Francisco Caracciolo, Santo
Presbítero y Fundador, 4 de junio …
Hoy también se festeja a:
- • Optato de Milevi, Santo
- • Estanislao Starowieyski, Beato
- • Antonio Zawistowski, Beato
- • Metrófano de Bizancio, Santo
- • Quirino de Tivoli, Santo
Padre… glorifica a tu Hijo
Por: H. Pedro Cadena Diaz, L.C. | Fuente: www.somosrc.mx
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Jesús, gracias porque siempre que te hablo me escuchas. Yo creo y sé que me estás escuchando ahora mismo, y que me amas mucho más de lo que me puedo imaginar. Haz que te experimente hoy en el modo que Tú quieras. María, que creíste en las promesas de Dios en las buenas y en las malas, acompáñame en este rato de oración.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Juan 17, 1-11
En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo también te glorifique, y por el poder que le diste sobre toda la humanidad, dé la vida eterna a cuantos le has confiado. La vida eterna consiste en que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado.
Yo te he glorificado sobre la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora Padre, glorifícame en ti con la gloria que tenía, antes de que el mundo existiera.
He manifestado tu nombre a los hombres que tú tomaste del mundo y me diste. Eran tuyos y tú me los diste. Ellos han cumplido tu palabra y ahora conocen que todo lo que me has dado viene de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste; ellos las han recibido y ahora reconocen que yo salí de ti y creen que tú me has enviado.
Te pido por ellos; no te pido por el mundo, sino por éstos, que tú me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío. Yo he sido glorificado en ellos. Ya no estaré más en el mundo, pues voy a ti; pero ellos se quedan en el mundo”.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Piensa en tu mejor amigo. ¿Le negarías un favor si pudieras hacerlo? Un verdadero amigo sabe que puede confiar en ti. Sabe que realmente lo quieres, y que, si puedes, con gusto le echarás una mano. La confianza de tu amigo en ti nos ayuda a ver cómo es la confianza de Jesús con Dios nuestro Padre.
En este pasaje del Evangelio Jesús habla con su Papá en un tono de confianza y de cercanía muy grandes. De hecho, todo lo que Jesús dice es «Papá, tú me amas, y yo te amo. Yo te amo, y Tú me amas.» Te amo, y por eso te hablo. Me amas, y por eso te pido que me glorifiques. Te amo, y por eso he cumplido mi misión. Me amas, y por eso me has dado a mis amigos los apóstoles. Te amo…
El amor de Jesús y de Dios Padre no son palabras bonitas pero vacías. Es amor de verdad, del que se entrega cada día en lo ordinario. Amor real, pues «nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos.» (Jn 15,13) De hecho, su Amor es el Espíritu Santo.
Nosotros, si estamos en gracia, también tenemos al Espíritu Santo en nuestros corazones. «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.» (Rm 5,5) Es el Espíritu Santo quien nos guía y fortalece en la lucha diaria de la misión que Dios nos confía en la tierra, sea la familia, el trabajo o apostolado. En el Espíritu Santo podemos confiar en el Padre, pues, aunque seamos muy débiles, «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (Rm 8,31) Padre, que confíe en Ti como Jesús, que experimente que eres mi Padre bueno que me ama de verdad.
«Todos tenemos necesidad de crecer en la fe y fortalecer nuestra confianza en Jesús. Él puede ayudarnos a encontrar la vía cuando hemos perdido la brújula de nuestro camino; cuando el camino no parece ya plano sino áspero y arduo; cuando es fatigoso ser fieles con nuestros compromisos. Es importante alimentar cada día nuestra fe, con la escucha atenta de la Palabra de Dios, con la celebración de los Sacramentos, con la oración personal como «grito» hacia Él —“Señor, ayúdame”—, y con actitudes concretas de caridad hacia el prójimo. Encomendémonos al Espíritu Santo para que Él nos ayude a perseverar en la fe. El Espíritu infunde audacia en el corazón de los creyentes; da a nuestra vida y a nuestro testimonio cristiano la fuerza del convencimiento y de la persuasión; nos anima a vencer la incredulidad hacia Dios y la indiferencia hacia los hermanos.»
(Ángelus de S.S. Francisco, 20 de agosto de 2017).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama. Jesús, confío en Ti, o al menos quiero confiar y creer que eres bueno, me amas y buscas mi bien. Aumenta mi confianza. María, enséñame a confiar en Dios como tú, en horas felices y al pie de la cruz. Haz que como tú, yo esté abierto al Espíritu Santo.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
En un rato de oración pediré al Espíritu Santo que me ayude a ser dócil a sus inspiraciones.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
¿Cómo aprender a escuchar las inspiraciones del Espíritu Santo?
Por: P. Jacques Philippe | Fuente: Catholic.net
Es un aprendizaje progresivo: se trata de convertirse en aquellas ovejas que reconocen la voz de su pastor en medio de las otras voces que las rodean (Jn 10, 3-5). Para lograr esto, es necesario crear poco a poco un cierto “clima de vida” que comprende los siguientes elementos:
– Estemos firmemente decididos a hacer en todo la voluntad de Dios. Dios habla a aquellos que desean obedecerle.
– Llevemos una vida de oración regular, en la que intentemos principalmente tener una actitud de confianza, de disponibilidad interior a la acción de Dios. La fidelidad a la oración favorece y hace más profunda la disposición de apertura y de escucha.
– Meditemos regularmente las Santas Escrituras: su manera de tocar y hablar a nuestro corazón despierta en nosotros una sensibilidad espiritual y nos acostumbra poco a poco a reconocer la voz de Dios.
– Evitemos lo más posible las actitudes que pueden cerrarnos a la acción del Espíritu: la agitación, las inquietudes, los miedos, los apegos excesivos a nuestra propia manera de hacer o de pensar. La escucha al Espíritu Santo requiere flexibilidad y desprendimiento interiores.
– Aceptemos con confianza los acontecimientos de nuestra vida, aun cuando a veces nos contraríen o no correspondan a lo que nosotros esperábamos. Si somos dóciles a la manera en la que Dios conduce los acontecimientos de nuestra vida, si nos abandonamos entre sus manos de Padre, Él sabrá hablar a nuestro corazón. Mantengámonos – dentro de lo posible – en paz y en confianza, pase lo que pase. Cuanto más nos esforcemos por mantener la paz, más escucharemos la voz del Espíritu.
– Sepamos acoger los consejos de las personas que nos rodean. Seamos humildes de cara a nuestros hermanos y hermanas, no busquemos siempre tener la razón o la última palabra en las conversaciones. Reconozcamos nuestros errores y dejémonos corregir. Quien sabe escuchar a su hermano sabrá escuchar a Dios.
– Purifiquemos constantemente nuestro corazón en el sacramento de la penitencia. El corazón purificado por el perdón de Jesús percibirá su voz con más claridad.
– Estemos atentos a lo que pasa en el fondo de nuestro corazón. El Espíritu Santo no se deja escuchar en el ruido ni en la agitación exterior, sino en la intimidad de nuestro corazón, por medio de mociones suaves y constantes.
– Aprendamos poco a poco a reconocer lo que viene de Dios a través de los frutos que produce en nuestra vida. Lo que viene del Espíritu trae consigo paz, nos hace humildes, confiados, generosos en el don de nosotros mismos. Lo que viene de nuestra sicología herida o del demonio produce dureza, inquietud, orgullo, ensimismamiento…
– Vivamos en un clima de gratitud: si agradecemos a Dios por un beneficio, él nos dará nuevas gracias, en especial las inspiraciones interiores que necesitamos para servirle y amarle.
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