
Eduardo III el Confesor, Santo
Laico, 5 de enero …
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Los cálculos humanos o la misericordia
Santo Evangelio según san Marcos 6, 34-44. Martes después de la Epifanía
Por: Redacción | Fuente: www.somosrc.mx

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Gracias, Señor, por tu compasión, por tu misericordia y por este tiempo de oración. Ayúdame a aprovecharlo bien. Incrementa mi fe para que pueda descubrirte en lo ordinario de este día. Aumenta mi esperanza para que pueda confiar en ti siempre. Ensancha mi amor para serte fiel en los detalles más pequeños de mi vida.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Marcos 6, 34-44
En aquel tiempo, al desembarcar Jesús, vio una numerosa multitud que lo estaba esperando, y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.
Cuando ya atardecía, se acercaron sus discípulos y le dijeron: «Estamos en despoblado y ya es muy tarde. Despide a la gente para que vayan por los caseríos y poblados del contorno y compren algo de comer». Él les replicó: «Denles ustedes de comer». Ellos le dijeron: «¿Acaso vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para dar les de comer?» Él les preguntó: «¿Cuántos panes tienen? Vayan a ver». Cuando lo averiguaron, le dijeron: «Cinco panes y dos pescados».
Entonces ordenó Jesús que la gente se sentara en grupos sobre la hierba verde y se acomodaron en grupos de cien y de cincuenta. Tomando los cinco panes y los dos pescados, Jesús alzó los ojos al cielo, bendijo a Dios, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran; lo mismo hizo con los dos pescados.
Comieron todos hasta saciarse, y con las sobras de pan y de pescado que recogieron llenaron doce canastos. Los que comieron fueron cinco mil hombres.
Palabra del Señor.
Reflexiona lo que Dios te dice en el Evangelio (te sugerimos leer esto que dijo el Papa)
«Jesús está en la orilla del lago Galilea, y está rodeado por “una gran multitud” atraída por “los signos que realizaba sobre los enfermos». En Él actúa la potencia misericordiosa de Dios, que sana de todo mal de cuerpo y del espíritu. Pero Jesús no es solo sanador, es también maestro: de hecho sube al monte y se siente, en la típica actitud de maestro cuando enseña: sube sobre esa “cátedra” natural creada por su Padre celeste. Es este punto, Jesús, que sabe bien lo que va a hacer, pone a prueba a sus discípulos. ¿Qué hacer para dar de comer a toda esta gente? Felipe, uno de los Doce, hizo un cálculo rápido: organizando una colecta, se podrán recoger como máximo doscientos denarios para comprar pan, y aún así no bastaría para alimentar a cinco mil personas.
Los discípulos razonan en términos de “mercado”, pero Jesús, a la lógica de comprar la sustituye con la del dar. Las dos lógicas, la del comprar y la del dar. Y así, Andrés, otro de los apóstoles, hermano de Simón Pedro, presenta a un joven que pone a disposición todo lo que tiene: cinco panes y dos peces; pero seguro -dice Andrés- no son nada para esa multitud. Pero Jesús esperaba precisamente esto. Ordena a los discípulos que hagan sentarse a la gente, después tomó esos panes y esos peces, dio gracias al Padre y los distribuyó» (Angelus de S.S. Francisco, 26 de julio de 2015).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Durante el día, haré dos actos de fe para alcanzar a mi Dios, que está esperando que me vuelva y confíe en Él y en su misericordia.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
La infancia espiritual
Si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos (Mt 18, 3)
Por: Redacción | Fuente: Paulinas.com.mx

“Cómo me gustaría volver a ser niño”, a menudo escuchamos frases como esta u otras perecidas, que ponen al descubierto la nostalgia por revivir aquellos días gloriosos de infancia que los adultos hemos dejado atrás.
¿Pero qué tienen los niños cuyo estilo de vida es tan codiciado? ¿Por qué muchas personas nos extrañamos a nosotros mismos en esa etapa? ¿Qué hace que un gran número de adultos recurran a sus recuerdos infantiles cuando se les pregunta en qué etapa de su vida han sido más felices?
Quizás tengamos que considerar algunos elementos comunes que enmarcan la niñez en general: confianza, seguridad, espontaneidad, dependencia, alegría… Todos ellos factores que poco a poco van desapareciendo o disminuyendo en la medida que crecemos y vamos adquiriendo nuevas responsabilidades. Y no es que esté mal, es el camino obligado, hasta cierto punto. Pero en algún momento de nuestra vida nos volvemos tan dependientes de nuestras propias fuerzas y decisiones, que olvidamos que siempre seremos dependientes de Alguien, Aquel sin cuya voluntad nada sucedería, ni siquiera nuestra propia vida: Dios el creador de todo.
El que nos ha llamado a la vida y nos ha dado las capacidades para realizarnos como personas y perfeccionar el mundo, se ha manifestado como nuestro Padre. Esto nos sitúa en la condición de hijos. Y un hijo se sabe amado, protegido, seguro, confiado…, cuando sabe que lo asiste su Padre; que puede contar con Él en todo; que sin importar las veces que no acierte en sus decisiones estará respaldado por el amor incondicional de quien le dio la vida. Este es nuestro Padre Dios.
Cuando volvemos a descubrir que Dios es nuestro Padre -quizás en algún momento de nuestra infancia lo supimos, pero no como lo comprendíamos como ahora-, con todo lo que esto conlleva, entonces reaparece en nosotros aquella alegría, espontaneidad y confianza que experimentamos cuando éramos niños, pero ahora con otras expresiones y manifestaciones. Obviamente nuestras funciones ahora son distintas, nuestro estilo de vida es el de un adulto, pero podemos vivir la infancia espiritual, aquella por la cual muchos hermanos nuestros se han santificado y han alcanzado la gloria.
Un ejemplo elocuente de infancia espiritual, tal vez el más destacado, es del de Teresa de Lisieux o santa Teresita del Niño Jesús (1873-1897). Su vida y obras merecen estudio aparte. Baste decir aquí, que la infancia espiritualidad es el “sello” que marcó su vida, su itinerario de santificación, así lo deja ver su nombre de profesión religiosa “del niño Jesús”.
Y si queremos entender, concretamente, en qué consiste la infancia espiritual, la santa de Liseux nos dirá que se trata de permanecer como niños delante de Dios, es decir “reconocer su nada, esperarlo todo del buen Dios, como un niño pequeño lo espera todo de su padre, es no inquietarse de nada, no buscar fortuna”. En otro momento dirá: “Ser pequeño, es también no atribuirse a sí mismo las virtudes que uno practica, creyéndose capaz de alguna cosa, antes bien reconocer que el buen Dios pone este tesoro de la virtud en la mano de su pequeño hijo para que se sirva de él cuando lo necesite; pero siempre es el tesoro del buen Dios” [1].
Ciertamente, las palabras de santa Teresita, encuentran poca acogida en una época como la nuestra, en que la sociedad se rige por la competencia, el poder, el dinero, la fama y toda clase de seguridades materiales. Sin embargo, solamente apoyados en la confianza de hijos pequeños de Dios, abandonándonos en Él, podremos recuperar la alegría tan añorada de nuestros días de infancia. De hecho, gran parte de nuestra felicidad se basaba en que éramos dependientes de nuestros padres o de los adultos responsables de nosotros. Pues bien, volver a ser niños delante de Dio, no es otra cosa que volver a confiar en nuestro padre Dios y sabernos dependientes Él. Después de todo, Jesús nos lo advierte como un requisito para entrar al Reino de los cielos:
Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos (Mt 18,3-4).