Memoria Litúrgica, 4 de diciembre…
Hoy también se festeja a:
- • Francisco Gálvez, Jerónimo de Angelis y Simón Yempo. Beatos
- • Pedro de Siena (el Pectinario), Beato
- • Juan Calabria, Santo
- • Adolfo Kolping, Beato
- • Ada (Adrehildis) de Le Mans, Santa
Un corazón que agradece, jamás envejece
Por: H. Rogelio Suárez, L.C. | Fuente: missionkits.org
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Jesús, te doy gracias por concederme un nuevo día más de vida. Te pido aumentes cada vez más mi fe para creer firmemente, mi esperanza para esperar sin desconfiar y mi amor para amarte sin medida.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 10, 21-24
En aquella misma hora Jesús se llenó de júbilo en el Espíritu Santo y exclamó: «¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien! Todo me lo ha entregado mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Hoy, nuestro corazón tiene que tomar una sola actitud, la de agradecer. Cristo hace una oración de agradecimiento, pero somos nosotros quienes debemos agradecer el tener a un Dios tan cercano. Nuestro Dios se hace humilde con los humildes, se hace accesible. Y es por eso que somos dichosos, por ver y oír lo que Dios hace a nuestro lado.
En el antiguo testamento, con los profetas y reyes, Dios era un Dios lejano, inalcanzable, inaccesible; que nadie podía ver, ni tocar. En cambio, en el nuevo testamento se ha hecho carne y ha querido habitar con nosotros. Se nos ha hecho tan cercano que se ha querido quedar en la hostia y darse completamente cada vez que comulgamos.
¡Somos dichosos de tener sagrarios tan cerca! Pero muchas veces los encontramos vacíos. No desaprovechemos que Dios se nos ha hecho tan cercano. Es para maravillarse el saber que Dios se ha hecho carne solo para estar con cada uno de nosotros.
Acostumbremos a nuestro corazón a agradecer y así siempre se mantendrá joven y bello. El corazón está hecho para amar y la mejor forma de hacerlo es dando gracias al Amado, simplemente por existir, por estar a nuestro lado, por sonreírnos, etc.
Agradecer es un acto de humildad, es reconocerse creatura necesitada delante de su Creador. Como personas somos muy fáciles en acostumbrarnos a recibir y dejar pasar el agradecimiento, pensando que nos lo merecemos. Pero aún que nos lo hemos merecido, debemos, como buenos hijos, agradecer.
Jesús en el Evangelio también nos muestra cómo orar. En primer lugar dice: “Te alabo, Padre”; no empieza diciendo “necesito esto y aquello”, sino diciendo “Te alabo”. No conocemos al Padre sin abrirnos a la alabanza, sin dedicarle tiempo solo a Él, sin adorar. ¡Cuánto nos hemos olvidado de la oración de adoración, de la oración de alabanza! Debemos retomarla. Cada uno puede preguntarse ¿Cómo adoro yo? ¿Cuándo adoro yo? ¿Cuándo adoro a Dios? Retomar la oración de adoración y de alabanza. Es el contacto personal, de tú a tú, el estar en silencio ante el Señor el secreto para entrar cada vez más en comunión con Él.
(Homilía de S.S. Francisco, 17 de marzo de 2018).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Buscar un tiempo para estar con Jesús Eucaristía para agradecer todo su amor por mí, manifestado de diferentes maneras; y cada vez que me acuerde durante el día de Él, agradecerle.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Juventud de espíritu
Por: Alfonso Aguiló Pastrana | Fuente: Conoze.com
Un día un niño vio como un elefante del circo, después de la función, era amarrado con una cadena a una pequeña estaca clavada en el suelo. Se asombró el niño de que un animal tan corpulento no fuera capaz de liberarse de aquella pequeña estaca. Lo estuvo contemplando durante un buen rato. Le sorprendió sobre todo que el elefante no hiciera el mas mínimo esfuerzo por soltarse.
Decidió preguntar al hombre que lo cuidaba. Este le respondió: «Es muy sencillo, desde pequeño ha estado amarrado a una estaca como esa, y como entonces no era capaz de liberarse, ahora no sabe que esa estaca es muy poca cosa para él. Lo único que recuerda es que durante mucho tiempo no podía escaparse, y por eso ya ni siquiera lo intenta».
Algo parecido nos sucede quizá a todos, en algún aspecto de nuestra vida. Hay barreras que nos tienen sujetos, porque durante mucho tiempo las hemos visto como infranqueables, y aunque quizá ahora tengamos fuerzas suficientes para superarlas, no lo hacemos porque seguimos viendo esos obstáculos como algo fuera de nuestras posibilidades.
Tenemos que cultivar una sana capacidad de descubrir nuestros falsos convencimientos, las servidumbres que nos encadenan, las ideas simples que no nos queremos cuestionar porque ponen en peligro viejas concesiones a las pocas ganas de luchar. Hemos de desechar esa soberbia sutil que envuelve nuestra mente y la enmaraña en reacciones tontas de envidia, celos o resentimientos, que también nos encadenan. O poner más esfuerzo para salir de las redes de la murmuración, la ira o el malhumor. O reconocer adicciones quizá menos honrosas, al alcohol, el sexo o los videojuegos.
Se podrían poner muchos ejemplos de pequeñas ataduras que inmovilizan grandes voluntades, de hombres que no se deciden a liberarse de ellas porque desconocen la magnitud de lo que les frena y no se dan cuenta de que esas ataduras son pequeñeces de las que podrían perfectamente prescindir.
La ignorancia sobre lo que nos ata es la atadura más grave, pues si no advertimos algo no luchamos contra ello y por tanto nunca nos liberamos. Por eso hemos de agradecer que nos lo hagan ver, aunque nos duela un poco oírlo. Es más, si nos escuece un poco quizá es síntoma de que hay un particular acierto.
Otro gran enemigo es la falta de esperanza en que podamos liberarnos, aunque a lo mejor nos suceda como a aquella águila encadenada que llevaba tiempo intentando elevar el vuelo y romper así su atadura, y ya lo había conseguido en su último intento, pero se cansó y se resignó a su encerramiento sin darse cuenta de que ya estaba libre.
Olvidamos demasiadas veces que los grandes logros se alcanzan casi siempre después de muchos intentos fallidos. Tendemos a conformarnos, a acomodarnos a nuestras cadenas porque nos cuesta romperlas y entonces nos autoconvencemos de que no existen o de que no nos importa que existan.
Hay un tipo de esperanza —ha escrito Josef Pieper— que surge de la energía juvenil pero se agota con los años, al ir declinando la vida: el recuerdo se vuelve hacia el «ya no» en lugar de dirigirse hacia el «aún no». Sin embargo, la verdadera esperanza otorga al hombre un «aún no» que triunfa sobre el declinar de las energías naturales. Da al hombre tanto futuro que el pasado aparece como «poco pasado», por larga y rica que haya sido la vida. La esperanza es la fuerza del anhelo hacia un «aún no» que se dilata tanto más cuanto más cerca estamos de él.
Por eso, la verdadera esperanza produce una eterna juventud. Comunica al hombre elasticidad y ligereza, suelta y tirante al mismo tiempo, que es frescura propia de un corazón fuerte. Es una despreocupada y confiada valentía, que caracteriza y distingue al hombre de espíritu joven y lo hace un modelo tan atractivo. La esperanza da una juventud que es inaccesible a la vejez y a la desilusión. Así, aunque día a día perdemos un poco la juventud natural, podemos día a día renovar nuestra juventud de espíritu. En vez de dar culto a la juventud del cuerpo, de modo exterior y forzado, y que además produce desesperanza al ver cómo se va marchando, se ponen a la vista las cimas más altas a las que se puede remontar la esperanza del hombre que rejuvenece día a día su espíritu.
