes…
El aborto que se cometió y que tal vez nuestro consejo hubiera evitado…
La visita a ese enfermo o a ese preso que quedó solo en el olvido…
La medicina que pudimos regalar al enfermo grave y necesitado, pero como alcanzaba a afectar nuestra economía nunca adquirimos…
La confesión y comunión omitidas que anualmente, al menos, nos obligan los mandamientos de la Iglesia…
Los días de ayuno y abstinencia de carne rotos en días obligatorios…
Las misas dominicales a las que no asistimos sin razón suficiente…
Las oraciones de agradecimiento a Dios que omitimos (¡para pedirle no lo olvidamos!), las visitas de amor al Santísimo sacramento que nunca hicimos, el estudio de nuestra fe que siempre pospusimos, la lectura espiritual que no realizamos nunca…. todo con la excusa de que no disponemos de tiempo o estamos muy, muy, pero muy agotados…
En fin…TODO aquello que pudiendo y debiendo hacer no realizamos por pereza o egoísmo.
Obrar bien no solo consiste en evitar el mal, pues las omisiones culpables también son pecados.
Debemos, pues obrar el bien y no solo evitar el mal.
Qué pena y dolor por todo aquello que hemos omitido durante nuestra vida. Habrá algunas omisiones reparables… Otras ya no tienen remedio.
Pidamos perdón a Dios por todas y acusemos al Confesor las que hayan sido materia grave y corrijamos todo aquello que todavía sea reparable.
El creyente realmente debe, positivamente, amar a Dios sobre todas las cosas, y a su prójimo en la misma medida que a sí mismo se ama. No olvides, pues, examinar frecuentemente también los pecados de omisión (y especialmente al realizar el examen de conciencia, pues no basta analizar los mandamientos de Dios, de la Iglesia y los pecados capitales). Aquí solo hemos enumerado algunos. Analiza tus particulares obligaciones sobre tu estado de vida, y cuáles se desprenden de esto.
