Guido Maria Conforti, Santo
Obispo y Fundador, 5 de noviembre…
Hoy también se festeja a:
- • Gregorio (Hryhorij) Lakota, Beato
- • Maria Carmela Viel Ferrando, Beata
- • Guido Maria Conforti, Santo
- • Gomidas Keumurjian (Cosme de Carboniano), Beato
- • Bernard Lichtenberg, Beato
Dios no quita nada y lo da todo
Por: H. Miguel Ángel Pastrana, LC | Fuente: www.somosrc.mx
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria(para ponerme en presencia de Dios)
Señor, concédeme la gracia de aceptar la invitación a entrar en tu corazón.
Evangelio del día(para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según Lucas 14, 15-24
En aquel tiempo, uno de los que estaban sentados a la mesa con Jesús le dijo: “Dichoso aquel que participe en el banquete del Reino de Dios”.
Entonces Jesús le dijo: “Un hombre preparó un gran banquete y convidó a muchas personas. Cuando llegó la hora del banquete, mandó un criado suyo a avisarles a los invitados que vinieran, porque ya todo estaba listo. Pero todos, sin excepción, comenzaron a disculparse. Uno le dijo: ‘Compré un terreno y necesito ir a verlo; te ruego que me disculpes’. Otro le dijo: ‘Compré cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego que me disculpes’. Y otro más le dijo: ‘Acabo de casarme y por eso no puedo ir’.
Volvió el criado y le contó todo al amo. Entonces el señor se enojó y le dijo al criado: ‘Sal corriendo a las plazas y a las calles de la ciudad y trae a mi casa a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos’.
Cuando regresó el criado, le dijo: ‘Señor, hice lo que ordenaste, y todavía hay lugar’. Entonces el amo respondió: ‘Sal a los caminos y a las veredas; insísteles a todos para que vengan y se llene mi casa. Yo les aseguro que ninguno de los primeros invitados participará de mi banquete’”.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Conocemos la máxima cristiana de morir para tener vida, y dejar todo para poder seguir a Cristo y ser perfectos. La repetimos algunas veces y, al momento, se nos estremece la garganta o se nos escapa un sudor frío. Para tener a Dios hay que dejarlo todo; lo sabemos y la perspectiva nos asusta. Puede que, movidos por el amor, nos acerquemos al Señor y le digamos algo así: «Aquí estoy Jesús, quiero ir a ti, haz de mí lo que quieras» y por dentro estemos diciendo «ojalá no me pida esto».
Todo esto es natural, forma parte de nuestra experiencia humana de todos los días. No es que amemos las cosas en sí mismas, sino que nos dan ciertas seguridades, o nos proporcionan ciertos gustos. Tenemos miedo, es normal. Todos, desde el hombre más hundido en el pecado hasta el más santo; todos: el sacerdote, el conductor de camiones, el ama de casa, el carnicero, el empresario y hasta el apóstol más entregado, pasamos por esta experiencia.
En el Evangelio hay muchos invitados al banquete, y todos pasaron por la experiencia de sentir que tenían algo mejor que hacer. Algunos aceptaron la invitación y otros no.
Cristo, en el Evangelio, mira con tristeza a estos hombres porque no probarán del banquete que tenía preparado para ellos. Aun así, lo comprende. No condena a los que no quieren venir a Él, aunque le duela no verlos. Todos alguna vez hemos pasado por esto; alguna vez hemos dicho que no al amor de Dios. Pero nuestra vida es una prueba de que Dios no se queda allí parado, sino que sale a buscarnos.
Hay tanto lugar en el corazón de Dios, en el banquete. Dios nos invita todo el tiempo a que entremos en una relación personal con Él. No nos neguemos, no nos excusemos, confiemos; que Dios no quita nada y lo da todo. Qué diferente hubiera sido si los invitados del Evangelio se hubieran dado cuenta del amor de quien les invitaba: «¿Compraste un terreno?, ¡no se va a mover si tú vienes al banquete!». «¿Quieres probar tus cinco yuntas de bueyes?, hazlo otro día, así te das un descanso». «¿Te acabas de casar?, ¡tráete a tu esposa al banquete!». Dios quiere transformar toda nuestra vida.
Qué diferente es la respuesta de quienes saben que las cosas son pasajeras. Seguro los cojos, los lisiados y las personas de las calles también tenían excusas, pero lograron ver quién los invitaba. Ojalá nosotros también confiemos que es Dios mismo quien nos invita y quiere hacernos felices, y respondamos con amor a su llamada de amor.
«Jesús invita a la generosidad desinteresada, a abrir el camino a una alegría mucho mayor, la alegría de ser parte del amor mismo de Dios que nos espera a todos en el banquete celestial. Que la Virgen María, “humilde y elevada más que criatura”, nos ayude a reconocernos como somos, es decir, como pequeños; y a alegrarnos de dar sin nada a cambio».
(Ángelus de S.S. Francisco, 1 de septiembre de 2019).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Repetiré varias veces al día al Señor que acepto su invitación a estar con Él.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Por: Redacción | Fuente: CatolicoDefiendeTuFe.org
Sobre la base de Romanos 10,9 que dice:
“Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo”.
Muchos cristianos no católicos, creen que su salvación ya está asegurada, con el solo hecho de creer en Cristo, no hace falta nada más porque ya Él pagó por tus pecados en la cruz.
Pero esta enseñanza no es más que doctrina de hombres. No basta leer un solo texto de la Biblia y pretender que se ha llegado a la verdad, hay que ver qué dice toda la Escritura sobre ese tema.
En primer lugar Romanos 10,9 nunca dice “ya eres salvo” o “ya estás salvado”, sino que está en futuro (serás salvo), y si creer en Cristo es suficiente para salvarse, entonces Satanás y sus demonios están salvados, según la falsa doctrina “cristiana evangélica” pues el Apóstol Santiago dice:
“¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan”. Santiago 2, 19.
Tiemblan de miedo porque saben que no serán salvados aunque creen en Dios, pues lo conocen PERO NO LE OBEDECEN.
Todo Católico que celebra la Sagrada Eucaristía los domingos, al realizar su profesión de fe o credo, proclama a Jesucristo como su Señor y Salvador:
“Creo en un solo Señor Jesucristo…que por nuestra Salvación se hizo hombre…”
Así que también los Católicos según la doctrina “evangélica” somos salvos. Fácil puede verse la mentira de que aceptar a Cristo como tu Señor y Salvador te hará salvo en ese instante y para siempre.
La salvación es un proceso de toda la vida:
“Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará”. Mateo 10,22.
No importan tu fe ni tus obras, si no nos mantenemos fieles hasta el fin no nos salvaremos.
“Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, por el cual también sois salvados, si lo guardáis tal como os lo prediqué… Si no, ¡habríais creído en vano!”. 1 de Corintios 15,1-2.
El Apóstol San Pablo exhortaba a su discípulo Timoteo a luchar por su salvación. ¿Por qué si Timoteo ya había “aceptado a Cristo” muchos años atrás?
“Vela por ti mismo y por la enseñanza; persevera en estas disposiciones, pues obrando así te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen”. 1 de Timoteo 40,16.
No basta con creer, para salvarse se requiere:
AMOR – Mateo 25,1-46; 1 de Corintios 13,2.
SER JUSTOS – Mateo 5,20.
REALIZAR OBRAS – Mateo 16,27; Santiago 2,17.26; Apocalipsis 22,12.
LOS SACRAMENTOS – Juan 3,3-5; 6,53-55.
OBEDIENCIA – Mateo 28, 19-20; Juan 14,15.
No basta con aceptar a Cristo como Señor y creer en Él o realizar supuestos milagros en su Nombre, pues Él mismo nos dice:
“¿Por qué me llamáis: «Señor, Señor», y no hacéis lo que digo?” Lucas 6,46.
“«No todo el que me diga: «Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?» Y entonces les declararé: «¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!». Mateo 7, 21-23.
